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miércoles, 14 de febrero de 2018

Megalopyge opercularis


Stephen Spender (28/02/1909-16/07/1995)


Wikipedia

Stephen Spender "The god that failed" (“El fracaso de un ídolo” o “El Dios que fracasó”) III

Probablemente en el pasado habría sido un clérigo rural que habría encontrado la inspiración poética en las paradojas de la ortodoxia, simbolizadas por flores escondidas entre los setos de un camino inglés. Una tarde, Chalmers y yo salimos a caminar por Berlín. No pasó mucho tiempo antes de que discutiéramos sobre el comunismo. Chalmers tenía un punto de vista sencillo y claro. El desempleo, la guerra y casi todos los males de nuestro tiempo, incluidos los celos sexuales y los problemas de los escritores, se debían al sistema capitalista. La cura consistía en abolir el capitalismo y establecer el comunismo. En la sociedad cada uno debe unirse a los trabajadores con conciencia de clase, dentro de uno mismo cada cual debe "tomar una decisión". Chalmers estuvo de acuerdo en que había personas en la sociedad capitalista a las que no les gustaban el desempleo y ni guerra. Incluso personas que serían capaces de renunciar sinceramente a sus propios intereses en un esfuerzo por eliminar los males del mundo. Pero mientras aceptaran el contexto de la sociedad burguesa sus esfuerzos serían vanos. El capitalismo significaba inevitablemente lucha entre clases y naciones. Trabajar en contra del sentido del capitalismo en tanto que se lo aceptaba como sistema era, a lo sumo, obtener una pequeña porción de autoestima para uno mismo en medio de un torrente arrasador. La única acción que se podía tomar "en el sentido de la historia" era cambiar la dirección del torrente por completo. Hacer esto era una tarea descomunal y al hacerlo no se debía tener nada en cuenta, ni los medios que se usaban ni el destino de los individuos; tan sólo la eficacia. La historia no se preocupaba por aquellos que no estaban de su lado. La "historia" de Chalmers era, por supuesto, la revolución obrera, la dictadura del proletariado y el establecimiento del comunismo, que aboliría todos los males del presente y finalmente establecería un mundo libre. Chalmers creía sinceramente en ese mundo y deseaba decididamente la felicidad de la humanidad, pero era indiferente a las injusticias y crueldades que la ''historia'' producía en su camino. Creo que no es injusto decir que esto determinaba incluso su irónica sensibilidad literaria. Había tomado una decisión sobre un curso de la acción revolucionaria y, una vez hecho esto, veía los resultados concretos de esa acción como si fuera desde la distancia. Su mente estaba tan fija en el futuro que lo que sucediera en el presente era, creo, una cuestión completamente indiferente para él, como el destino de las personas que perecieron en el terremoto de Lisboa hace doscientos años. Él vivía en el futuro y para él el presente pertenecía a un sombrío pasado prerrevolucionario. Lo que Chalmers exigía de sí mismo y de cualquiera que se pusiera "del lado de la historia" era que debía identificar todos sus pensamientos y acciones con los procesos que producirían una sociedad sin clases. Se representaba absolutamente el presente como un proceso determinado por el futuro. Me sentí muy inseguro de mí mismo ante Chalmers cuando confesé mi desagrado por la violencia, el apego a mi libertad de expresión y, sin embargo, mi anhelo de cambios revolucionarios que produjeran una sociedad internacional socialmente justa, sin destruir la libertad del individuo. Se quitó la pipa de la boca y dijo con cordialidad: "Gandhi". Yo había hablado de la Liga de las Naciones. Chalmers explicó cómo el idealismo del tipo encarnado en la Liga no podría hacer nada para evitar la guerra. La Liga era una sociedad de potencias imperialistas decididas a utilizarla como herramienta para proteger, si no extender, su propio poder. Las naciones que formaban la Liga eran ellas mismas instrumentos de los intereses de los armamentistas. La Liga era realmente una alianza dirigida contra Rusia. "Bajo el sistema actual hablar de desarme no tiene sentido". Parte de nuestra discusión fue acerca de la novela. Chalmers, como muchos escritores comunistas, descubrió que ser comunista mutilaba su capacidad literaria, dejándole sólo una teoría de la revolución. Era uno de esos burgueses, imaginados en el "Manifiesto Comunista", que habían "pasado" al bando del proletariado. Políticamente era una posición sostenible (la mayoría de los líderes revolucionarios rusos eran burgueses), pero para el artista creativo era difícil. Su sensibilidad, que había recibido desde la infancia, era burguesa. Apenas podía esperar adquirir, por medio de la propia voluntad política, una mentalidad de clase trabajadora. Incluso si lo hiciera se enfrentaría con la dificultad de que, en realidad, la clase trabajadora es, en general y con excepción de unos pocos trabajadores con conciencia de clase, más burguesa que la burguesía "hasta después de la Revolución". A los trabajadores no les importa la "novela proletaria". Escribir una novela revolucionaria atacando al capitalismo también presenta un problema artístico; los activistas políticos, pensando solo en la necesidad política, están más preocupados por la propaganda política que por el arte basado en la experiencia y la observación, el cual, inevitablemente, incluirá tanto hechos revolucionarios como desalentadores. Chalmers admitió estas dificultades libremente.

lunes, 12 de febrero de 2018

Stephen Spender "The god that failed" (“El fracaso de un ídolo” o “El Dios que fracasó”) II

Sin embargo no asocié estas ideas con ser un revolucionario. Eran ideas cristianas y, en realidad, para actuar de acuerdo con ellas habría tenido que dar todo lo que tenía a los pobres y vivir tan simplemente como un campesino de la India o de China. Los comunistas eran para mí personas terribles, como caníbales o lobos, que querían destruir todas las ciudades del mundo e irrumpir entre las ruinas. Había absorbido las opiniones de mi familia y sus amigos que consideraban las revoluciones como desastres, como los terremotos. Los socialistas eran solo un poco menos peligrosos que los comunistas. Aprendí a excluir ciertos puntos de vista pensando en personas que los consideraban como locos o infrahumanos. Cuando tenía dieciséis años, en la escuela diurna de Londres a la que asistí, entré en contacto con un maestro y uno o dos niños que eran socialistas. El maestro había estado en la guerra, pertenecía al “Club de 1917” y leía el Daily Herald. Según él, el socialismo no era un reino de terror y sinrazón. Significaba nacionalizar las industrias para que produjeran bienes y riquezas que pertenecieran a todas las personas de un país, en lugar de a unos pocos, eliminando el sistema competitivo basado en el beneficio, que conducía a la rivalidad internacional en el comercio y, por lo tanto, a la guerra, dando igualdad de oportunidades a todos los niños de todas las clases. Esto correspondía a mi idea primitiva de justicia social. Un niño con quien tenía amistad en la escuela era Maurice Cornforth, que leyó las obras de Bernard Shaw y escribió obras de teatro que me parecieron tan buenas como las de Shaw. Cornforth tenía el tipo de mente que puede explicar las cosas organizándolas en una sistema de ideas. Me libró de anglocatolicismo únicamente para sumergirme en el budismo. Era vegetariano e iba a caminar treinta o cuarenta millas al día al noroeste de Londres los fines de semana. Tenía una cabellera revuelta y un perro de pelo también alborotado. Dominaba los debates en la escuela y se llenaron resmas de papel con sus obras de teatro, poemas y cartas. Para Cornforth y yo el socialismo fue sólo uno entre varios intereses. Otros eran la moderna pintura postimpresionista, el teatro, el ballet y la poesía. De hecho el socialismo era una forma de comportamiento modernista relacionado con banderas rojas y con las barbas de Shaw. Por tanto cuando fui a Oxford acepté fácilmente el punto de vista que sostenían allí la mayoría de mis amigos: que el arte no tiene nada que ver con la política. Aparté la política de mis otras aficiones "avanzadas" y me quedé con el arte por el arte. Los años 1928, 1929 e incluso 1930 parecen hoy remotos y pacíficos y en Oxford era posible olvidar las injusticias humanas o al menos pensar que no eran asunto “para un poeta”. Seguí siendo un socialista a la manera en que ciertas personas que nunca van a la iglesia siguen siendo católicas. Una especie de ortodoxia se ha congelado en sus mentes. Saben que está allí y que algún día podría derretirse y convertirse en un combatiente enmascarado, pero por el momento parece tener poca relación con sus actividades. Después de haber dejado Oxford me fui a vivir a Alemania. Allí el sentido de humanismo como lucha social volvió a despertarse en mí. Casi todos los jóvenes alemanes que conocí eran pobres, vivían al día con poco dinero. Las barreras entre las clases se habían roto. Todas las clases eran conscientes de las consecuencias de la derrota, la inflación y la recuperación en la que todos, después de la guerra, habían participado. Gran parte de la música, pintura y literatura de la República de Weimar expresaba espíritu revolucionario o compasión por los pobres. Se podría decir que los ojos de las víctimas del mundo de posguerra miran a través del arte expresionista alemán. Yo era un extranjero y mi primera reacción a esta miseria fue una compasión intensa hacia las víctimas de la crisis que comenzó en 1930. Sin embargo, aunque me sentí profundamente conmovido por los parados cuyos ojos miraban desde los bordes de las aceras, en un primer momento no sentía que pudiera hacer algo más que compadecerme de ellos. Esto fue en parte porque, como extranjero, me sentía extraño a Alemania. Solo cuando la crisis se extendió a Gran Bretaña y otros países empecé a darme cuenta de que era una enfermedad del capitalismo en todo el mundo. Poco a poco me convencí de que la única cura para el desempleo, además de la guerra, era una sociedad internacional en la que los recursos del mundo se explotaran en interés de todos los pueblos. Un amigo, a quien Isherwood en su bosquejo autobiográfico Lions and Shadows llama Chalmers, vino a Berlín y un día Christopher me invitó a conocerlo. Chalmers, que recientemente se había unido al Partido Comunista, había hecho un viaje con Intourist por Rusia que duró unos pocos días y estaba de visita en Berlín a su regreso de Moscú. Era un joven pequeño y moreno con una cierto entusiasmo apasionado casi hermoso. Examinaba los objetos constantemente con la concentración de un observador de pájaros, a menudo mirando fijamente a los ojos a su interlocutor. Daba la impresión de combinar el humor con una gran seriedad moral. Cuando le pregunté cómo era el paisaje ruso miró fijamente ante sí y dijo con expresión de misticismo mezclado con ironía: "el más bello del mundo".

domingo, 11 de febrero de 2018

Stephen Spender "The god that failed" (“El fracaso de un ídolo” o “El Dios que fracasó”) I

Fui miembro del Partido Comunista Británico durante algunas semanas durante el invierno de 1936 a 1937. Mi afiliación finalizó a poco de iniciarse. Nunca me invitaron a unirme a la célula de Hammersmith, donde vivía entonces y no pagué ninguna cuota después de la primera. Poco antes de comenzar, publiqué Forward from Liberalism (Adelante desde el liberalismo, 1937), que fue elegido por el Left Book Club como el libro del mes. Argumenté en esta obra que había un defecto en la concepción liberal de la libertad del individuo. A veces los liberales hablaban y escribían como si creyeran en la libertad irrestricta del individuo para explotar a otros individuos; en otras ocasiones como la libertad de todos como iguales. Sostuve que en el siglo XIX, durante el período de expansión del comercio británico, los liberales podía conciliar el objetivo de la libre competencia entre los empleadores con el de la reforma para los trabajadores, sin que la contradicción de su postura resultara cada vez más evidente. Pero en la década de 1930, en un mundo de posguerra y depresión, desempleo y aranceles, en el que crecían los movimientos fascistas en Europa, los liberales no podrían defender la libertad sin restricciones para los empleadores y los trabajadores. Deberían basar su concepción de la libertad en la justicia social, restringiendo la explotación. Sugerí que los liberales deberían apoyar a los trabajadores, aceptar la necesidad de luchar contra el fascismo y, al mismo tiempo, defender la propia libertad individual, con lo cual me refería a la libertad de expresión y el habeas corpus. La tarea de los liberales era unir la libertad individual a los intereses opuestos al fascismo y, al mismo tiempo, encontrar los métodos que fueran necesarios para alcanzar el poder. En resumen, deberían poner la causa de la libertad del lado de la justicia social. Deberían unir la libertad individual del capitalista al interés de los trabajadores. Mi libro fue muy discutido. Entre los que me escribieron se encontraba Harry Pollitt (secretario general del Partido Comunista de Gran Bretaña). Me invitó a hacerle una visita, de manera que acudí a las lúgubres oficinas del Partido Comunista, cerca de Charing Cross Road. El señor Pollitt mostró una actitud cálida, tranquilizadora y franca. Era pequeño, de tez rubicunda y ojos marrones bajo cejas levantadas y tupidas que me recordaron a George Robey. Estrechó mi mano y dijo de inmediato: “me interesa su libro. Lo que me llamó la atención fue la diferencia entre su enfoque del comunismo y el mío. El suyo es puramente intelectual. Me volví comunista porque presencié en mi propia casa los crímenes del capitalismo. Tuve que ver a mi madre salir a trabajar en un molino y morir debido a las condiciones de trabajo”. Dijo que otra diferencia entre nosotros era que yo no mostraba odio. Él creía que el odio al capitalismo era la fuerza motriz emocional del movimiento de la clase trabajadora. Objetó la crítica que hacía en mi libro a los juicios de Moscú contra Bujarin y otros. Dije que no estaba convencido de que los acusados fueran culpables de nada, excepto de oponerse a Stalin. Se opuso con vehemencia y parecía pensar que tenían suerte de haber tenido algún juicio. Luego añadió que, aunque podríamos estar en desacuerdo con los juicios de Moscú, sin embargo estábamos de acuerdo en las iniciativas que los comunistas habían iniciado en apoyo de la República española. Tenía una sugerencia que hacerme. Podíamos estar de acuerdo en mantener el desacuerdo, pero, sin embargo, debería unirme a los comunistas para apoyarlos en España. Podría escribir un artículo en el Daily Worker criticando a los comunistas al mismo tiempo que me unía al partido. Acepté esta oferta. Recibí un carnet del partido y apareció mi artículo. El artículo enfureció a los comunistas de Escocia y el norte de Inglaterra y mi afiliación al partido fue rápidamente olvidada. Aunque Pollitt había estado en lo cierto al observar que mis razones para convertirme en comunista no eran las de un obrero, sin embargo toda una cadena de acontecimientos me había llevado a intentar un compromiso con el Partido. Estas circunstancias se remontan a mi infancia. Lo que más me impresionó en los Evangelios fue que todos los hombres son iguales ante los ojos de Dios y que la riqueza de unos pocos es una injusticia para muchos. Mi sentido de la igualdad de los hombres se basaba no tanto en la conciencia de las masas como en la soledad. Recuerdo haber estado despierto por la noche pensando en la condición humana, en la que todos los que viven llegan a este mundo sin haberlo buscado y donde cada cual está encerrado en sí mismo, es un extraño para el resto de la humanidad, necesita amor y enfrenta su propia muerte. Dado que nacer es ser un Robinson Crusoe arrojado por poderes elementales sobre una isla, cuán injusto parece que todos los hombres no fueran libres de compartir lo que la naturaleza ofrece; que hubiera hombres y mujeres a quienes no se les permite explorar el mundo en el que nacen, sino que a lo largo de sus vidas están encerrados en oscuros tugurios como en tumbas vivientes. Me pareció, como todavía me lo parece, que la condición única de cada persona en esta vida merece unas consideraciones que no justifican la clase y el privilegio.