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viernes, 30 de enero de 2015

Gustave Le Bon, La Revolución Francesa y la psicología de las revoluciones (1912) PARTE 1 LIBRO 1 CAPÍTULO 1


Primera parte: Los elementos psicológicos de los movimientos revolucionarios

Libro I: Características generales de las revoluciones

Capítulo I Las revoluciones científicas y revoluciones políticas
 
 § 1. - Clasificación de las revoluciones.
 
 Generalmente se denomina revoluciones a los cambios políticos repentinos, pero esta expresión debe aplicarse también a todas las transformaciones repentinas, o que aparecen tales, de creencias, ideas y doctrinas. Hemos estudiado en otro lugar el papel de los elementos emocionales, racionales y místicos en la génesis de las opiniones y las creencias que determinan el comportamiento. No tendría sentido volver sobre ello. Una revolución puede terminar en una creencia, pero a menudo comienza bajo la acción de móviles perfectamente racionales como eliminar abusos clamorosos, un régimen despótico odiado o un gobernante impopular, etc. Si el origen de una revolución a veces es racional, se debe recordar que las razones invocadas para provocarla sólo actúan sobre las multitudes después de haber sido transformadas en sentimientos. Con la lógica racional podemos mostrar los abusos a eliminar, pero para mover a las multitudes es necesario provocar sus esperanzas. No se consigue tal cosa más que poniendo en juegos elementos afectivos y místicos, dando de esta manera al hombre la capacidad de ponerse en acción. En el momento de la Revolución Francesa, por ejemplo, la lógica racional, esgrimida por los filósofos, puso de manifiesto los inconvenientes del antiguo régimen y provocó el deseo de cambiarlo. La lógica mística inspiró la creencia en las virtudes de una sociedad creada a partir de cero de acuerdo con ciertos principios. La lógica afectiva desató las pasiones contenidas por frenos seculares y condujo a los peores excesos. La lógica colectiva dominó los clubes y las asambleas y empujó a sus miembros a cometer actos que nunca habrían cometido si hubieran actuado simplemente siguiendo la lógica racional, la lógica emocional o la lógica mística. Sea cual sea su origen, una revolución sólo produce efectos más que después de haberse introducido en el alma de la multitud. Los acontecimientos adquieren entonces formas especiales que son el resultado de la particular psicología de las masas. Los movimientos populares tienen, por esta razón, rasgos muy característicos, tales que la descripción de una revolución es suficiente para entender las demás. La masa es pues la culminación de una revolución, pero no constituye el punto de partida. La masa es un ser amorfo que no puede nada y no desea nada sin una cabeza para conducirla. Rápidamente va más allá del impulso recibido, pero nunca lo crea. Las repentinas revoluciones políticas, que impresionan a la mayoría de los historiadores, son a veces las menos importantes. Las grandes revoluciones son las de las costumbres y y las ideas. No es cambiando el nombre de un gobierno como se transforma la mentalidad de un pueblo. Trastornar las instituciones de una nación no es renovar su alma. Las verdaderas revoluciones, aquellas que cambiaron el destino de las naciones, se producen en su mayoría de una manera tan lenta que los historiadores tienen dificultades para encontrar el comienzo. El término evolución es mucho más aplicable que el de revolución. Los diversos elementos que hemos enumerado entran en la génesis de la mayoría de las revoluciones y no se pueden utilizar para clasificarlas. Considerando sólo los fines que se proponen vamos a dividirlas en revoluciones científicas, revoluciones políticas y revoluciones religiosas.

§ 2. - las revoluciones científicas.

 Las revoluciones científicas son, con mucho, las más importantes. Aunque atraen menos atención, a menudo son las responsables de las consecuencias finales que no llegan a generar las revoluciones políticas. Las ponemos por tanto al principio de nuestra lista, aunque no podemos estudiarlas aquí. Si, por ejemplo, nuestras concepciones del universo han cambiado tanto desde el Renacimiento, es porque los descubrimientos astronómicos y la aplicación de métodos experimentales han revolucionado nuestras ideas al demostrar que los fenómenos, en lugar de ser condicionados por los caprichos de los dioses, se rigen por leyes fijas. Para ser esas revoluciones, debido a su lentitud, les conviene más bien el nombre de evoluciones. Pero hay otras que, aunque del mismo orden, merecen por su velocidad el nombre de la revoluciones. Las teorías de Darwin han trastornado en unos años toda la biología; los descubrimientos de Pasteur han transformado la medicina aún en vida de su autor; así también la teoría de la disociación de la materia al probar que el átomo, hasta ahora supuesto inmutable, no escapa tampoco a las leyes que condenan a todos los elementos del universo a declinar y perecer. Estas revoluciones científicas que tienen lugar en las ideas son puramente intelectuales. Nuestros sentimientos, nuestras creencias no tienen control sobre ellas. Se las sufre sin discutirlas. Sus resultados son verificables por la experiencia, y escapan a todas las críticas.

 
§ 3. - Las revoluciones políticas.

 
A continuación y muy lejos de estas revoluciones científicas que generan el progreso de la civilización, se sitúan las revoluciones religiosas y políticas sin parangón con las primeras. Mientras que las revoluciones científicas se derivan exclusivamente de elementos racionales, las creencias políticas y religiosas se apoyan casi exclusivamente en factores emocionales y místicos. La razón desempeña sólo un pequeño papel en su génesis. Me he detenido con detalle en mi libro “Las opiniones y las creencias” en el origen afectivo y místico de las creencias y he demostrado como las creencias políticas o religiosas son un acto de fe desarrollado en el inconsciente y que, a pesar de todas las apariencias, la razón no tiene control alguno. También he demostrado que las creencias adquieren a veces un grado de intensidad tal que nada puede oponerse a ellas. El hombre hipnotizado por su fe se convierte en un apóstol, dispuesto a sacrificar sus intereses, su felicidad, su propia vida por el triunfo de esa fe. Poco importa lo absurdo de su creencia, que es para él una verdad evidente. Las certezas de origen místicos tienen el maravilloso poder de dominar por completo los pensamientos y de no sufrir las influencias de la época. Por el mero hecho de ser considerada verdad absoluta la creencia se vuelve necesariamente intolerante. Esto explica la violencia, el odio, las persecuciones, cortejo habitual de las grandes revoluciones políticas y religiosas, la Reforma y la Revolución Francesa particularmente. Algunos períodos de nuestra historia siguen siendo incomprensibles si olvidamos el origen emocional y místico de las creencias, su inevitable intolerancia, la imposibilidad de conciliarlas cuando se dan juntas y, finalmente, el poder conferido por las creencias místicas a los sentimientos que se ponen a su servicio. Las ideas anteriores son todavía demasiado nuevas para haber tenido tiempo de modificar la mentalidad de los historiadores. Durante mucho tiempo seguirán queriendo explicar por la lógica racional una multitud de fenómenos sin ninguna relación con ella. Eventos como la Reforma, que sacudieron Francia durante cincuenta años, no estaban determinados por influencias racionales. Sin embargo son las que se invocan incluso en los libros más recientes. Así, por ejemplo, en la Historia General de los señores Lavisse y Rambaud leemos la siguiente explicación de la Reforma: "Fue un movimiento espontáneo, nacido aquí y allá, entre la gente del pueblo, a partir de la lectura del Evangelio y de libres reflexiones individuales, que hizo surgir entre las gentes sencillas una conciencia muy piadosa y una razón audaz." Contrariamente a las afirmaciones de estos historiadores podemos decir con certeza, en primer lugar, que tales movimientos nunca son espontáneos y además que la razón no está involucrado de ninguna manera en su desarrollo. La fuerza de las creencias políticas y religiosas que han movido el mundo reside precisamente que surgidas a partir de elementos emocionales y místicos, la razón ni las crea ni las transforma. Creencias políticas o religiosas tienen un origen común y obedecen a las mismas leyes. No fue gracias a la razón sino, más a menudo, fue contra toda razón como se formaron. El budismo, el Islam, la Reforma, el jacobinismo, el socialismo, etc., parecen formas de pensar muy diferentes. Sin embargo, tienen bases afectivas y místicas idénticas y obedecen lógicas no relacionadas en absoluto con la lógica racional. Las revoluciones políticas pueden ser el resultado de las creencias establecidas en las almas, pero muchas otras causas entran en su génesis. El término insatisfacción representa la síntesis de esas otras causas. Una vez que este descontento es generalizado se forma un partido que a menudo se vuelve lo suficientemente fuerte como para luchar contra el gobierno. El descontento generalmente debe ser acumulado bastante tiempo para surtir efecto, y es por eso que una revolución no es siempre un fenómeno que termina seguido de otro comienza, sino un fenómeno de cierta duración que precipita su evolución. Todas las revoluciones modernas han sido, sin embargo, movimientos bruscos que resultan en la destrucción instantánea de los gobiernos. Tales son, por ejemplo, las revoluciones brasileña, portuguesa, turca, china, etc. Contrariamente a lo que pudiera pensarse, los pueblos muy conservadores están avocados a las revoluciones más violentas. Al ser conservadores que no han sido capaces de evolucionar lentamente para adaptarse a los cambios del entorno, cuando la brecha se hace demasiado grande se ven obligados a adaptarse abruptamente. Este cambio repentino es una revolución. Pueblos que se adaptan progresivamente no siempre escapan siempre a las revoluciones. Sólo mediante una revolución los ingleses lograron en 1688 poner fin a la prolongada lucha de un siglo entre la realeza que quería ser absoluta y la nación que pretendía gobernar a través de sus delegados. Las grandes revoluciones suelen comenzar desde arriba, no desde abajo, pero cuando los pueblos se desatan son ellos los que les aportan su fuerza. Es obvio que todas las revoluciones han sido llevadas adelante, y en ningún caso puede ser de otro modo, con la ayuda de una gran fracción del ejército. La monarquía no desapareció en Francia el día en que Luis XVI fue guillotinado, sino en el instante en que las tropas amotinadas se negaron a defenderla. Sobre todo es por contagio mental como los ejércitos se amotinan, ya que son bastante indiferentes en el fondo al orden de cosas establecido. Una vez que un grupo de oficiales había logrado derrocar al gobierno turco, los oficiales griegos pensaron imitarlos y cambiar el gobierno, aunque no existía analogía entre los dos regímenes. Un movimiento militar puede derrocar a un gobierno -y en las repúblicas hispanoamericanas no lo hacen de otra manera- pero para que la revolución resultante produzca grandes efectos debe tener siempre en su base una insatisfacción general y grandes esperanzas. A menos que se convierte en universal y excesivo, el descontento no es suficiente para producir revoluciones. Un puñado de hombres puede ser fácilmente conducido a saquear, destruir o matar, pero para levantar a todo un pueblo, o al menos una gran parte de la gente, se necesita la acción reiterada de los líderes. Ellos exageran el descontento, persuaden a los descontentos de que el gobierno es la única causa de todos los lamentables acontecimientos que se producen, entre ellos la escasez de bienes, y aseguran que el nuevo sistema propuesto por ellos traerá una era de felicidad. Estas ideas germinan, se propagan por sugestión y contagio y llega el momento en que las condiciones de la revolución están maduras. De esta manera se prepararon la revolución cristiana y la Revolución Francesa. Si esta última se hizo en unos pocos años en unos pocos años y la primera necesitó muchos fue porque nuestra Revolución tuvo rápidamente una fuerza armada a su favor, mientras que el cristianismo sólo obtuvo el poder de las armas muy tarde. En los primeros tiempos sus únicos seguidores eran los pequeños, los humildes, los esclavos, excitados por la promesa de ver su vida miserable transformada en una eternidad de delicias. Por un fenómeno de contagio de abajo hacia arriba, del que la historia ofrece más de un ejemplo, la doctrina acabó por contaminar a las capas superiores de la nación, pero llevó un largo tiempo antes de un emperador creyera que la nueva fe estaba lo suficientemente generalizada como para adoptarla como religión oficial.

§ 4. - Los resultados de las revoluciones políticas

 Cuando un partido triunfa, intenta naturalmente organizar la sociedad de acuerdo con sus intereses. Por ello, la organización será diferente dependiendo de si la revolución se ha hecho por los militares, los radicales, los conservadores, etc. Las leyes y las instituciones nuevas dependerán de los intereses del partido triunfante y de las clase que los hayan ayudado: a los clérigos, por ejemplo. Si el triunfo se produce después de luchas violentas, como en la época de la Revolución, los ganadores rechazar de plano todo el conjunto de las antiguas leyes. Los partidarios del régimen depuesto serán perseguidos, expulsados o exterminados. La máxima violencia en las persecuciones se alcanza cuando el partido triunfante defiende, además de sus intereses materiales, una creencia. El perdedor no puede entonces esperar misericordia. Esto explica la expulsión de los moriscos por los españoles, las hogueras de la Inquisición, las ejecuciones de la Convención y las recientes leyes contra las congregaciones religiosas. Este poder absoluto que el ganador se atribuye conduce a veces a medidas extremas: decreto por ejemplo, como en los días de la Convención, que el oro será reemplazado por papel, que las mercancías se venderán al precio fijado por el gobierno, etc. Pronto se enfrenta, sin embargo, al muro de las necesidades ineluctables que ponen a la opinión pública en contra de su tiranía y finalmente lo deja desarmado antes de los ataques, como ocurrió al final de nuestra Revolución. Esto es lo que recientemente le ocurrió a un ministerio socialista australiano compuesto casi exclusivamente de obreros. Promulgó leyes tan absurdas, concedió privilegios a los miembros de los sindicatos al punto de que la opinión se puso por unanimidad en su contra y en tres meses fue derrocado. Pero los casos que acabamos de describir son excepcionales. La mayoría de las revoluciones han concluido por llevar al poder a un nuevo soberano. Ahora bien, este soberano sabe que la primera condición de su duración es no alentar demasiado a una sola clase, sino tratar de reconciliar a todas. Para lograr esto se buscará una especie de equilibrio entre ellas, de forma que ninguna de ellas pueda dominarlo. Permitir que una clase se vuelva dominante es condenarse a ser pronto dominado por ella. Esta ley es una de las más seguras de la psicología política. Los reyes de Francia lo entendieron bien cuando lucharon vigorosamente contra las usurpaciones de la nobleza primero y del clero a continuación. Si no lo hubieran hecho, su destino habría sido la de los emperadores alemanes de la Edad Media, que excomulgados por los papas se se vieron reducidos, como Enrique IV en Canossa, a peregrinar humildemente para pedir perdón. La misma ley se ha comprobado siempre a lo largo de la historia. Cuando a finales del Imperio Romano la casta militar se volvió preponderante, los emperadores dependían totalmente de sus soldados que los elevaban y les derribaban a voluntad. Así fue una gran ventaja para Francia haber sido siempre gobernada por un monarca casi absoluto, supuestamente investido de poder por la divinidad y, por tanto, rodeado de un gran prestigio. Sin esa autoridad no podría haber contenido a la nobleza feudal, ni el clero ni a los parlamentos. Si Polonia hacia el final del siglo XVI, hubiera llegado también a poseer una monarquía absoluta respetada, no habría transitado por ese pendiente de decadencia que la condujo a su desaparición del mapa de Europa. Hemos visto en este capítulo que las revoluciones políticas pueden ir acompañados de transformaciones sociales importantes. Pronto veremos qué insignificantes son estos cambios en comparación con los originados por las revoluciones religiosas.
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miércoles, 28 de enero de 2015

Gustave Le Bon, La Revolución Francesa y la psicología de las revoluciones (1912) PARTE 1 LIBRO 2 CAPÍTULO 5


Primera parte: Los elementos psicológicos de los movimientos revolucionarios

Libro II: Las formas predominantes de mentalidad durante revoluciones

Capítulo V Psicología de las asambleas revolucionarias

§ 1. - Caracteres psicológicos de las grandes asambleas revolucionarias.

 Una gran asamblea política, un parlamento, por ejemplo, es una masa, pero a veces es una masa poco activa debido a los sentimientos contrarios de los grupos hostiles de los que está compuesta. La presencia de estos grupos animados de intereses diferentes, nos lleva a considerar una asamblea como un conjunto compuesto por masas heterogéneas superpuestas que obedecen a líderes diferentes. La ley de la unidad mental de las masas se manifiesta en el interior de cada grupo, y sólo como resultado de circunstancias excepcionales los distintos grupos llegan a fusionar su voluntad. Cada grupo de una asamblea representa una entidad única. Las personas que participan en la formación de esta entidad dejan de ser ellos mismos y vota sin dudarlo contra de sus creencias y deseos. El día anterior a ser condenado Luis XVI Vergniaud aseguró indignado que nunca votaría a favor de su muerte y, sin embargo, al día siguiente lo hizo. La acción de un grupo consiste principalmente en fortalecer las opiniones vacilante. Cualquier débil convicción individual se consolida al convertirse en colectiva. Líderes violentos y con suficiente prestigio a veces tienen éxito, actuando sobre todos los grupos de una asamblea como una sola masa. La mayoría de los miembros de la Convención promulgaron medidas muy contrarias a sus opiniones bajo la influencia de un número muy pequeño de estos cabecillas. Las masas se han doblegado siempre ante sectarios enérgicos. La historia de las asambleas revolucionarias muestra cómo, a pesar de la audacia de su lenguaje ante los reyes, eran tímidas frente a los agitadores que encabezaron los disturbios. La invasión de una banda ruidosa dirigida por un cabecilla imperioso era suficiente para hacerlas votar, en una misma sesión, las medidas más contradictorias y absurdas. Una asamblea con los caracteres de una masa será extremada en sus sentimientos. Extremista en la violencia y en la pusilanimidad. En general se mostrará insolente con el débil y servil ante los fuertes. Conocemos la temerosa humildad del Parlamento cuando el joven Luis XIV entró con la fusta en la mano y pronunció su breve discurso. También sabemos con qué creciente impertinencia trató la Asamblea Constituyente a Luis XVI a medida que lo percibía más inerme. Por último sabemos el terror de los convencionales durante el reinado de Robespierre. Esta característica de las asambleas es una ley general y hay que considerar como un gran fallo de la psicología de un soberano que convoque una reunión cuando su poder se debilita. La reunión de los Estados Generales costó la vida de Luis XVI. Casi costó su trono a Enrique III cuando, obligado a abandonar París, tuvo la desafortunada idea de reunir a los Estados Generales en Blois. Sintiendo la debilidad del rey, de inmediato se expresaron como los amos, modificando los impuestos, despidiendo funcionarios y que afirman que sus decisiones habían de convertirse en leyes. La exageración progresiva de los sentimientos se observa claramente en todas las asambleas revolucionarias. La Asamblea Constituyente, muy respetuosa de todas las prerrogativas y de la autoridad real absorbió poco a poco todos los poderes y se proclamó finalmente asamblea soberana tratando a Luis XVI como a un simple sirviente. La Convención, después de unos comienzos relativamente moderados desembocó en una primera forma de terror donde los juicios fueron rodeados de algunas garantías legales, pero pronto extremó su poder y promulgó una ley que privaba al acusado de cualquier derecho de defensa y permitía condenar por la mera sospecha. Cediendo más y más a su furia sanguinaria finalmente se diezmó a sí misma. Girondinos, hebertistas, dantonistas, robespierristas vieron sucesivamente terminar sus carreras en las manos del verdugo. Esta aceleración de los sentimientos de las asambleas explica por qué siempre fueron tan escasamente dueñas de su destino y llegaron tan a menudo a resultados exactamente opuestos a los fines que se habían propuesto. Católica y monárquica la Asamblea Constituyente, en lugar de la monarquía constitucional que quería establecer y y de la religión que quería defender, llevó rápidamente a Francia a una república violenta y a la persecución del clero. Las asambleas políticas están compuestas, como hemos visto, de grupos heterogéneos, pero hay otros tipos de grupos, estos homogéneos, tal como algunos clubes, que jugaron un papel muy importante durante la Revolución y cuya psicología merece una consideración especial.

§ 2. - Psicología de los clubes revolucionarios.

 Pequeños grupos de hombres con las mismas opiniones, las mismas creencias, los mismos intereses y habiendo eliminado a todos los disidentes se diferencian de las grandes asambleas por la unidad de sus sentimientos y por lo tanto de sus voluntades. Tales fueron antiguamente los ayuntamientos, las congregaciones religiosas, las corporaciones y los clubes durante la Revolución, las sociedades secretas en la primera mitad del siglo XIX y, finalmente, los masones y los sindicatos hoy en día. Esta diferencia entre una asamblea heterogénea y un club homogéneo debe ser bien estudiada para captar el desarrollo de la Revolución Francesa. Hasta el Directorio y especialmente durante la Convención, la Revolución fue dominada por los clubes. A pesar de la unidad de su voluntad debida a la ausencia de partes diferenciadas, los clubes obedecen las leyes de la psicología de las masas. Por consiguiente están sometidos a los cabecillas. Se vio esto sobre todo en el Club de los Jacobinos, dirigido por Robespierre. El papel de líder de un club, masa homogénea, es mucho más difícil que el de líder de una masa heterogénea. Esta última es manejada fácilmente haciendo vibrar un pequeño número de cuerdas. En un grupo homogéneo, como un club, donde los sentimientos e intereses son idénticos, hay que saber dirigirlos y el líder, a menudo, es arrastrado por la masa. Una gran fuerza de las masas homogéneas es su anonimato. Sabemos que durante la Comuna de 1871 algunas órdenes anónimas bastaron para quemar los más bellos monumentos de París: el Ayuntamiento, las Tullerías, el Tribunal de Cuentas, la Legión de Honor, etc. Una breve orden de comités anónimos "Quemad las Tullerías, quemad el Ministerio de Finanzas, etc." se ejecutaba inmediatamente. Sólo un inesperado azar salvó el Louvre y sus colecciones. Sabemos también con qué religioso respeto son seguidas en nuestros días las más absurdas instrucciones de los anónimos cabecillas de los sindicatos obreros. Los clubes de París y la Comuna insurreccional no fueron menos obedecidos en tiempos de la Revolución. Una orden que emanara de ellos era suficiente para lanzar contra la Asamblea al populacho armado que dictaba su voluntad a los diputados. Resumiendo la historia de la Convención en otro capítulo, veremos con qué frecuencia tales irrupciones y el servilismo de esta asamblea, considerada mucho tiempo por la leyenda como muy enérgica, condujeron a la sumisión de los asambleístas ante las exigencias más imperativas de un puñado de alborotadores. Aprendiendo de la experiencia, el Directorio cerró los clubes y puso fin a las intromisiones del populacho haciéndolo ametrallar sin miramientos. La Convención también entendió con bastante rapidez la superioridad de los grupos homogéneos sobre las asambleas heterogéneas para gobernar, y por eso se subdividió en comités, cada uno con un pequeño número de individuos. Estos comités: Salud pública, Finanzas, etc., formaban pequeñas asambleas soberanas en el seno de la mayor. Su poder no fue mantenido a raya más que por los clubes. Las consideraciones anteriores muestran el poder de los grupos sobre la voluntad de los miembros que los componen. Si el grupo es homogéneo este poder es considerable; si es heterogéneo la acción será más débil pero puede llegar a ser importante, ya porque las facciones enérgicas de una asamblea dominen a las menos enérgicas, ya porque ciertos sentimientos contagiosos se propaguen a menudo a todos los miembros de la asamblea. Un ejemplo memorable de la influencia de las facciones se dio durante nuestra Revolución, cuando en la noche del 4 de agosto la nobleza votó la propuesta de uno de sus miembros de abandonar los privilegios feudales. Sin embargo se sabe que la Revolución fue el resultado, en parte, de la negativa del clero y la nobleza de renunciar a sus privilegios. ¿Por qué esta renuncia se negó en un primer momento? Simplemente porque los hombres en masa no actúan como los hombres aislados. Individualmente ningún miembro de la nobleza habría abandonado nunca sus derechos. De esta influencia de las asambleas sobre sus miembros cita Napoleón en Santa Helena ejemplos curiosos: "Nada, dijo, era más común que encontrar hombres de aquella época con carácter totalmente contrario con el que cabría esperar de su reputación por sus palabras y acciones anteriores. Uno podría creer que Monge, por ejemplo, era un hombre terrible; cuando se decidió la guerra se subió a la tribuna de los jacobinos y declaró que daría sus dos hijas a los dos primeros soldados que resultaran heridos por el enemigo..., quería matar todos los nobles, etc. Sin embargo Monge era el más dulce y débil de los hombres y no habría matado un pollo si hubiera tenido que hacerlo él mismo, o simplemente no lo habría permitido si hubiera tenido que hacerse en su presencia."

§ 3. - Interpretación de la exageración progresiva de los sentimientos en las asambleas.

 Si los sentimientos colectivos pudieran medirse con exactitud se los podría representar por una curva que, después de primer ascenso bastante lento y luego muy rápido, descendería por último casi verticalmente. La ecuación de la curva podría llamarse ecuación de la variación de los sentimientos colectivos a excitación constante. No siempre es fácil de explicar la aceleración de ciertos sentimientos bajo la influencia de una causa constante. Tal vez, sin embargo, se podría señalar que si las leyes de la psicología fueran comparables a las de la mecánica, una fuerza de valor constante, actuando de forma continua, debería incrementar rápidamente la intensidad de los sentimientos. Sabemos, por ejemplo, que una fuerza constante en magnitud y dirección, tal como la de la gravedad actuando sobre un cuerpo, le imprime un movimiento acelerado. La velocidad de un móvil que cae en el espacio bajo la influencia de la gravedad será de unos 10 metros en el primer segundo, 20 metros en el siguiente, 80 metros para el tercero, etc. Sería fácil imprimirle la velocidad necesaria para permitirle perforar una plancha de acero, haciéndolo caer desde un punto suficientemente alto. Pero si esta explicación se aplicase a la aceleración de un sentimiento bajo un estímulo constante, no nos permitiría comprender por qué los efectos de la aceleración, finalmente, se detienen abruptamente. Este fenómeno sólo se puede comprender cuando hacemos una interpretación fisiológica, es decir, al recordando que tanto el placer como el dolor no pueden exceder ciertos límites y que toda excitación demasiado violenta causa la parálisis de la sensación. Nuestros cuerpos sólo pueden soportar un cierto máximo de alegría, dolor o esfuerzo, y ni siquiera pueden soportarlo mucho tiempo. La mano que aprieta un dinamómetro pronto alcanza el punto de agotamiento de su esfuerzo y se ve obligada a abrirse abruptamente. El estudio de las causas de la rápida desaparición de ciertos de sentimientos en las asambleas ha de tener en cuenta el hecho de que, junto con el partido dominante por su poder o prestigio, hay otros cuyos sentimientos, mantenidos a raya por la fuerza o el prestigio, no han podido alcanzar su pleno desarrollo. Cualquier circunstancia que debilita un poco al partido dominante puede dar lugar a que los sentimientos reprimidos de los otros partidos lleguen a dominar a su vez. Los “montagnards” pudieron experimentarlo después de Thermidor. Todas las analogías que se han intentado establecer entre las leyes que obedecen los fenómenos materiales y las que rigen la evolución de los elementos afectivos y místicos son obviamente muy groseras. Y necesariamente será así hasta el día en que los mecanismos de las funciones cerebrales lleguen a ser menos ignorados que en el día de hoy.
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lunes, 26 de enero de 2015

Gustave Le Bon, La Revolución Francesa y la psicología de las revoluciones (1912) PARTE 1 LIBRO 2 CAPÍTULO 4


Primera parte: Los elementos psicológicos de los movimientos revolucionarios

 Libro II: Las formas predominantes mentalidad durante revoluciones

 Capítulo IV Psicología de las multitudes revolucionarias
 § 1. - Características generales de las multitudes.
 Sea cual sea su origen, las revoluciones no llegan a producir todos sus efectos sino después de haber penetrado en el alma de las multitudes. Por lo tanto, son una consecuencia de la psicología de las masas. Aunque he estudiado en profundidad psicología de las masas en otro trabajo, me veo obligado aquí a recordar las principales leyes que la rigen. El hombre que forma parte de una multitud, es muy diferente del mismo hombre cuando está aislado. Su individualidad consciente se desvanece en la personalidad inconsciente de la multitud. El contacto físico no es absolutamente necesario para proporcionar al individuo la mentalidad de una masa. Las pasiones y limitados sentimientos comunes provocados por ciertos eventos, son a menudo suficientes para crearla. El alma colectiva formada temporalmente es un agregado muy especial. Su característica principal es la de estar totalmente dominada por elementos inconscientes y sujeta a una lógica especial: la lógica colectiva. Entre otras características de las multitudes que hay que mencionar también su credulidad infinita, su sensibilidad exagerada, la imprevisión y la imposibilidad de ser influenciadas por el razonamiento. La afirmación, el contagio, la repetición y el prestigio son casi los únicos medios de persuadirlas. Realidades y experiencias no tienen ningún efecto sobre ellas. El posible hacerle creer cualquier cosa a una masa. Nada es imposible a sus ojos. Debido a la extrema sensibilidad de las multitudes, sus sentimientos, buenos o malos, siempre son exagerados. Esta exageración se incrementa aún más en tiempos de revolución. La menor excitación conduce las multitudes a comportamiento furiosamente agresivos. La credulidad, ya tan grande en su estado normal, también aumenta; se aceptan las historias más inverosímiles. Dijo Arthur Young que, visitando las fuentes cerca de Clermont, en los tiempos de la Revolución, su guía fue detenido por personas que estaban persuadidas de que llevaba órdenes de la reina de minar la ciudad para hacerla explotar. Las historias más horribles circulaban acerca de la familia real, considerada una reunión necrófagos y vampiros. Estos diversos rasgos muestran que el hombre englobado en una multitud desciende mucho en la escala de la civilización. Se convierte en un bárbaro, con todos los defectos y cualidades correspondientes: violencia instantánea, pero también entusiasmo y heroísmo. En el campo intelectual una multitud es siempre inferior que el hombre aislado. En el área moral y sentimental puede situarse por encima. A una multitud le son mucho más fáciles tanto los crímenes como los actos de abnegación. Los caracteres personales desaparecen en la multitud, aunque su acción sea considerable sobre las personas que la integran. El avaro se vuelve pródigo, el, hombre criminal se vuelve honesto, el creyente será escéptico y héroe el cobarde. Ejemplos de tales cambios abundan durante nuestra Revolución. Parte de un jurado o parlamento, el hombre colectivo hace veredictos o aprueba las leyes que en el estado aislado ciertamente nunca habría soñado. Una de las consecuencias más importantes de la influencia de una comunidad sobre los individuos que la componen es la unificación de sus sentimientos y deseos. Esta unidad psicológica da a la multitud una gran fortaleza. La formación de una unidad mental de este tipo es sobre todo el resultado de que, en una multitud, sentimientos, gestos y acciones son extremadamente contagiosos. Exclamaciones de odio, de ira o de amor son aprobadas inmediatamente y coreadas. ¿Cómo nacen esta voluntad y estos sentimientos comunes? Se propagan por contagio, pero se necesita un punto de partida para crear este contagio. El líder, cuya acción en los movimientos revolucionarios vamos a examinar enseguida, cumple esta función. Sin liderazgo la multitud es un ser amorfo, incapaz de actuar. El conocimiento de las leyes que rigen la psicología de las masas es esencial para interpretar los acontecimientos de nuestra Revolución, entender la conducta de las asambleas revolucionarias y las singulares transformaciones de los hombres que formaban parte de ellas. Impulsados por las fuerzas inconscientes del alma colectiva, dijeron con frecuencia lo que no habrían querido decir y votaban lo que no habrían querido votar. Si las leyes de la psicología colectiva a veces han sido adivinadas instintivamente por algunos hombres de estado extraordinarios, hay que señalar que la mayoría de los gobiernos han hecho caso omiso de ellas y las ignoran todavía. Es por haber hecho caso omiso de esas leyes por lo que muchos de ellos cayeron tan fácilmente. Cuando se ve con qué facilidad fueron derribados algunos regímenes por un pequeño motín (el de Luis Felipe en particular) aparecen claramente los peligros de la ignorancia de la psicología colectiva. El mariscal que mandaba las tropas en 1848, tropas que eran más que suficientes para defender al rey, sin duda ignoraba que tan pronto como uno deja que se mezclen la multitud y las tropas, estas últimas, paralizadas por la sugestión y el contagio dejan de cumplir su función. Tampoco sabía que la multitud es muy sensible al prestigio y que se necesita para actuar sobre esa sensibilidad un gran despliegue de fuerzas, que por sí mismo elimina las manifestaciones hostiles inmediatamente. También ignoraba que las aglomeraciones deben ser dispersadas inmediatamente. Todas estas cosas las hemos aprendido por la experiencia, pero en aquel tiempo no habían entendido sus lecciones. En los tiempos de la gran Revolución la psicología de masas todavía era más desconocida.
 § 2. - Cómo la estabilidad del alma del pueblo limita las oscilaciones del alma de las masas.
 
Un pueblo realmente puede compararse a una multitud. Posee ciertos rasgos, pero las oscilaciones de estos rasgos están limitadas por el “alma del pueblo”. Conserva una permanencia que no se da en el alma transitoria de una multitud. Cuando un pueblo tiene un alma ancestral estabilizada por un largo pasado, el alma de la masa está en parte dominada por ella. Un pueblo también se diferencia de una masa en que se compone de una colección de grupos, cada uno con diferentes intereses y pasiones. En una masa propiamente dicha, una reunión popular, por ejemplo, se encuentran por el contrario unidades que pueden pertenecer a diferentes categorías sociales. Un pueblo parece en ocasiones tan móvil como una masa, pero no hay que olvidar que detrás de su movilidad, detrás de sus entusiasmos, su violencia y destrucción, permanecen instintos conservadores muy obstinados mantenidos por el “alma del pueblo”. La historia de la Revolución y del siglo siguiente muestra cómo el espíritu conservador acaba por dominar al espíritu de destrucción. Más de un régimen derribado por el pueblo fue al poco restaurado por él. No es tan fácil en actuar sobre el “alma de un pueblo” que sobre la de las masas. Los medios que influyen son indirectos y más lentos (periódicos, conferencias, discursos, libros, etc.). Los elementos de persuasión se parecen, por lo demás, a los ya mencionados: afirmación, repetición, prestigio y contagio. El contagio mental puede ganar al instante a todo un pueblo, pero más a menudo opera lentamente, de un grupo a otro. Así se propagó en Francia la Reforma. Un pueblo es mucho menos excitable que una masa. Sin embargo algunos eventos (insulto nacional, amenaza de invasión, etc.) pueden sublevarlo en un instante. Este fenómeno se observó en varias ocasiones durante la Revolución, sobre todo en la época de insolente manifiesto emitido por el duque de Brunswick. Este último tenía una comprensión muy mala de la psicología de nuestro pueblo cuando se decidió a proferir sus amenazas. No sólo perjudicó significativamente la causa de Luis XVI, sino también la suya propia, puesto que su intervención hizo surgir del suelo un ejército para combatirlo. Esta repentina explosión de sentimientos de un pueblo también se observa en todos los otros pueblos. Napoleón no entendió su poder cuando invadió España y Rusia. Uno puede romper fácilmente el alma transitoria de una multitud, pero es impotente contra el alma permanente de un pueblo. Ciertamente el campesino ruso era un ser muy indiferente, muy grosero, muy limitado, sin embargo al primer anuncio de una invasión se transformó. Podrá juzgarse leyendo este fragmento de una carta de Elizabeth, esposa del emperador Alejandro I. "Desde que Napoleón cruzó nuestras fronteras fue como una chispa eléctrica que se extendiera por toda Rusia y la vastedad de su extensión permitiera, sin embargo  que el grito se oyera en todos los rincones del imperio, un grito de indignación tan terrible que creo que habría resonado hasta el final del universo. A medida que Napoleón avanzaba el sentimiento se elevaba más. Los ancianos que habían perdido todas sus pertenencias decían: “ya encontraremos la manera de vivir”; cualquier cosa es preferible a una paz vergonzosa”. Las mujeres que tienen a todos los suyos en el ejército no miran el peligro que corren y sólo temen la paz. Esta paz que sería la sentencia de muerte para Rusia no es posible, por suerte. El emperador no concibe la idea e incluso si quisiera, no podría. Esta es el gran heroísmo de nuestra posición." La emperatriz cita a su madre las dos características siguientes, que dan una idea del grado de resistencia del alma rusa: "Los franceses habían capturado a algunos desgraciados campesinos en Moscú a los que tenían la intención de obligar a servir en sus filas, y que no pudieron escapar; les marcaron en la mano como marcamos a los caballos en los establos. Uno de ellos le preguntó a los franceses qué quería decir aquella marca; le contestaron que significaba que era soldado francés. "¡Qué! ¡Soy un soldado del emperador francés!" Dijo. Y en el acto tomó su hacha, se cortó la mano y la lanzó a los pies de los asistentes diciendo: "¡Mira, aquí está su marca!" "También en Moscú los franceses habían atrapado a veinte campesinos con los que querían dar un ejemplo para asustar a los guerrilleros que habían atacado a los exploradores franceses y guerreaban tan eficazmente como las tropas regulares. Los alinearon contra un muro y les leyeron la sentencia en ruso. Se esperaba que iban a pedir perdón; en lugar de eso se despidieron los unos de los otros e hicieron la señal de la cruz. Fusilaron al primero; se suponía que los otros, asustados, pedirían gracia y prometerían cambiar el comportamiento. Se fusiló al segundo y al tercero y así sucesivamente los veinte, sin que ninguno intentara implorar la misericordia del enemigo. Napoleón no tuvo ni una sola vez el placer de escuchar esta palabra en Rusia." Entre las características de la mente popular también hay que mencionar que ha estado saturada de misticismo en todas las naciones y en todos los tiempos. Los pueblos siempre creerán que seres divinos superiores, gobiernos u hombres poderosos tienen el poder de cambiar las cosas a su antojo. Este lado místico provoca su intensa necesidad de adorar a algo o a alguien. Necesitan un fetiche, ya sea personaje o doctrina. Es por eso que sintiéndose amenazado por la anarquía reclama un Mesías salvador. Como las masas, pero más lentamente, los pueblos pasan de la adoración al odio. Héroe en cierto momento, el mismo personaje puede terminar entre maldiciones. Estas variaciones de la opinión popular sobre las figuras políticas se encuentran en todos los países. La historia de Cromwell ofrece un ejemplo muy curioso.
 
§ 3. - El papel de los líderes de los movimientos revolucionarios.
 
 Todas las variedades de masas homogéneas o heterogéneas, asambleas, pueblos, clubes, etc. son como ya hemos dicho agregados incapaces de unidad y de acción, siempre y cuando no hayan encontrado un cabecilla para dirigirlos. He mostrado en otro lugar, valiéndome de ciertos experimentos fisiológicos, que el alma colectiva inconsciente de la masa parece ligada al alma del agitador. Esto le proporciona una voluntad única e impone una obediencia absoluta. El líder actúa principalmente sobre la masa por la sugestión. Su éxito depende de la forma como consigue provocarla. Muchos experimentos muestran lo fácil que sugestionar a un grupo. Según cuales sean las sugestiones de sus dirigentes la masa será tranquila, furiosa, criminal o heroica. Estas diversas sugestiones pueden a veces aparentar un aspecto racional, pero sólo tendrán de la razón la apariencia. Una multitud es en realidad inaccesible a cualquier razón; las únicas ideas capaces de influirla serán siempre sentimientos evocados bajo la forma de imágenes. La historia de la Revolución muestra en cada una de sus páginas la facilidad con que las masas siguen los impulsos más contradictorios de sus diversos cabecillas. Se las vio aplaudiendo tanto el triunfo de los girondinos, hebertistas, dantonistas y terroristas como sus sucesivas caídas. Por lo demás se puede asegurar que las masas no comprendieron nunca ninguno de estos acontecimientos. A distancia, sólo se perciben vagamente los papeles de los líderes, porque por lo general actúan en la sombra. Para entenderlos claramente es necesario estudiarlos en los acontecimientos contemporáneos. Se observa entonces la facilidad con que los líderes provocan movimientos populares violentos. No pensemos ahora en las huelgas de los trabajadores de correos o de los ferrocarriles, por lo que podrían implicar de insatisfacción de los empleados, sino en hechos de los que la masa estaba completamente desinteresada. Como por ejemplo tenemos el levantamiento popular provocado por algunos dirigentes socialistas entre la población parisina, tras la ejecución del anarquista Ferrer en España. Jamás el público francés había oído hablar de él. En España, su ejecución pasó sin pena ni gloria. En París el entusiasmo de unos pocos líderes fue suficiente para poner en marcha un verdadero ejército popular contra la embajada de España con el fin de quemarla. Parte de la guarnición tuvo que ser utilizada para su protección. Rechazados enérgicamente los atacantes se limitaron a destruir comercios y a construir algunas barricadas. Los cabecillas dieron una prueba más de su influencia sin que cambiaran las circunstancias. Acabaron por entender que el incendio de una embajada extranjera podría ser muy peligroso y ordenaron para el día siguiente una protesta pacífica; fueron obedecidos tan fielmente como cuando ordenaron un motín violento. Ningún ejemplo ilustra mejor el papel de los líderes y la sumisión de las masas. Los historiadores que, de Michelet Sr. a M. Aulard, representaron a las multitudes revolucionarias actuado solas y sin líderes no tenían idea de su psicología.

domingo, 25 de enero de 2015

Gustave Le Bon, La Revolución Francesa y la psicología de las revoluciones (1912) PARTE 1 LIBRO 2 CAPÍTULO 3


Primera parte: Los elementos psicológicos de los movimientos revolucionarios

Libro II: Las formas predominantes de mentalidad durante las revoluciones

Capítulo III La mentalidad revolucionaria y la mentalidad criminal

§ 1. - La mentalidad revolucionaria.

 Acabamos de ver que los elementos místicos son un componente del alma jacobina. Los veremos aún en otra forma de mentalidad claramente definida, la mentalidad revolucionaria. Las sociedades de todos los tiempos siempre han contenido una serie de espíritus inquietos, inestables e infelices, dispuestos a rebelarse contra cualquier orden establecido. Actúan por simple gusto la algarada y si un poder mágico les concediera sus deseos sin restricciones, se seguirían rebelando ahora mismo. Esta mentalidad especial a menudo resulta de un desajuste entre el individuo y su medio ambiente o de un exceso de misticismo, pero también puede ser una cuestión de temperamento o surgir de trastornos patológicos La necesidad de algarada presenta muy diversos grados de intensidad, desde simple descontento expresado con palabras contra los hombres y las cosas hasta la necesidad de destruirlos. A veces, la persona vuelve contra sí misma la furia revolucionaria que no puede ejercer de otra manera. Rusia está llena de estos locos que no contentos con los incendios y las bombas arrojadas al azar contra la multitud, terminan como los skopzis y otros miembros de sectas similares, mutilándose a sí mismos. Estos perpetuos rebeldes suelen ser seres sugestionables, cuya alma mística está obsesionada con ideas fijas. A pesar de la energía aparente que sugiere sus acciones, tienen un carácter débil y permanecen incapaces de controlarse a sí mismos lo suficiente como para resistir los impulsos que los gobiernan. El espíritu místico del cual están animados proporciona pretextos para su violencia y hace que se vean como grandes reformadores. En tiempos normales los rebeldes que toda sociedad contiene son mantenidos a raya por la legislación, el medio ambiente y, en definitiva, por todas las restricciones sociales y quedan sin influencia. Desde el momento en que se inicia un periodo revolucionario estas limitaciones se debilitan y los rebeldes pueden dar rienda suelta a sus instintos. Se convierten en los líderes naturales de los movimientos. Poco les importa el motivo de la revolución; ellos se dedican a matar indiscriminadamente por la bandera roja, la bandera blanca o la liberación de países de los que ni vagamente ha oído hablar. El espíritu revolucionario no siempre se alcanza los extremos que lo hacen peligroso. Cuando en lugar de derivar impulsos emocionales o místicos tiene un origen intelectual, puede convertirse en una fuente de progreso. Es gracias a espíritus lo suficientemente independientes como para ser intelectualmente revolucionarios que una civilización consigue vencer el yugo de la tradición y de la costumbre, cuando llega a ser demasiado pesado. Las ciencias, las artes, la industria se desarrollaron principalmente por ellos. Galileo Lavoisier, Darwin, Pasteur eran revolucionarios. Si no es necesario para un pueblo poseer muchas mentes similares, es esencial contar con algunas. Sin ellas el hombre todavía habitaría en las primitivas cuevas. La audacia revolucionaria que pone en el camino de los descubrimientos implica facultades muy raras. Requiere sobre todo la suficiente independencia de espíritu para escapar de la influencia de las opiniones corrientes y un juicio que permita distinguir, bajo analogías superficiales, las realidades que ocultan. Esta forma de espíritu revolucionario es creativa, mientras que la examinada anteriormente es destructiva. La mentalidad revolucionaria podría compararse con algunos estados fisiológicos útiles en la vida del individuo, pero que, exagerados, tomar una forma patológica siempre perjudicial.

 § 2. - mentalidad criminal.

 Todas las sociedades civilizadas arrastran inevitablemente tras ellas un residuo degenerado de inadaptados que sufren taras diversas. Vagabundos, mendigos, convictos, ladrones, asesinos, indigentes que viven al día, forman la población penal de las grandes ciudades. En tiempos normales los residuos de la civilización están más o menos mantenidos a raya por la policía y gendarmes. Durante las revoluciones ya nada los detiene y pueden ejercer fácilmente sus instintos de asesinato y la rapiña. En este conjunto los revolucionarios de todas las edades están seguros de encontrar a sus soldados. Ansioso sólo de saquear y masacrar poco les importa qué causa se supone que deben defender. Si las posibilidades de asesinato y saqueo son más abundantes en el partido contra el que combaten cambiarán muy rápidamente de bandera. A estos mismos criminales, plaga incurable de todas las sociedades, hay que sumar la categoría de casi-criminales. Delincuentes de ocasión, nunca se alzan cuando el miedo al orden establecido se mantiene pero se enrolarán en bandas revolucionarias en cuanto el orden vacila. Ambos categorías, delincuentes habituales y delincuentes ocasionales,  forman un ejército del desorden capacitado sólo para el desorden. Todos los revolucionarios, todos los fundadores de movimientos religiosos o políticos se han apoyado en dichos grupos. Ya hemos dicho que esta población con mentalidad criminal tuvo una influencia considerable durante la Revolución Francesa. Siempre estaba en primera línea en los disturbios que tenían lugar casi a diario. Algunos historiadores se refieren a ellos con una especie de emocionado respeto hacia la voluntad que el pueblo soberano llevaba a la Convención, invadiendo la sala armados con picas, que llevaban a veces algunas cabezas recién cortadas adornando el extremo. Si analizamos los elementos de los que en aquel tiempo se formaban estas supuestas delegaciones del pueblo soberano, encontraríamos al lado de un pequeño número de almas simples sometidas al dominio de los cabecillas, una masa compuesta sobre todo de bandidos como los anteriormente referidos. A ellos deben los innumerables asesinatos, de los que son típicos ejemplos los de septiembre y la princesa de Lamballe. Aterrorizaron a todas las grandes asambleas desde la Asamblea Constituyente a la Convención y durante diez años contribuyeron a devastar Francia. Si por algún milagro el ejército de criminales hubiera podido ser eliminado el desarrollo de la revolución habría sido muy diferente. La ensangrentaron desde el principio hasta el final. La razón no puede hacer nada contra ellos y ellos puede hacer mucho en contra de la razón.
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viernes, 23 de enero de 2015

Gustave Le Bon, La Revolución Francesa y la psicología de las revoluciones (1912) PARTE 1 LIBRO 2 CAPÍTULO 2


 
§ 1.- Clasificación de las mentalidades predominantes en tiempos de la revolución.
Las clasificaciones sin las cuales el estudio de las ciencias es imposible establecen forzosamente lo discontinuo en lo continuo y son siempre, por lo tanto, un tanto artificiales. Sin embargo son necesarias, ya que la continuo es accesible sólo bajo la forma de lo discontinuo. La creación de las distinciones netas entre las diversas mentalidades observadas en los tiempos revolucionarios, como vamos a hacer, es desde luego separar elementos que se desbordan los unos sobre los otros, se fusionan o se superponen. Debemos resignarnos a perder un poco de precisión para ganar claridad. Los tipos básicos que figuran al final del capítulo anterior y que se describirán ahora sintetizan grupos que escapan al análisis si se desea estudiarlos en toda su complejidad. Hemos demostrado que el hombre es impulsado por diferentes lógicas, que se yuxtaponen sin influenciarse en tiempos normales. Bajo la acción de diversos eventos entran en conflicto y las diferencias irreductibles que las separan se manifiestan de manera significativa, lo que lleva a trastornos individuales y sociales considerables. La lógica mística, que pronto observaremos en la mente de los jacobinos, juega un papel importante. Pero no es la única que actúa. Otras formas de lógica: la lógica afectiva, la lógica colectiva y la lógica racional pueden predominar, según las circunstancias.
§ 2. - La mentalidad mística.

Dejando a un lado, por el momento, la influencia de las lógicas emocional, racional y colectiva, nos ocuparemos solamente del papel considerable de los elementos místicos que dominaron tantas revoluciones, incluida la nuestra. La característica del espíritu místico consiste en asignar un poder misterioso a seres o fuerzas superiores, materializados en forma de ídolos, fetiches, palabras y fórmulas. El espíritu místico es la base de todas las creencias religiosas y de la mayoría de las creencias políticas. Estas últimas se desvanecerían a menudo si fuera posible despojarlas de los elementos místicos, que son su verdadera base. Injertada en los sentimientos e impulsos apasionados que ella dirige, la lógica mística da fuerza a los grandes movimientos populares. Hombres muy reacios a hacerse matar en aras de argumentaciones sacrificar fácilmente sus vidas a un ideal místico convertido en objeto de adoración. Los principios de la Revolución pronto inspiraron un místico entusiasmo similar al originado por las diferentes creencias religiosas que los habían precedido. No hicieron otra cosa que cambiar la orientación de una mentalidad ancestral, sedimentada por los siglos. No hay nada de extraño el feroz celo de los hombres de la Convención. Su mentalidad mística era la misma que la de los protestantes en la época de la Reforma. Los principales héroes del Terror, Couthon, Saint-Just, Robespierre, etc., fueron apóstoles. Similares a Polieucto destruyendo los altares de los dioses falsos para propagar su fe, soñaban con catequizar al universo. Su entusiasmo se derramó sobre el mundo. Convencidos de que sus conjuros serían suficientes para derrocar a los tronos, no dudaron en declarar la guerra a los Reyes. Y como una fe fuerte es siempre superior a una fe vacilante y combatieron victoriosamente contra Europa. El espíritu místico de los líderes de la Revolución se manifiesta en cada detalle de su vida pública. Robespierre, convencido de tener el apoyo del Altísimo, aseguró en un discurso que el Ser Supremo había "decretado la República desde el principio de los tiempos." En su calidad de gran pontífice de una religión de Estado hizo votar por la Convención un decreto declarando que "los franceses reconocen la existencia del Ser Supremo y la inmortalidad del alma." En la fiesta de este Ser Supremo, sentado en una especie de trono, pronunció un largo sermón. El Club de los Jacobinos, dirigido por Robespierre, había terminado de tomar todo el aspecto de un concilio. Maximiliano proclamó allí: "la idea de un gran ser que vela por la inocencia oprimida y castiga el crimen triunfante." Todos los herejes que criticaban la ortodoxia jacobina fueron excomulgados, o sea enviados al Tribunal Revolucionario del que sólo se salía de subir al cadalso. La mentalidad mística de la que Robespierre fue el más notable representante no murió con él. Todavía hay hombres con la misma mentalidad entre los políticos de nuestros días. Las antiguas creencias religiosas no persisten en su alma, pero ese alma está sujeta a credos políticos a imponer de inmediato, como Robespierre imponía el suyo, si se les da la oportunidad. Siempre dispuestos de perecer para propagar sus creencias, los místicos de todas las edades utilizan los mismos medios de persuasión desde el momento en que se convierten en los amos. Por tanto es natural que Robespierre tenga muchos admiradores todavía. Almas moldeadas sobre la suya se encuentran por millares. Guillotinándolos no han guillotinado sus concepciones de las cosas. Tan antiguas como la humanidad sólo desaparecerán con el último creyente. La mística de las Revoluciones escapa a la mayoría de los historiadores. Seguirán mucho tiempo tratando de explicar por la lógica racional una serie de fenómenos que les siguen siendo ajenos. Ya he mencionado en otro capítulo este pasaje de la historia de los señores Lavisse y Rambaud, en el que la Reforma se explica diciendo que fue "el resultado de las libres reflexiones individuales que sugirieron a la gente sencilla una conciencia muy piadosa y una razón muy audaz." Tales movimientos jamás serán comprendidos si se les supone un origen racional. Las creencias políticas o religiosas que han arrastrado a las multitudes tienen un origen común y siguen las mismas leyes. No se formaron mediante la razón sino, generalmente, contra toda razón. El budismo, el cristianismo, el Islam, la reforma, la brujería, el jacobinismo, el socialismo, el espiritismo, etc., parecen creencias muy distintas. Tienen sin embargo, repito, bases afectivas y místicas idénticas y obedecer lógicas no relacionadas con la lógica racional. Su poder reside precisamente en que la razón tiene tan poca parte en su formación como en su transformación. La mentalidad mística de nuestros apóstoles políticos actuales está muy bien expresada en un artículo sobre uno de nuestros últimos ministros que he encontrado en un periódico importante. Uno se pregunta qué categoría se sitúa M.A. ¿Se imaginará por casualidad pertenecer al grupo de los no creyentes? ¡Qué burla! Ya se entiende que M.A. no adopta ninguna fe positiva, que maldice Roma y Ginebra, que rechaza todos los dogmas tradicionales y todas las iglesias conocidas. Si hace tabla rasa es sólo para fundar, sobre el terreno así despejado, su propia iglesia, más dogmática que cualquier otra, y su propia inquisición, cuya intolerancia brutal no tiene nada que envidiar a los más notorios Torquemada. "No estamos de acuerdo", dice, "con la neutralidad de la Escuela. Exigimos la educación laica en toda su plenitud y, por tanto, somos adversarios de la libertad de enseñanza". Si no educar carniceros es debido al cambio en las costumbres, que se ve obligado a tener en cuenta a pesar de sí mismo, hasta cierto punto. Pero, no pudiendo enviar a la gente al suplicio, invoca al brazo secular para condenar las doctrinas a muerte. Siempre es éste, exactamente, el punto de vista de los grandes inquisidores. Siempre es el mismo ataque contra el pensamiento. Este librepensador tiene un espíritu tan libre que toda filosofía que él no acepta le parece no sólo ridícula y grotesca, sino malvada. Se jacta de estar sólo él en posesión de la verdad absoluta. Tiene una certeza tan completa que cualquier oponente le parece monstruo execrable y un enemigo público. No sospecha ni por un momento que sus opiniones personales no son, después de todo, más que hipótesis para las cuales es tanto más ridículo reclamar un privilegio derecho divino cuanto que suprimen específicamente la deidad. O al menos pretenden suprimirla, pero la restauran bajo otra forma que conduce de inmediato a lamentar la desaparición de la antigua. M.A. es un sectario de la diosa Razón, de la que ha hecho un Moloch opresor que exige sacrificios. No más pensamiento libre para nadie, excepto para él y sus amigos; tal es el pensamiento libre de M.A. ¡La perspectiva es muy atractiva! Pero tal vez se han abatido demasiados ídolos desde hace algunos siglos para adorar a este." Hay que desear para la libertad que estos oscuros fanáticos no lleguen a ser finalmente nuestros amos. Dado el pequeño poder de la razón sobre las creencias místicas, es inútil discutir, como se hace tan a menudo, cuál es el valor racional de cualesquiera ideas revolucionarias o políticas.  Sólo su influencia nos interesa. Nada importa que las teorías sobre la supuesta igualdad de los hombres, la bondad primitiva o la posibilidad de rehacer las sociedades a través de la legislación hayan sido refutadas por la observación y la experiencia. Estas ilusiones vacías deben verse como los más poderosos estímulos de la acción que la humanidad ha conocido.
§ 3. - La mentalidad jacobina.

 Aunque el término mentalidad jacobina no forma parte de ninguna clasificación, sin embargo lo uso porque resume una combinación claramente definida constituyente de una verdadera especie psicológica. Esta mentalidad domina a los hombres de la Revolución Francesa, pero es específica de ellos, ya que aún representa a la parte más activa de nuestra política. La mentalidad mística discutida anteriormente es un factor clave del alma jacobina, pero no es suficiente suficiente para explicarla. Otros elementos que pronto vamos a examinar deben ser tenidos en consideración. Los jacobinos no se concebían en absoluto como místicos. Afirmaban por el contrario ser guiados únicamente por la razón pura. Durante la Revolución la invocaban constantemente y la vieron como la única guía de su conducta. La mayoría de los historiadores han adoptado esta concepción racionalista del alma jacobina y Taine ha compartido el mismo error. Es en el abuso del racionalismo donde él busca el origen de gran parte de los actos de los jacobinos. Las páginas que les dedica contienen por lo demás muchas verdades y como son muy notables reproduzco aquí los fragmentos más importantes. "Ni el amor propio exagerado ni el razonamiento dogmático son raros en los seres humanos. En todos los países estas dos raíces del espíritu jacobino subsisten indestructibles y subterráneas. A los veinte años, cuando un joven entra en el mundo, su razón se estremece al mismo tiempo que su orgullo. En primer lugar, con independencia de la sociedad en la que se encuentre, esa sociedad es un escándalo para la razón pura, porque no fue un filósofo legislador el que la construyó, de acuerdo con un principio simple, sino que han sido generaciones sucesivas las que la dispusieron de acuerdo con sus diversas y cambiantes necesidades. La sociedad no es obra de la lógica, sino de la historia y el razonador principiante se encoge de hombros ante la visión de este antiguo edificio cuyos cimientos son arbitrarios, cuya arquitectura es incoherente y cuyos remiendos son muy visibles... La mayoría de los jóvenes, especialmente los que tienen camino por hacer, son más o menos jacobinos al salir de la universidad... Los jacobinos nacen en las sociedades en descomposición como las setas en los materiales que fermentan… Considérense los auténticos monumentos de su pensamiento... los discursos de Robespierre y Saint-Just, los debates de la Asamblea Legislativa y la Convención, las arengas, los llamamientos y los informes de los girondinos y montañeses... Nunca se ha hablado tanto para decir tan poco, la verborrea hueca y el énfasis rimbombante ahogan la verdad bajo su monotonía y su hinchazón... El jacobino está lleno de respeto hacia los fantasmas de su cerebro razonador; a sus ojos son más reales que los hombres reales y su criterio es el único que toma en consideración... Caminará sinceramente en el cortejo de un pueblo imaginario... Millones de voluntades metafísicas que ha creado a imagen de la suya lo sostendrán con su aprobación unánime y proyectará hacia el exterior como un coro de aclamación triunfante el eco interior de su propia voz." A pesar de que admiro la descripción de Taine, creo que no ha captado exactamente la verdadera psicología del jacobino. El alma del verdadero jacobino, tanto en el momento de la Revolución como hoy en día, consta de elementos que deben disociarse de comprender su papel. Este análisis muestra en primer lugar que el jacobino no es un racionalista, sino un creyente. Lejos de construir su creencia a partir de la razón, él moldea la razón sobre su fe y si sus palabras están imbuidas de racionalismo, utiliza muy poco la razón para pensar y actuar. Un jacobino que razonara tanto como se les ha reprochado a veces, sería sensible en ocasiones a la voz de la razón. Por el contrario la observación que podemos hacer, desde la Revolución hasta el presente, demuestra que el jacobino nunca se deja influir por un razonamiento, sea cual sea su justeza, y precisamente esa es su fuerza. ¿Y por qué no se deja? Sólo porque su visión de las cosas, siempre muy corta, no permite resistirse a los poderosos impulsos pasionales que lo arrastran. Estos dos elementos, razón débil y pasiones fuertes, no serían suficientes para constituir la mentalidad jacobina. Todavía hay otro. La pasión sostiene las convicciones, pero apenas las crea. Sin embargo el verdadero jacobino tiene fuertes convicciones. ¿En qué se apoyan? Es aquí en donde aparece el papel de estos elementos místicos cuya influencia hemos estudiado. El jacobino es un místico que ha sustituido a sus viejas divinidades por nuevos dioses. Imbuido del poder de las palabras y las fórmulas, les atribuye un poder misterioso. Para servir a estas deidades exigentes, no retrocederá ante las medidas más violentas. Las leyes aprobadas por nuestros jacobinos contemporáneos proporcionan la evidencia. La mentalidad jacobina se encuentra especialmente entre los entusiastas y los personajes de mente limitada. Implica, en realidad, un pensamiento estrecho y rígido, por lo que es inaccesible a cualquier crítica, cualquier consideración ajena a la fe. Los elementos místicos y emocionales que dominan el alma del jacobino lo condenan a una simplificación extrema. No captando más que las relaciones superficiales de las cosas, nada le impide tomar por realidades las imágenes quiméricas que surgen en su mente. La secuencia de los hechos y sus efectos se le escapan. Nunca aparta la mirada de su sueño. No es, como vemos, de su lógica racional de donde los pecados del jacobino. Lógica racional tiene muy poca y por esta razón a menudo es muy peligroso. Allí donde un hombre más dotado dudaría o se detendría, un jacobino, que pone su débil razón al servicio de sus impulsos, avanza lleno de certeza. Así que incluso si el jacobino es un buen razonador, eso que no quiere decir que se guíe por la razón. Como se imagina conducido por ella, su misticismo y sus pasiones lo arrastran. Como todos los convencidos atrapados en el círculo de una creencia, no puede salir de ella. Verdadero teólogo combativo, se parece mucho a esos discípulos de Calvino que se describe en un capítulo anterior. Hipnotizado por su fe, nada podía doblegarlos. Todos los adversarios de sus creencias fueron considerados dignos de muerte. También ellos parecían ser razonadores poderosos. Ignorando como los jacobinos las fuerzas secretas que los arrastraban, pensaron que tenían a la razón como guía, cuando en realidad la mística y la pasión eran sus únicos amos. El jacobino realmente racionalista sería incomprensible y sólo serviría para hacer desesperar de la razón. El jacobino místico y apasionado por el contrario se entiende muy bien. Con estos tres elementos: razón muy débil, pasiones muy fuertes e intenso misticismo, tenemos los verdaderos componentes psicológicos del alma de los Jacobinos.
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miércoles, 21 de enero de 2015

Gustave Le Bon, La Revolución Francesa y la psicología de las revoluciones (1912) PARTE 1 LIBRO 2 CAPÍTULO 1


 
§ 1. — Las transformaciones de la personalidad.
 
He estudiado minuciosamente, en otra obra, la teoría de los caracteres, sin la cual es imposible entender realmente las transformaciones de la conducta en ciertos momentos, especialmente en épocas revolucionarias. Estos son los puntos principales. Cada individuo tiene, además de su mentalidad habitual, más o menos constante cuando el entorno no cambia, variados rasgos caracteriales que los acontecimientos hacen pasar a primer plano. Los seres que nos rodean son seres de ciertas circunstancias, pero no todas las circunstancias. Nuestro yo está formado por la combinación de un sinnúmero de yos “celulares”, residuos de personalidades ancestrales. Su combinación da lugar a estados de equilibrio bastante estables mientras el entorno social no cambia. Una vez que este entorno ha cambiado considerablemente, como en las épocas revolucionarias, tales equilibrios se rompen y los elementos disociados constituyen, reordenándose, una nueva personalidad que se manifiesta por ideas, sentimientos, y conductas muy diferentes a los observados anteriormente en el mismo individuo. Así, durante el Terror, vimos a honestos burgueses, a pacíficos magistrados conocidos por su clemencia, convertirse en fanáticos sedientos de sangre. Bajo la influencia del ambiente la antigua personalidad puede, por tanto, hacer sitio a otra totalmente nueva. Los actores de las grandes crisis políticas y religiosas parecen a veces, por esta razón, ser de una naturaleza diferente de la nuestra. No eran diferentes de nosotros, sin embargo. La repetición de los mismos acontecimientos haría reaparecer a los mismos hombres. Napoleón había comprendido plenamente estas posibilidades de carácter cuando dijo en Santa Helena: "Es porque sé qué parte tiene el azar en nuestras actitudes políticas por lo que siempre he sido muy indulgente y sin prejuicios acerca del lugar que cada uno había ocupado en nuestras convulsiones... En la revolución no podemos dar por cierto más que lo que se ha hecho; no sería prudente decir que no podíamos hacer otra cosa... Los hombres son difíciles de entender cuando queremos ser justos. ¿Acaso se conocen ellos mismos, se explican bien? Se trata de vicios y virtudes de circunstancia." Cuando la personalidad normal se rompe bajo la influencia de ciertos eventos, ¿cómo se forma una nueva personalidad? De varias maneras, entre las cuales la más decisiva será la adquisición de una creencia fuerte. Ella dirige todos los elementos del entendimiento como el imán dispone en curvas regulares el polvo de un metal magnético. Así se forman las personalidades observadas en los momentos de las grandes crisis: las Cruzadas, la Reforma, la Revolución…, particularmente. En periodos normales, mientras las condiciones cambian poco, no se observa más que una sola personalidad en las personas que nos rodean. Ocurre a veces, sin embargo, que tienen varias, pudiendo sustituir una a la otra en ciertas circunstancias. Estas personalidades pueden ser contradictorias e incluso opuestas. Este fenómeno, excepcional en circunstancias normales, se acentúa considerablemente en ciertos estados patológicos. La psicopatología ha observado varios ejemplos de estas personalidades en un solo sujeto, como en los casos citados por Morton Prince y Pierre Janet. En todos estos cambios de personalidad no es la inteligencia la que cambia, sino los sentimientos, cuya combinación constituye el carácter.


§ 2. — Elementos del carácter predominante en las época revolucuinarias.

Durante las revoluciones vemos desarrollarse diversos sentimientos, reprimidos por lo general, pero a los que la destrucción de los frenos sociales deja libres. Estos frenos, constituidos por los códigos, la moral y la tradición, no quedan siempre completamente rotos. Algunos sobreviven a las conmociones y en cierta medida contienen la explosión de los sentimientos peligrosos. El más poderoso de estos frenos es el carácter del pueblo. Determina la forma de ver, sentir y querer común a la mayoría de los individuos de un mismo pueblo, es una costumbre hereditaria y nada es más fuerte que el vínculo de la costumbre. La influencia del carácter del pueblo limita sus variaciones y canaliza su destino a pesar de todos los cambios superficiales. Si no se toman en consideración más que los relatos de la historia parecería que la mentalidad francesa ha cambiado enormemente a lo largo del último siglo (habla del siglo XIX). En unos pocos años se pasó de la Revolución de cesarismo, volvimos a la monarquía, luego otra revolución y a continuación a un nuevo César. En realidad, sólo la fachada de las cosas cambió. Incapaz de poner más énfasis en los límites de la variabilidad de un pueblo, ahora vamos a estudiar la influencia de ciertos elementos afectivos, cuyo desarrollo durante las revoluciones contribuye a la evolución de las personalidades individuales y colectivas. Me refiero sobre todo al odio, el miedo, la ambición, los celos, la vanidad y el entusiasmo. Su influencia se ve en los diversos trastornos de la historia, sobre todo en nuestra gran Revolución. Es esta, por encima de todo, la que nos proporcionará los ejemplos.
El odio. - El odio del que estuvieron henchidos los hombres de la Revolución Francesa, odio contra las personas, las instituciones y las cosas, es una de las manifestaciones afectivas que más impresiona cuando se estudia su psicología. No sólo odiaban a sus enemigos, sino a los miembros de su propio partido. "Si se aceptaran sin reservas", dijo recientemente un escritor, "los juicios que expresaron los unos de los otros, no habría habido entre ellos sino traidores, incapaces, fanfarrones, vendidos, asesinos y tiranos." Se conoce con qué odio, apenas aplacado por la muerte de sus adversarios, se persiguieron los girondinos, los dantonistas, los hebertistas, los robespierristas, etc. Una de las principales causas de este sentimiento es que estos sectarios furiosos, siendo apóstoles poseedores de la verdad pura, no podían, al igual que todos los creyentes, tolerar la visión de los infieles.  Una certeza mística o sentimental, acompañada siempre de la necesidad de imponerse, ajena a cualquier duda, no se detendrá ante la carnicería, cuando tenga el poder. Si el odio entre los hombres de la Revolución hubiera tenido un origen racional, habría durado poco tiempo, pero como procedía de factores místicos y emocionales era incapaz de perdonar.  Sus fuentes fueron las mismas en todos los partidos y se manifestaron en todos con la misma violencia. Se demostró mediante documentos específico que los girondinos eran no menos sanguinario de los montañeses. Fueron los primeros en declarar, con Petion, que los vencidos debían perecer. Intentaron también, según M. Aulard, justificar las masacres de septiembre. El terror no debe ser considerado como una simple defensa, sino como el método general de destrucción del que siempre han hecho uso los creyentes triunfantes contra sus odiados enemigos. Los hombres que mejor soportan las diferencias de opinión no pueden tolerar las diferencias de creencias. En las luchas políticas y religiosas el perdedor no puede esperar cuartel. Desde Sylla degollando a doscientos senadores y cinco o seis mil romanos, a los vencedores de la Comuna que fusilaron o ametrallaron a más de veinte mil prisioneros después de su victoria, esta sanguinaria ley siempre se ha cumplido. Constatada en el pasado, así será probablemente también en el futuro. Los odios de la Revolución no tuvieron su origen único en las diferencias de creencias. Otros sentimientos de celos, ambición y orgullo los engendraron también. Ayudaron a exagerar el odio entre las personas de diferentes partidos. La rivalidad de las personas que aspiran a la dominación llevó sucesivamente al patíbulo a los jefes de los distintos grupos. Debe tenerse en cuenta también que la tendencia a la constitución de sectas y el odio resultante parecen ser componentes del alma latina.  Fue eso lo que costó la independencia a nuestros antepasados galos y llamó la atención de César en su momento: "No hay ciudad”, dijo, “que no se divida en dos facciones; ningún distrito, aldea o casa, donde no sople el espíritu partidista; era raro que pasara un años sin una ciudad se alzara en armas para para atacar o rechazar a sus vecinos." El hombre ha penetrado desde hace muy poco tiempo en la era del conocimiento y siempre está guiado por los sentimientos y creencias, de donde el enorme papel que el odio ha jugado en su historia. El comandante Colin, profesor de la Escuela Superior de Guerra, señaló en los siguientes términos la importancia de este sentimiento durante ciertas guerras: “En la guerra, más que en todo lo demás, no hay mejor inspiración que el odio; es el odio lo que hizo triunfar a Blücher  sobre Napoleón. Analicemos las más hábiles maniobras, las más decisivas operaciones y, si no son obra de un hombre excepcional, Federico o Napoleón, nos daremos cuenta de que estaban inspiradas más por la pasión que por cálculo.” ¿Cómo habría sido la guerra de 1870 sin odio que nos tenían los alemanes? El autor podría haber añadido que el intenso odio de los japoneses contra los rusos, que lo habían humillado en tantas ocasiones, puede ser mencionado entre las causas de su éxito. Los soldados rusos, que incluso ignoraban la existencia de los japoneses, no tenían ninguna animosidad contra ellos, y esa fue una de las razones por su debilidad. Sin duda hay mucho que hablar acerca de la fraternidad en el momento de la Revolución, aún más se habla hoy de ello. El humanitarismo, el pacifismo, la solidaridad se convirtieron en lemas de los partidos extremistas, pero sabemos cuánto de profundo es el odio que se oculta detrás de estas palabras y de qué amenazas la sociedad actual es objeto.


El miedo. - El miedo juega un papel casi tan importante como el odio en las revoluciones. En la nuestra (la gran Revolución Francesa), ha habido un grandes muestras de coraje individual y muchas de miedo colectivo. Frente al cadalso los convencionales eran siempre muy valientes, pero ante las amenazas de los manifestantes que invadían la asamblea, mostraron siempre una gran pusilanimidad, satisfaciendo las exigencias más absurdas, como veremos al resumir la historia de las asambleas revolucionarias. Todas las formas dl miedo pudieron observarse en aquella época. Una de las más difundidas fue el miedo a parecer moderado. Miembros de las asambleas, fiscales, representantes en misión, jueces de los tribunales revolucionarios, etc., todos rivalizaban con sus rivales por parecer más extremistas. El miedo fue uno de los principales elementos de los crímenes cometidos en aquella época. Si por algún milagro se hubiera podido eliminar el miedo de las asambleas revolucionarias, su conducta habría sido diferente y la Revolución, por lo tanto, se habría orientado de muy otra manera.
La ambición, la envidia, la vanidad, etc. – En tiempos normales la influencia de estos elementos afectivos es reprimida más o menos eficazmente por las mismas exigencias de la estabilidad social. La ambición, por ejemplo, necesariamente está limitada en una sociedad jerárquica. Si el soldado a veces se convierte en general, ello sólo será después de periodo largo. En tiempos de revolución, por el contrario, no hay necesidad de esperar. Cada uno puede casi instantáneamente llegar a los primeros lugares; todas las ambiciones son violentamente excitadas. Los más humildes se estiman aptos para ocupar los más altos cargos y, por eso mismo, su vanidad se exagera desmesuradamente. Como todas las pasiones se potencian las unas a las otras, junto a la ambición y la vanidad también se desarrollan la envidia contra de aquellos que han tenido éxito más rápidamente. Este papel de la envidia, que siempre es importante durante los períodos revolucionarios, lo fue especialmente durante nuestra gran Revolución. La envidia contra la nobleza constituye uno de los factores más importantes. La burguesía poseía capacidad y de riqueza al punto de superar a la nobleza. Aunque se mezclaban cada vez más, la burguesía se sentía, sin embargo, mantenida aparte y sentía un vivo resentimiento. Este estado de ánimo había transformado inconscientemente a los burgueses en partidarios ardientes de las doctrinas filosóficas que predicaban la igualdad. El orgullo herido y la envidia fueron pues las causas del odio que hoy en día nos cuesta entender, ya que la influencia social de la nobleza en nuestros tiempos es nula. Numerosos convencionales, Carrier, Marat, etc., recordaban con irritación haber ocupado posiciones subordinadas entre los nobles. Mme. Roland nunca pudo olvidar que habiendo sido invitada con su madre en casa de una gran dama, bajo el antiguo régimen, fueron enviadas a cenar de cocina. El filósofo Rivarol señaló muy bien, en el siguiente pasaje citado por Taine, la influencia de orgullo herido y la envidia en los odios revolucionarios: "no fueron ni los impuestos ni las órdenes reservadas ni cualquier otro abuso de autoridad", escribió, "sino que fueron mucho más las vejaciones de los intendentes y la ruinosa duración de los procesos judiciales lo que más irritó a la nación; fueron los prejuicios de la nobleza lo que suscitó el odio más violento; lo que por supuesto lo prueba es que fue la clase media, los hombres de letras, la gente de las finanzas y, finalmente, todos los que envidiaban a la nobleza, los que levantaron contra ella a la gente común de las ciudades y a los campesinos del campo." Estas consideraciones tan exacta justifican en parte la frase de Napoleón "La vanidad hizo la Revolución, la libertad fue el pretexto."
El entusiasmo. - El entusiasmo de los fundadores de la Revolución igualó la de los propagadores de la fe de Mahoma. De hecho y por encima de todo fue una religión lo que los ciudadanos de la Primera Asamblea creían estar fundando. Se imaginaban destruyendo un viejo mundo y construyendo sobre sus ruinas una civilización diferente. Nunca ilusión tan seductora inflamó los corazones de los hombres. La igualdad y la fraternidad proclamada por los nuevos dogmas daría lugar a la felicidad eterna entre todos los pueblos. Se había roto para siempre con una historia de la barbarie y oscuridad. El mundo regenerado sería iluminado en el futuro por las luces radiantes de la pura razón. Las más brillantes fórmulas oratorias saludaron por todas partes el amanecer entrevisto. Si este entusiasmo fue de súbito reemplazado por la violencia fue porque el despertar llegó de forma rápida y terrible. Se concibe fácilmente la furia indignada con que los apóstoles de la revolución se alzaron contra los obstáculos diarios que se oponían a la realización de sus sueños. Habían querido rechazar el pasado, olvidar las tradiciones, construir nuevos hombres. Pero el pasado reaparecía constantemente y los hombres se negaron a cambiar. Los reformadores detenidos en su marcha se negaron a ceder. Trataron de imponer por la fuerza una dictadura que rápidamente muy pronto hizo echar de menos al régimen derrocado y finalmente lo trajo de vuelta. Cabe señalar que aunque el entusiasmo de los primeros días no duró en las asambleas revolucionarias, se perpetuó mucho más tiempo en el ejército e fue su principal fortaleza. De hecho los ejércitos de la Revolución fueron republicanos mucho antes que lo fuera Francia y permaneció republicano mucho después de que dejara de serlo.

Las variaciones del carácter examinadas en este capítulo, al estar condicionadas por ciertas aspiraciones comunes y cambios idénticos en el entorno, se materializaron con el tiempo en un pequeño número de mentalidades bastante homogéneas. Considerando sólo las más características las clasificaremos en cuatro tipos: mentalidad jacobina, mentalidad mística, mentalidad revolucionaria y mentalidad criminal.