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lunes, 16 de febrero de 2015

La Guerra de los chimpancés de Gombe (Gombe Chimpanzee War). Jane Goodall

Del buen salvaje al
buen revolucionario.

La Guerra de los chimpancés de Gombe (también conocida como la "Guerra de Cuatro Años" de Gombe), que duró desde 1974 hasta 1978, fue un conflicto violento entre dos comunidades de chimpancés en el Parque Nacional de Gombe Stream, en Tanzania. Los grupos beligerantes fueron el Kasakela y el Kahama, que ocupaban los territorios de las zonas norte y sur del parque respectivamente. Los dos habían constituido anteriormente una sola manada, pero en 1974 la investigadora Jane Goodall, que había estado observando a la comunidad, anotó que los chimpancés se dividieron en dos subgrupos, el del norte y el del sur. Análisis posteriores, asistidos por ordenador, de las notas de Goodall revelan que la brecha social entre los dos grupos se empezó a manifestar ya en 1971. El grupo Kahama, en el sur, estaba integrado por seis varones adultos (entre ellos los chimpancés conocidos por Goodall como "Hugh","Charlie", y "Goliath"), tres hembras adultas y sus crías y un macho adolescente (conocido como "Sniff"). El grupo Kasakela, más grande, comprendía doce hembras adultas y sus crías y ocho machos adultos. El primer brote de violencia se produjo el 7 de enero de 1974, cuando un grupo de seis adultos Kasakela machos atacaron y asesinaron a "Godi", un joven varón Kahama que había estado comiendo en un árbol. Esta fue la primera vez que se observó a chimpancés matar deliberadamente a otro chimpancé. Durante los próximos cuatro años, los seis miembros varones adultos Kahama fueron asesinados por los Kasakela. De las hembras Kahama una fue asesinada, dos desaparecieron y de las crías tres fueron golpeadas, violadas y secuestradas por los Kasakela. Los Kasakela se apropiaron entonces del territorio de los Kahama. Estas ganancias territoriales no fueron permanentes, sin embargo. Con los Kahama desaparecidos, el territorio de los Kasakela fue atacado por otra comunidad chimpancé, llamada Kalande. Intimidados por los Kalande, superiores en número y fuerza, los Kasakela cedieron rápidamente gran parte de su nuevo territorio, después de algunas escaramuzas violentas a lo largo de la frontera que los separaba. El estallido de la guerra inquietó mucho a Goodall, que había considerado que, aunque los chimpancés eran, en cierto modo, “parecidos a humanos”, su comportamiento recíproco era 'más civilizado'. Junto con la observación en 1975 de un caso de infanticidio caníbal por parte de una hembra de alto rango en la comunidad de simios, la violencia de la guerra de Gombe reveló por primera vez a Goodall el "lado oscuro" de la conducta de estos animales. Goodall quedó profundamente perturbada por esta revelación; en su libro de memorias “Through a Window: My Thirty Years with the Chimpanzees of Gombe” escribió: “Durante varios años he luchado para aceptar este nuevo conocimiento. A menudo, cuando me despertaba por la noche, terribles imágenes surgían espontáneamente a mi mente: veía a Satan [uno de los simios] ahuecando la mano por debajo de la barbilla de Sniff para beber la sangre que brotaba de una gran herida en su rostro; el viejo Rodolf, por lo general tan benigno, de pie, en posición vertical, para lanzar una piedra de cuatro libras contra el cuerpo postrado de Godi; Jomeo arrancando una tira de piel del muslo de Dé; Figan arremetiendo y golpeando una y otra vez el cuerpo herido y tembloroso de Goliath, uno de sus amigos de la infancia... Cuando Goodall informó sobre lo acaecido durante la Guerra de Gombe su relato de una guerra natural entre chimpancés apenas si fue creído. En ese momento los modelos científicos de las conductas animal y humana prácticamente nunca se comparaban. Algunos científicos la acusaron de antropomorfismo excesivo; otros sugirieron que su presencia y su costumbre de alimentar los chimpancés habían creado conflictos violentos en una sociedad naturalmente pacífica. Sin embargo más tarde investigaciones utilizando métodos menos intrusivos confirmaron que las sociedades de chimpancés en estado natural pueden y tienen que ir a la guerra.

Jane Goodall y un asesino

jueves, 5 de febrero de 2015

Gustave Le Bon, La Revolución Francesa y la psicología de las revoluciones (1912) PARTE 1 LIBRO 1 CAPÍTULO 3

Primera parte: Los elementos psicológicos de los movimientos revolucionarios
Libro I: Características generales de las revoluciones
Capítulo III El papel de los gobiernos en las revoluciones

 § 1. - Baja resistencia de los gobiernos en las revoluciones.


 Muchas naciones modernas, Francia, España, Bélgica, Italia, Austria, Polonia, Japón, Turquía, Portugal, etc., han sufrido durante el último siglo revoluciones. Se han caracterizado principalmente por su inmediatez y la facilidad con la que fueron derrocados los gobiernos atacados.  La inmediatez se explica bastante bien por la rapidez de contagio mental debido a los métodos de la publicidad moderna. La baja resistencia de los gobiernos es más sorprendente. Implica en ellos una completa incapacidad para entender o predecir cualquiercosa, provocada por una ciega confianza en su fuerza.  La facilidad con la que los gobiernos caen no es nada nueva. Se ha visto más de una vez no sólo en los regímenes autocráticos, siempre derrocados por conspiraciones de palacio, sino también en los gobiernos plenamente informados por la prensa y sus agentes sobre el estado de la opinión pública.  Entre estos súbitos derrumbamientos, uno de los más llamativos es el que siguió a la  Ordenanzas de Carlos X. Este monarca fue, como sabemos, derrocado en cuatro días. Su ministro Polignac no había tomado ninguna medida de defensa y el rey se sentía tan tranquilo en París que se había marchado de cacería. El ejército no era hostil, como en la época de Luis XVI, pero la tropa, mal dirigida, se disolvió antes de los ataques de algunos insurgentes.  El derrocamiento de Luis Felipe fue aún más típico, ya que no se puede atribuir a ningún acto arbitrario del soberano. Este monarca no estaba rodeado por el odio que finalmente envolvió a Carlos X y su caída fue el resultado de un motín insignificante muy fácil suprimir. Los historiadores, que no entendían cómo un gobierno bien constituido, con el apoyo de un ejército imponente, podía ser derrocado por unos alborotadores, naturalmente atribuyeron a causas profundas de la caída de Luis Felipe. En realidad la incapacidad del general a cargo de la defensa fue la verdadera razón. Este caso es uno de los más instructivos que se puedan concebir y merece dedicarle especial atención. Ha sido perfectamente estudiado por el General Bonnal, de acuerdo con las notas de un testigo ocular, el general Elchingen. Había en aquellos momentos 36.000 soldados en París, pero la incapacidad y debilidad de sus mandos impidieron emplear esa fuerza. Las contraórdenes se siguieron unas a otras y, finalmente, se prohibió hacer fuego contra los rebeldes, permitiendo además a la multitud mezclarse con los soldados, siendo así que ello es peligrosísimo. El motín luego triunfó sin lucha y obligó al rey a abdicar. Aplicando al caso anterior nuestra investigación sobre la psicología de las masas el general Bonnal muestra cómo los disturbios que derrocaron a Luis Felipe podrían haber sido fácilmente dominados. Se señala en particular que si los jefes no hubieran perdido completamente la cabeza, una pequeña tropa habría impedido a los insurgentes la invasión de la Cámara de Diputados. Esta última, compuesta por monárquicos, habría proclamado ciertamente rey al conde de París, bajo la regencia de su madre. Fenómenos similares se produjeron en las revoluciones de las que fueron teatro España y Portugal. Estos hechos demuestran el papel de las pequeñas circunstancias aparentemente secundarias en los grandes acontecimientos y muestran que no se debe hablar demasiado a la ligera de leyes generales de la historia. Sin la revuelta que derrocó a Luis Felipe, probablemente nunca hubiéramos tenido ni la República de 1848, ni el Segundo Imperio, ni Sedan, ni la invasión, ni la pérdida de Alsacia. En las revoluciones de las que he hablado el ejército no sirvió de ayuda a los gobiernos, pero tampoco se volvió contra ellos. A veces sucede lo contrario. A menudo es el ejército el que hace las revoluciones, como fue el caso en Portugal y Turquía. También son militares las innumerables revoluciones en las repúblicas de América latinas. Cuando los militares hacen una revolución, el gobierno cae naturalmente en sus manos. He llamado ya la atención más arriba sobre que ese era el caso al final del Imperio Romano, cuando los emperadores eran derrocados por los soldados. El mismo fenómeno se observa a veces en los tiempos modernos. El siguiente extracto de un periódico, acerca de la revolución griega muestra en qué se convierte en un gobierno dominado por su ejército. "Un día se anunció que ochenta oficiales navales iban a dimitir si el gobierno no mandaba al retiro a los mandos repudiados por ellos. Otro día fueron los trabajadores agrícolas de una granja perteneciente al príncipe real los que reclamaron el reparto de la tierra. La marina protestó contra el ascenso prometido al coronel Zorbas. El Coronel Zorbas, tras una semana de negociaciones con el teniente Typaldos, negoció de poder a poder con el Presidente del Consejo. Mientras tanto la federación de sindicatos censuró a oficiales de la armada. Un miembro pidió que estos oficiales y sus familias fueran tratados como bandidos. Cuando el comandante Miaoulis disparó sobre los rebeldes, los marineros, que primero habían obedecido a Typaldos, volvieron a la obediencia de sus mandos. Esta ya no es la armoniosa Grecia de Pericles y Temístocles. Es un campo de Agramante horrible. " Una revolución no se puede hacer sin el apoyo o al menos la neutralidad del ejército, pero sucede más a menudo que el movimiento se inicia fuera de él. Este fue el caso de las revoluciones de 1830, de 1848 y de la de 1870, que derrocó al Imperio después de la humillación experimentada por Francia a causa de la capitulación de Sedán. La mayoría de las revoluciones estallan en las capitales y se propagan por contagio a todo el país, pero no es una regla constante. Se sabe que durante la Revolución Francesa, la Vendée, Bretaña y el Midi se sublevaron espontáneamente contra París.

martes, 3 de febrero de 2015

Gustave Le Bon, La Revolución Francesa y la psicología de las revoluciones (1912) PARTE 1 LIBRO 1 CAPÍTULO 2


Primera parte: Los elementos psicológicos de los movimientos revolucionarios
 Libro I: Características generales de las revoluciones
 Capítulo II Revoluciones religiosas

 § 1. - La importancia del estudio de una revolución religiosa en la comprensión de las grandes revoluciones políticas.

Parte de este trabajo se dedicará a la Revolución francesa. Está llena de violencia que, naturalmente, tiene sus causas psicológicas. Estos eventos excepcionales siempre llenan de asombro e incluso parecen inexplicables. Sin embargo se vuelven comprensibles si se considera que la Revolución Francesa, que se constituyó en una nueva religión, obedeció las leyes de la propagación de todas las creencias. Su furia y sus hecatombes se vuelven muy inteligibles. Mediante el estudio de la historia de una gran revolución religiosa, la Reforma, veremos que muchos de los elementos psicológicos que se manifestaron allí también actuaron durante la Revolución Francesa. En una y otra se constantan la escasa influencia del valor racional de una creencia sobre su propagación, la ineficacia de la persecución, la imposibilidad de la tolerancia entre las creencias contrarias, la violencia y las luchas desesperadas resultante de los conflictos en los diversos momentos. Se observa también el aprovechamiento de una creencia por intereses muy ajenos a esa creencia. Por último vemos que es imposible cambiar las convicciones de los hombres sin modificar también su existencia. Constatados estos fenómenos quedará claro por qué el evangelio de la Revolución se extendió por los mismos métodos que los evangelios religiosos, el de Calvino en particular. No podría haberse de otro modo. Pero si hay analogías entre la génesis de una revolución religiosa, tal como la Reforma, y una gran revolución política como la nuestra, sus orígenes lejanos son muy diferentes y esto explica su desigual duración. En las revoluciones religiosas ninguna experiencia puede revelar a los fieles que estaban equivocados, ya que tendrían que viajar al cielo para averiguarlo. En las revoluciones políticas se experiementa más rápidamente el error de las doctrinas y eso obligó a abandonarlas. De este modo, al final del Directorio, la aplicación de las creencias jacobinas había llevado a Francia a un grado tal de ruina, miseria y desesperación que incluso los más salvajes jacobinos tuvieron que renunciar a su sistema. Sobrevivieron sólo algunas de sus teorías no comprobables por la experiencia, como la felicidad universal que la igualdad haría reinar entre los hombres.

§ 2. - Los inicios de la Reforma y sus primeros seguidores.

 La Reforma acabó ejerciendo una profunda influencia en los sentimientos y las ideas morales de muchos hombres. Menos ambiciosa en sus inicios, empezó como una simple lucha contra los abusos del clero, y desde el punto de vista práctico buscaba la vuelta a las exigencias del Evangelio. Nunca constituyó, en cualquier caso, como se ha afirmado, una aspiración a la libertad de pensamiento. Calvino era tan intolerante como Robespierre y todos los teóricos de la época creían que la religión de los individuos tenía que ser la del príncipe que los gobernaba. En todos los países donde triunfó de hecho la Reforma, el rey sustituyó al Papa romano, con los mismos derechos y el mismo poder. La falta de publicidad y las comunicaciones hizo que la nueva fe se transmitiera al principio de forma relativamente lenta en Francia. Fue alrededor de 1520 cuando Luthero reclutó algunos seguidores y sólo alrededor de 1535 la creencia se extendió lo suficiente para que pudiera juzgarse necesario quemar a sus discípulos. De acuerdo con una ley psicológica conocida, las ejecuciones no hicieron más que promover la difusión de la Reforma. Entre sus primeros fieles había sacerdotes y magistrados, pero predominaban con mucho los artesanos modestos. La conversión tuvo lugar casi exclusivamente por contagio mental y sugestión. Una vez que una nueva creencia se extiende, vemos agruparse a su alrededor grupos numerosos de hombres indiferentes a la creencia, pero que encuentran en ella excusas para desatar sus pasiones y deseos. Este fenómeno se observó en los primeros momentos de la Reforma en varios países, como Alemania e Inglaterra. Lutero enseñó que el clero que no necesitaba riquezas; los señores alemanes encontraron excelente una religión que les permitía apoderarse de las propiedades de la Iglesia. Enrique VIII se enriqueció de esa manera. Los gobernantes, frecuentemente molestados por los papas, en términos generales no podían ver sino con ojos favorables una doctrina que añadía a su poder político el poder religioso, haciendo cada uno de ellos un papa. Por tanto lejos de disminuir el absolutismo de los señores la Reforma lo exaltó.

§ 3. - Valor racional de las doctrinas de la Reforma.

La Reforma trastornó Europa y casi arruinó a Francia, que se transformó durante cincuenta años en un campo de batalla. Nunca causas tan insignificantes desde el punto de vista racional produjeron efectos tan catastróficos. Es una de las innumerables pruebas que demuestran que las creencias se propagan sin ninguna razón. Las doctrinas teológicas que entonces levantaron tan violentamente las almas, especialmente las de Calvino, son desde el punto de vista de la lógica racional indignas de consideración. Muy preocupado por su salvación, dominado por un miedo al diablo que su confesor no podía aplacar, Lutero buscó las maneras más seguras para agradar a Dios a fin evitar el infierno. Después de negarle inicialmente al Papa el derecho a vender indulgencias, le negó totalmente cualquier autoridad, así como a la misma Iglesia, condenó las ceremonias religiosas, la confesión, la adoración de los santos y declaró que los cristianos no debían tener ninguna otra regla de conducta sino la Biblia. Consideró, además que uno sólo podía salvarse por la gracia de Dios. Esta última teoría, llamada predestinación, un poco incierta todavía en Lutero, fue precisada por Calvino, quien hizo de ella el mismo fundamento de su doctrina, a la que la mayoría de los protestantes todavía siguen. Según él "desde toda la eternidad Dios predestinó a algunos hombres a ser quemados y a otros a la salvación." ¿Por qué esta iniquidad monstruosa? simplemente porque "es la voluntad de Dios." Así según Calvino, que no hizo sino desarrollar determinadas afirmaciones de San Agustín, ¡un Dios todopoderoso se divertía crando criaturas, sólo para enviarlas a arder por toda la eternidad, independientemente de sus acciones y sus méritos! Es extraordinario  que locura tan repugnante haya podido subyugar a las almas por mucho tiempo y siga cautivando a muchos. La psicología de Calvino no es ajena a la de Robespierre. Propietario, como este último, de la verdad pura, envió a la muerte a los que no compartían sus doctrinas. Dios, aseguró, quiere "que se olvide todo humanitarismo cuando se trata de luchar por su gloria." El caso de Calvino y sus discípulos muestra que las cosas racionalmente más contradictorias se concilian a la perfección en los cerebros hipnotizados por una creencia. A los ojos de la lógica racional parece imposible establecer una teoría moral como la de la predestinación, tal que los hombres, hagan lo que hagan, están seguros de ser salvados o condenados. Sin embargo Calvino no tuvo problemas para crear una severa moral sobre una base totalmente ilógica. Teniéndose a sí mismos por los elegidos de Dios, sus seguidores estaban tan hinchados por la conciencia de su dignidad que se creían con derecho servir como modelos por su conducta.

§ 4. - Propagación de la Reforma.

 La nueva fe no se propagó no por discursos y mucho menos por razonamientos, sino por el mecanismo descrito en nuestro trabajo anterior, es decir, bajo la influencia de la afirmación, la repetición, el contagio mental y el prestigio. Las ideas revolucionarias se extendieron más tarde en Francia de la misma manera. La persecución, como ya dijimos, sólo sirvieron para alentar a su extensión. Cada ejecución trajo nuevas conversiones, como se observó en los primeros siglos del cristianismo. Anne Dubourg, consejero del Parlamento, condenado a ser quemado vivo, se acercó a la hoguera exhortando a la multitud a convertirse. "Su constancia, según un testigo, hizo más protestantes entre los jóvenes escolares que los libros de Calvin." Para evitar que los condenados se dirigieran al pueblo se les cortaba lengua antes de quemarlos. El horror del suplicio se incrementaba sujetando a las víctimas con una cadena de hierro que permitía introducirlos en el fuego y retirarlos de él aún vivos reiteradamente. Nada, sin embargo, llevó a los protestantes a retractarse, incluso cuando se les ofreció amnistiarlos después de arrastrarlos una primera vez a la hoguera. En 1535 Francisco I abandonó su tolerancia inicial tolerancia y ordenó encender simultáneamente seis hogueras en París. La Convención se limitó, como sabemos, a sólo una guillotina en la ciudad. Es probable por lo demás que el castigo no fuera tan doloroso. Ya sabíamos de la falta de sensibilidad de los mártires cristianos. Los creyentes están hipnotizados por su fe y ahora sabemos que algunas formas de hipnotismo engendran insensibilidad completa. La nueva fe progresó rápidamente. En 1560, había 2.000 iglesias reformadas en Francia y muchos señores, primero bastante indiferentes, se adhirieron a la doctrina.

§ 5. - El conflicto entre las diferentes creencias religiosas. Imposibilidad de tolerancia.

Ya he repetido que la intolerancia siempre acompaña a las fuertes creencias. Las revoluciones políticas y religiosas ofrecen amplia evidencia y nos muestran también que la intolerancia entre seguidores religiones vecinas es mucho mayor que entre los sectarios de creencias remotas, el Islam y el cristianismo, por ejemplo. Si tenemos en cuenta, de hecho, las creencias desgarraron a Francia durante tanto tiempo, se observará que diferían sólo en puntos accesorios. Católicos y protestantes adoraban exactamente el mismo Dios y sólo diferían en la manera de adorarlo. Si la razón hubiera jugado algún papel en el desarrollo de sus creencias, habría demostrado fácilmente que tal Dios tendría que ser bastante indiferente a ser adorado de una u otra manera. La razón no podía influir en la mente de los protestantes y de los católicos convencidos y la lucha continuó con ferocidad. Cada intento del soberano para tratar de conciliarlas fue en vano. Catalina de Médicis, viendo todos los días al partido reformado crecer, a pesar de las torturas, y atraer a sí un número creciente de nobles y magistrados, imaginó para desarmarlos convocar en Poissy, en 1561, una asamblea de obispos y pastores con el fin de fusionar las dos doctrinas. Esta empresa mostró cómo, a pesar de su sutileza, la reina no conocía las leyes de la lógica mística. No se podría citar el ejemplo de una sola creencia refutada por via racional. Catalina de Médicis no sabía aún que si la tolerancia y la argumentación son posibles entre los individuos, son impracticables entre los colectivos. Su intento fracasó por completo. Los teólogos reunidos se lanzaron unos a otros a la cabeza textos e injurias, pero ninguno fue persuadido en nada. Catalina pensó entonces que sería mejor promulgar el año 1562 un edicto concediendo a los protestantes el derecho de reunirse para celebrar públicamente su culto. Esta tolerancia, muy recomendable desde el punto de vista filosófico, pero políticamente imprudente, no tuvo otro resultado que exasperar a las dos partes. En el sur, donde los protestantes eran más fuertes, persiguieron a los católicos, tratando de convertirlos por la violencia, degollándolos en caso de no tener éxito, y saqueando sus catedrales. En las zonas donde los católicos eran más numerosos los reformados sufrieron la misma persecución. Tal hostilidad necesariamente condujo a una guerra civil. Así nacieron las llamadas guerras de religión que durante tanto tiempo ensangrentaron a Francia. Las ciudades fueron destruidas, los habitantes masacrados y la lucha rápidamente adquirió el la caracterísitca ferocidad salvaje de los conflictos religiosos o políticos que mucho después volvimos a encontrar en las guerras de la Vendée. Los ancianos, las mujeres, los niños, todos eran asesinados. El barón de Oppede, primer presidente del Parlamento de Aix, se convirtió en modelo de matarife al asesinar durante el espacio de diez días, con refinamientos de crueldad, a 3.000 personas, destruyendo tres ciudades y 22 pueblos. Montluc digno antecesor de Carrier, hacía arrojar a los pozos calvinistas aún vivos hasta que estuvieran llenos. Los protestantes no eran menos feroces. No perdonaron las iglesias católicas y trataron las tumbas y las estatuas igual que los delegados de la Convención se ocuparon más tarde de las tumbas reales de Saint-Denis. Bajo la influencia de estas luchas Francia se desintegró poco a poco y al final del reinado de Enrique III se dividió en pequeñas repúblicas municipales, confederadas, formando pequeños Estados soberanos. El poder real se estaba desvaneciendo. Los Estados de Blois pretendían dictar su voluntad a Enrique III, huido de su capital. En 1577 el viajero Lippomano, que atravesó Francia, vio a las principales ciudades, Orleans, Blois, Tours, Poitiers, completamente devastada, catedrales e iglesias en ruinas, tumbas destrozadas, etc. Fue como el estado de Francia hacia el final del Directorio. De todos los acontecimientos de la época, el que dejó el recuerdo más siniestro, aunque no fue tal vez el más mortífero, fue la masacre de San Bartolomé en 1572, ordenada, según los historiadores, por Catherine de Medici y Carlos IX. No se necesita una psicología muy profunda para entender que ningún soberano podría haber ordenado tal evento. La masacre de San Bartolomé no fue un crimen real sino un crimen popular. Catalina de Médicis, en la creencia de que las vidas del rey y de ella misma estaban amenazadas por una conspiración que de cuatro o cinco líderes protestantes, que en aquel momento estaban en  París, ordenó matarlos en su casa, como era usual en aquella la época. La masacre que siguió está muy bien explicada por el Sr. Batiffol en los siguientes términos: "Al saberse lo que estaba pasando la noticia de que los hugonotes estaban siendo masacrados se propagó instantáneamente por todo París; señores católicos, soldados de la guardia, arqueros, gente común, todos corrieron a la calle para participar en las ejecuciones y la matanza general dio comienzo a los feroces gritos de "¡al hugonote, mátalo, mátalo!". Eran derribados, ahogados, ahorcados... Todo el que era conocido como hereje cayó allí. 2.000 personas fueron asesinadas en París." Por contagio el pueblo de provincias imitó al de París y seis u ocho mil protestantes fueron masacrados Cuando el tiempo calmó un poco las pasiones religiosas, todos los historiadores, incluso los católicos, se sintieron obligados a indignarse ante la matanza de San Bartolomé. De este modo mostraron la dificultad de comprender la mentalidad de una época con la de otra. De hecho, lejos de ser criticada,  la masacre de San Bartolomé provocó entusiasmo indescriptible en toda la Europa católica. Felipe II estaba loco de alegría con la noticia y el rey de Francia recibió más felicitaciones que si hubiera ganado una gran batalla. Pero fue el Papa Gregorio XIII quien expresó la satisfacción más grande. Encargó acuñar una medalla para conmemorar el feliz acontecimiento, hizo encender hogueras, disparar salvas de cañón, celebrar varias misas, llamó al pintor Vasari para representar a los muros del Vaticano las principales escenas de la carnicería y envió el rey de Francia un embajador para felicitarlo sinceramente por su buna acción. Con detalles históricos de esta naturaleza llegamos a entender el alma de los creyentes. Los jacobinos del Terror tenían una mentalidad bastante similar a la de Gregorio XIII. Naturalmente los protestantes no permanecieron indiferentes ante tal masacre e hicieron tales progresos que en 1576 Enrique III se vio reducido a darles, por el Edicto de Beaulieu, completa libertad de culto, ocho fortalezas y cámaras compuesta paritariamentes por católicos y hugonotes en los Parlamentos. Estas concesiones forzadas no trajeron la paz en absoluto. Se creó una liga católica con el duque de Guisa a la cabeza y las hostilidades continuaron. Sin embargo no podían durar por siempre. Sabemos cómo Enrique IV puso fin a la guerra para mucho tiempo mediante su abjuración de 1593 y el Edicto de Nantes. La lucha había disminuido, pero no se había acabado. Bajo Luis XIII los protestantes se agitaron de nuevo y Richelieu se vio obligado en 1627 a poner sitio a La Rochelle, donde 15.000 protestantes perecieron. Con más espíritu político que religioso el famoso cardenal mostró entonces una gran tolerancia hacia los reformados. Esta tolerancia no podía durar. Creencias contrarias no se quedan una en presencia de la otra sin tratar de destruirse tan pronto como una se siente capaz de dominar a la otra. Bajo Luis XIV los protestantes se habían debilitado mucho, habían renunciado a cualquier alzamiento y vivían en paz. Su número era de aproximadamente 1.200.000 y tenía más de 600 iglesias atendidas por 700 pastores. La presencia de estos herejes en suelo francés era intolerable para el clero católico y ensayaron diversas persecuciones contra ellos. Como obtuvieron pocos resultados Louis XIV recurrió en 1685 a las dragonadas, que condujeron a la muerte a muchos protestantes, pero ni así obtuvo el éxito apetecido. Tuvo emplear medidas definitivas. Bajo la presión del clero, incluyendo a Bossuet, el Edicto de Nantes fue revocado y los protestantes obligados a convertirse o abandonar Francia. Esta emigración desastrosa duró mucho tiempo e hizo perder a Francia, se calcula, cuatrocientos mil habitantes, hombres muy enérgicos, puesto que tuvieron el coraje de seguir su conciencia en vez de sus intereses.

§ 6. - Los resultados de las revoluciones religiosas.

Si sólo consideramos revoluciones religiosas por la siniestra historia de la Reforma nos veríamos obligados a considerarlas como muy destructivas. Pero no todas jugaron ese papel y hay que señalar  que la obra civilizadora de algunas fue considerable. Al dar a la gente la unidad moral, aumentaron en gran medida su poder material. Esto se ve particularmente en el caso de la nueva fe introducida por Mahoma, que convirtió en un pueblo formidable a las pequeñas y débiles tribus de Arabia. La nueva creencia religiosa no se limita a homogeneizar a la población. Se consigue un resultado que ninguna filosofía ni código de leyes ha obtenido jamás, y que es transformar sustancialmente una cosa casi intransformable: los sentimientos de un pueblo. Se pudo constatar en el caso de la más poderosa de las revoluciones religiosas registradas en la historia; la que destruyó el paganismo y lo sustituyó por un Dios llegado de las llanuras de Galilea. El nuevo ideal exigía la renuncia a todas las alegrías de la vida para ganar la felicidad eterna del cielo. Sin duda ese ideal fue fácil de aceptar por los esclavos, los pobres, los desposeídos carentes de alegría en este mundo, a los que se ofreció un futuro encantador a cambio de una vida sin esperanza. Pero la existencia austera fácilmente aceptado por los pobres lo fue también por los ricos. En esto se vio particularmente el poder de la nueva fe. No sólo la revolución cristiana transformó las costumbres, sino también ejerció durante 2.000 años una gran influencia en la civilización. En cuanto una fe religiosa triunfa todos los elementos de la civilización se adaptan a ella de forma natural y pronto toda la civilización se encuentran transformada. Los escritores, poetas, artistas y filósofos no hace sino expresar de forma simbólica en sus obras las ideas de la nueva creencia. Cuando cualquier fe religiosa o política triunfa, no sólo la razón es impotente frente a ella, sino que siempre encuentra argumentos para interpretarla, justificarla y tratar de imponerla. En su momento había probablemente tantos predicadores y teólogos de Moloch, demostrando la utilidad de los sacrificios humanos, como los hubo luego para glorificar la Inquisición, la matanza de San Bartolomé y las masacres del Terror. No se pueden tener demasiadas esperanzas de encontrar pueblos con unas creencias fuertes que sean capaces de vivir en régimen de tolerancia. Los únicos que lo consiguieron en el mundo antiguo fueron politeístas. Las naciones que practican la tolerancia en tiempos modernos son también podrían llamarse politeístas, ya que, como en Inglaterra y Estados Unidos, se dividen en innumerables sectas religiosas. Bajo nombres idénticos en realidad son adeptos de dioses muy diferentes. La multiplicidad de creencias que da lugar a la tolerancia también termina dando lugar a la debilidad de tales creencias. Estamos por lo tanto en presencia de un problema psicológico sin resolver hasta el momento: tener una creencia fuerte y ser tolerante. El breve análisis anterior ha demostrado el importante papel desempeñado por las revoluciones religiosas y ha mostrado el poder de las creencias. A pesar de su escaso valor racional, conducen la historia y evitan que el pueblo sea una multitud de individuos sin cohesión y sin fuerza. El hombre ha tenido necesidad de las creencias de todos los tiempos para orientar sus pensamientos y guiar su conducta. Ninguna filosofía ha sido capaz de reemplazarlas.