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miércoles, 3 de junio de 2015

Entrevista a Antonio Escohotado, por Luis Balcarce, realizada el 16 de octubre de 2013 para Periodista Digital.


L. B.: Es raro encontrar a un pensador que esté a gusto analizando la realidad y no se deje llevar por el sueño, por lo onírico, por lo utópico, por el ideal…

A. E.: Es cierto y, además, cuanto más me he ido haciendo mayor, pues más he querido la realidad frente a la fantasía, más intensidad ha cobrado aquella…, el adagio latino que dice “amor veritas”. Amar la verdad es amar la cosa y la cosa es la cosa determinada, azarosa, rugosa, no alisada por las operaciones simbólicas que la regularizan.

L. B.: Pero los intelectuales suelen huir de la realidad dura, áspera, que implica esfuerzo, paciencia, trabajo…

A. E.: Ahí hay un elemento de diligencia y de entusiasmo en el esfuerzo que no está dado a todos, pero eso, por ejemplo, nos lleva al espíritu profesional. El espíritu profesional es una criatura relativamente reciente, de la cual vive el mundo, el mundo próspero.

L. B.: ¿Qué faltaba por explicar del comunismo?

A. E.: Faltaba conocer la historia entera, sin lagunas, sin sesgos, sin malentendidos. Por ejemplo, la plusvalía es un malentendido. No es simplemente un concepto equivocado, no, es un malentendido. No voy a entrar en eso porque ya entra detalladamente el libro. ¿Sesgos? Nuestra historia está sometida al sesgo del partidismo como ninguna otra historia de ningún otro fenómeno de la humanidad. ¿Lagunas? Por todas partes. Para empezar, los comunistas empiezan siendo una secta ebionita, pobrista, cuya gran figura es, después del profeta Daniel, el primo hermano de Jesús, Juan Bautista, y tiene un tremendo desarrollo en la antigüedad, pero estos no quieren tener ninguna relación con el llamado comunismo científico, que aparece a mediados del siglo XIX. Avergonzándose los unos de los otros, lo que hacen es que la historia quede separada, como si dijeran algo distinto y, en realidad, dicen exactamente lo mismo. Vamos a precisarlo. La propiedad es un robo y el comercio es su instrumento. Por eso se llama este libro “Los enemigos del comercio”. Porque el método no es nada más que ir a cada una de las personas que ha dicho esto y contextualizarla. Es decir, quién era su padre, su madre, dónde vivía, de qué vivía.

L. B.: ¿Por qué el odio al comercio fascina tanto a los intelectuales?

A. E.: Porque el comercio es la alternativa a la fe y a la conquista. Porque el comercio es jurídica, y el derecho de conquista, aunque se llame derecho, es la violación de cualquier noción de ley, de magistrado y de ciudadanía. Entonces, por una parte es nostalgia de la sociedad clerical-militar y, por otra parte, es simplemente odio a lo queel comercio trae consigo, que es la aceptación de la incertidumbre, de la suerte y del mérito.

L. B.: El ideal comunista siempre regresa en tiempos de prosperidad…

A. E.: Esto es uno de los descubrimientos del libro, porque yo entré pensando justo lo contrario. Yo bien del presupuesto normal de que, claro, la gente acaba estallando por condiciones insufribles de vida… dije, vaya por Dios, aquí te llevas la primera bofetada, Antonio, estás equivocado. El gran brote es el único momento en que Roma es próspera, con César y Octavio Augusto, el siguiente gran brote viene con la Revolución Comercial de la Baja Edad Media y el siguiente brote viene con la Revolución Industrial. No puedo obviar estas evidencias.

L. B.: Grecia exalta el comercio pero Roma dice que el bien nacido era aquel que practicaba el ocio…

A. E.: Claro, claro, roma es el origen de lo que luego aparece como mito de Adán y Eva. Os condeno a trabajar. El trabajo es una maldición. Eso lo instaura la sociedad esclavista y el primer equívoco o malentendido, que este segundo tomo despeja, pero que ya el primer tomo abunda mucho en ello, es que la sociedad esclavista hunde sus raíces en la antigüedad y, digamos, es lo normal ¡mentira! El edicto de Ciro el Grande, las declaraciones del Antiguo Testamento y los textos de Solón o de Hesiodo son terminantes. Demuestran que el proyecto de una sociedad esclavista surge simultáneamente en las sociedades de bandidos, que son los asirios, los espartanos y los romanos y que se van imponiendo y van sustituyendo el mercado de bienes y servicios por el mercado de esclavos, el mercado de personas, que es el único que de verdad funciona prósperamente en Roma o en Esparta o en Asiria, porque son pueblos que no saben trabajar, que no tienen inventiva y que su única forma de ganarse la vida es el derecho de conquista.

L. B.: ¿Y cuándo se aleja Grecia del ideal del comercio?

A. E.: Pues precisamente cuando la importación de esclavos arruina a todo el sector social griego emprendedor, todas las profesiones que se pueden llamar liberales, pero también las profesiones…, fontanero, carpintero, albañil… Porque la competencia del esclavo es una competencia desleal. Entonces se retiran de ello. Lo normal es que siguiendo la locura que ya intenta parar Pericles, porque, por ejemplo, cuando construye la acrópolis Pericles prohíbe que trabajen en ella esclavos ¿para qué? Para mantener el pleno empleo de la gente libre. Pero claro, poco a poco va la deriva y llegan los romanos y conquistan Grecia y se acabó. Es decir, Grecia se convierte en una imitación de lo que hacían ellos. La gran tragedia de aquel periodo es que Cartago sea derrotada por los romanos. Cartago era una sociedad comercial. Aparte de bárbara en muchos sentidos, pero era más una sociedad comercial. Las cosas se hacían por acuerdo, por arreglo. Es con los romanos cuando se consolida la tendencia espartano.asiria de hacer las cosas por fuerza.

L. B.: Y llegan finalmente a asaltar lo que usted llama el Fort Knox, que era prcisamente el Egipto de Cleopatra…

A. E.: Claro, ese es el último gran botín que conquistan, que también parte de él lo había aportado Marco Antonio, que era el cónsul de Asia…, procónsul de Asia.

L. B.: ¿El Antiguo Testamento es más favorable al comercio que el Nuevo Testamento?

A. E.: Infinitamente, la diferencia es infinita. Cuando Lutero tiene que rehacer la Biblia, al enunciar el credo protestante, saca de la Biblia precisamente cuatro o cinco textos. Uno es el Apocalipsis, que era espurio e infectado de odio ciego. Otro es la epístola de Santiago que es donde se contiene aquello de “vosotros, ricos, habéis engordado para el día de la matanza”, y me parece que saca algunas cosas más… el Nuevo Testamento es claramente comunista.

L. B.: El Nuevo Testamento dice que quien se resiste a la autoridad se resiste a Dios…

A. E.: Exactamente, pero antes le ha dicho “esclavo, estate contento de ser esclavo porque estás más cerca de dios por eso mismo”. Introduce el factor resignación, que era lo que le faltaba al Impero Romano. El Imperio Romano había tenido tremebundas revueltas de esclavos. La última la de Espartaco, pero poco antes había habido otra en toda Sicilia que había sublevado Sicilia entera y se mantuvo durante años. Había rebeliones constantes de esclavos, a pesar de que sabían que les iban a crucificar o a pelar vivos.

L. B.: Lo que dice en el libro es que el Nuevo Testamento rearma moralmente a Roma…

A. E.: Claro, porque para el Nuevo Testamento es evidente que lo odioso es Cartago, la sociedad comercial, y que lo que hay que mantener y defender es la sociedad clerical-militar. Y efectivamente, a pesar de que historiadores de la talla de Gibbon meten la gigantesca pata de decir que la causa de la decadencia del Imperio Romano es el cristianismo, es todo lo contrario. El cristianismo es lo que permite a Roma durar tres o cuatro siglos más con un régimen tan ruinoso como una sociedad esclavista, porque es que no nos damos cuenta de que la sociedad esclavista es ruinosa por su propia esencia. Es decir, al no haber estímulo, el trabajo se reduce y en las zonas donde hay ciencia y arte es, precisamente, en las maneras de no trabajar, de esquivar el trabajo, de escurrir el bulto.

L. B.: ¿Fue Jesús un enemigo del comercio?

A. E.: Su primer acto público y el último es expulsar a los mercaderes del templo. Pero, ojo, cuando los expulsa por primera vez hace un acto de coraje enorme, puesto que es un desconocido y está pretendiendo cortocircuitar la forma de vivir de Jerusalén, porque Jerusalén vivía exclusivamente de practicar esos sacrificios y que viniesen los peregrinos o sus propios habitantes, de que comprasen los animales oportunos, los sacrificasen… Esa era la vitalidad económico-social de Jerusalén. Cuando lo hace por primera vez le echó muchísimo valor. Cuando lo hace por última vez no le echó valor alguno, porque como aclaran todos los evangelios, convergentes en este punto, viene con una gran multitud amenazadora. Y los fariseos y los saduceos dicen ¡cuidado! Puede haber una rebelión en la ciudad. Entonces ya es muy distinto. La segunda vez que entra se parece mucho más al golpe de Estado de octubre de 1917, en Petrogrado.

L. B.: Y ese sentimiento contra la propiedad privada acompañará también a la Iglesia durante bastantes siglos ¿no?

A. E.: Claro. El matiz es “bendito el pobre de espíritu”.Pobre o rico es, primero, de espíritu y luego, traslativamente, es pobre o rico material o, como dice el Evangelio, afligidos o perseguidos por la justicia. Pero lo primero es “bendito el pobre de espíritu”. He estado comentando esta tarde a unos amigos cómo Tertuliano, el primer apologeta, la lectura del sermón lo que le provoca es “¡qué alegría tendré es viendo cómo Platón, Aristóteles, Euclides y estos arrogantes sabios antiguos son quemados eternamente en el infierno!” Porque claro, son ricos de espíritu. Sabio se convierte en un signo infamante.

L. B.: Y está aquello del justiprecio de Tomás de Aquino…

A. E.: Es asombroso, sí. Cuando mejor estaba funcionando la recuperación europea, en el Código de Graciano, llámese Código de Derecho Canónico, que es lo mismo, y prohíbe el interés del dinero, con penas que pueden ser no de crucifixión, porque ya no se aplica, pero sí de incineración en vida, y claro, esto fue un golpe durísimo para la evolución de esa acumulación de inversiones y ese desarrollo de nuevas relaciones y nuevos mercados que se estaba haciendo entonces. Y Tomás, claro, lo apoya. Lo apoya y tiene la peregrina idea de que hay justiprecio. Tengamos en cuenta de que históricamente se ha intentado muchas veces hacer un decreto sobre precios. Lo hizo Diocleciano. Lo volvió a hacer Robespierre durante el 93. Luego lo vuelve a hacer Lenin en Rusia, en el 18.

L. B.: Históricamente la humanidad ha querido decretar el precio por la fuerza. No aceptar el precio de mercado…

A. E.: Exacto. Odia al mercado porque el mercado representa libertad. El mercado es la autonomía de la libertad. No me fuerce usted a comprar ni me fuerce usted a vender. Yo compro o vendo lo que me dé la gana. Y esto no… Dejar que el otro sea libre es, quizá, la gran asignatura pendiente de la humanidad. Hay unas personas dispuestas y otras indispuestas.

L. B.: ¿Hay en el comunismo nostalgia por el Edén perdido?

A. E.: Es nada más que eso. Lo que pasa es que encima tiene la arrogancia de decir que va a hacer un paraíso mucho mejor que el que perdieron Adán y Eva.

L. B.: ¿Por qué la idea de comunismo sigue tan vigente, incluso después de la caída del muro?

A. E.: Pues mira, esto me lo reservo para las conclusiones del tomo tres y todavía no lo tengo completamente perfilado. Creo que se puede explicar por qué en dos o tres silogismos de necesidad, pero todavía no los tengo terminados. Lo que creo es que hay un elemento de resentimiento, que tiene mil fuentes, porque unos están resentidos por acción exterior, otros porque les viene de dentro, otros es porque han tenido mala suerte. Entonces los convocados por el sermón de la montaña: “¡venid a mí!” ¿Venid a mí quiénes? Venid a mí los resentidos. Venid a mí los asfixiados, porque o bien envidiáis a otros o bien os odiáis a vosotros mismos. Recoger toda esta parte de frustración, de dolor, pudiera ser, quizá, la cuenca atractora de este sistema que, por eso mismo, no va a desaparecer.

L. B.: Ha dicho en alguna entrevista, precisamente en relación al resentimiento, que los comunistas no odian al aristócrata; lo que odian es al nuevo rico, el que se hizo de abajo, el que se hizo trabajando…

A. E.: Claro, lo que odian es la movilidad social.

L. B.: Claro, ese también es un espíritu muy conservador…

A. E.: Yo creo que el comunismo es la ideología conservadora por excelencia. Además eso lo dicen los dos tomos una y otra vez. El comunismo es la ideología conservadora por excelencia. El comunismo no quiere saber qué pueda salir del cambio. Él quiere hacer una revolución completa ¿para qué? Como él mismo lo aclara, pues para poner últimos a los primeros, lo cual sólo se puede hacer mediante un cataclismo de violencia y arbitrariedad. Pero ¿por qué? Porque lo que no quiere es el cambio gradual. La evolución le indigna. Está convencido de que o bien porque Dios lo decretó así o bien porque las leyes objetivas de la materia lo imponen, las cosas van a ser así o asao. No está abierto. Está cerrado. En eso es en lo que se distingue de los liberales, que no son conservadores porque la libertad misma significa un estado de abierto, un no saber, un ser humilde ante la incertidumbre y, al mismo tiempo, ser respetuoso para con la excelencia, para con la maestría.

L. B.: Y aceptar al ser humano tal cual es ¿no?

A. E.: Claro.

L. B.: No pensar en el hombre nuevo.

A. E.: El famoso hombre nuevo que tiene que ir con mayúsculas, porque si no sería común y corriente.

L. B.: Que por lo general acaba en el GULAG…

A. E.: Claro, porque si no le pones las mayúsculas el hombre nuevo es…, nosotros mismos en el instante siguiente.

L. B.: ¿Cómo fue descubrir al economista Carl Menger, aquel padre de la corriente económica austriaca en un sitio tan exótico como Tailandia?

A. E.: Pues me llevé una maleta de libros que eran Schumpeter, Hayek, Menger, Jevons… el primero que empecé a ver es el de Menger, que tenía un aspecto de ser un ladrillo insufrible, pero claro, a poco de empezarlo veo aquel gráfico…

L. B.: Los “Principios de economía política”, creo…

A. E.: Sí, “Los principios de economía política”. Veo el cuadrito ese donde se ponen en conexión un criador de caballos y un criador de vacas y qué cantidad de animales se va a ir intercambiando. Digo “¡aquí está el dinamismo, aquí está el dinamismo que me faltaba en las demás representaciones del proceso oferta-demanda!” que luego eso se va a llamar utilidad marginal. Es decir, que el que ya tiene un televisor necesita un segundo televisor, un tercero le sobra, un cuarto es un peligro, dieciséis…, pues bueno, tendrá que llamar a la policía, porque ya no puede aceptarlos. Es…

L. B.: Es que Menger resuelve el misterio de la economía…

A. E.: Resuelve… Pero al mismo tiempo lo resuelve Walras en Suiza y Stanley Jevons en Inglaterra ¿eh? Es una cosa asombrosa. De repente, no había nada de eso y en el año setenta hay tres teóricos de gran calibre que llegan a ello por caminos diversos. Y entonces producen la demolición de ese dogma de fe de que el trabajo se mide por la unidad de tiempo, con lo cual, por ejemplo, pensaríamos que un trazo de Picasso vale diez mil veces menos que pintar la caseta del perro, cuando sucede precisamente lo contrario.

L. B.: Y Marx se da cuenta y ve que ya no tiene sentido sacar el cuarto volumen de “El capital”…

A. E.: Y se dedica a organizar la Internacional y la organiza con muchísima eficacia, porque era un hombre que tenía talento organizativo y tenía una tenacidad a prueba de bala.

L. B.: Decía usted que los orígenes de la Guerra Civil española están en las matanzas de la Comuna de París…

A. E.: La Comuna… Es mil ocho siete uno, es la segunda comuna de París, que es la de la Semana Sangrienta. Sí, ahí se liquidan al presidente del Tribunal Supremo, al arzobispo de París y a unos cuantos rehenes más, sí. Eso es lo que se va a volver a hacer con la Guerra Civil Española, es que es la misma tendencia. Aparte de que tienen como constantes, de tipo fractal. Tienen la mayoría del personal, porque han conspirado y de repente, desde el primer día, tienen mayoría de hombres armados y, por tanto, deben ganar. Sin embargo una constante fractal les obliga a que, en vez de avanzar, hay que atrincherarse en barricadas. Naturalmente eso es lo mejor que pueden hacer para sus enemigos, que mal que bien se organizan defensivamente hasta que claro, cercan aquello y dicen, “¡ríndanse!” Los otros “¡no!” Y claro, luego a cañonazos los desalojan. Igual que sucedió en nuestra guerra civil y, concretamente en la Semana Trágica de Barcelona. Sucedió exactamente lo mismo. Es una constante que sólo romperá Trotsky. Trotsky es el primero que dijo “si tenemos mayoría de hombres lo primero que tenemos que hacer es expandirnos, tomarlo todo y perseguirles hasta donde queden”. Pero por alguna extraña astucia de la razón, que decía Hegel, en el sentido de que como siempre, después de hacer las salvajadas oportunas (todo esto comienza con salvajadas y asesinatos, quemas y destrucciones, violaciones…), después esa particular estrategia militar les autoderrota una y otra vez. También pasó con Müntzer. La comuna de Müntzer, aquella de los anabaptistas…, aquello fue tremendo, acabo con canibalismo y tal. Siempre es por lo mismo, para decretar la nueva Jerusalén, que el propio Marx, en el “Manifiesto”, dice “no queremos ser una nueva Jerusalén”.

L. B.: No me resisto a preguntarle. Usted es un hijo de la posguerra. ¿Qué valoración hace cuando ve todo el tema de la memoria histórica?

A. E.: Bueno, es una colección de embustes. Lo que se distribuye como memoria histórica, directamente es una colección de embustes. Ahí el sesgo es máximo. Se olvida por ejemplo que… Bueno, vamos a imaginar que, hoy, el capitán jefe de la policía nacional ha metido en un coche al señor Rubalcaba, está flanqueado por el presidente de la UGT, y aunque este señor dice “¿pero para que me sacan de aquí?” “No, no, no… aunque Rubalcaba se niega le empujan, le meten en el coche, le meten ocho tiros en la cabeza y le dejan tirado en la calle Martínez Campos. Al día siguiente, al enterarse de los eventos, se levanta el señor Rajoy y dice “ya era hora de que este gusano sucumbiese; demasiado había hablado”. Y como una sola persona todos los diputados se ponen a aplaudir. Menuda barbaridad ¿no?

L. B.: No sé por qué creo que me está contando algo que pasó en la vida real…

A. E.: No, el quince de julio, en Madrid. El jefe del sindicato y el capitán jefe de los guardias de asalto asesinaron al equivalente del señor Rubalcaba, que se llamaba José Calvo Sotelo. Esto no se considera un “casus belli”. Pues si hay un “casus belli” mejor que me lo enseñen. Esto fue tres días antes del alzamiento. Y esto fue por el capitán jefe de los gualdas de asalto y el principal sindicalista, que era el siguiente en jerarquía a Largo Caballero, que luego sería el ministro y “factótum” de todo el asunto. ¡Manda narices!

L. B.: ¿Somos demasiado injustos con la transición?

A. E.: Totalmente injustos. Franco tuvo una época de dictadura, pudieron ser los cinco primeros años, que yo no conocí, porque yo estaba con mi familia en Brasil, y cuando yo llegué, el cincuenta y seis, ya empezaba la época de dictablanda. Y lo que este país era es ñoño. Era curas, monjas… el gran tema era la represión sexual. Mandaban mucho los militares, pero no tanto como para intimidar… Muchísimos menos, por supuesto, que en Cuba o en la Unión Soviética. No era un país ñoño, que no sabía bien qué hacer, pero que tenía una intensa vocación de unirse a Europa y unirse al mundo occidental. Quedó ese fermento de resentimiento y de odio ciego a todo lo que sea mérito o golpe de suerte y ha seguido moviéndose y ha seguido fantaseando con que en España, por ejemplo, siempre hubo una mayoría roja y los otros eran una minoría. Bueno, he explicado varias veces que, a mi juicio, la derecha desapareció con la Segunda Guerra Mundial y se hizo centro. ¿Por qué sigue existiendo? Pues porque la izquierda necesita un reflejo especular. Cuando la izquierda se dé cuenta de que ella tiene que evolucionar, como evolucionó la derecha, empezaremos a estar en una situación realista, en una situación pragmática y a entendernos. Pero es que claro, no nos vamos a entender tan fácilmente porque no es una cuestión de programa, no es que difiramos en esto o lo otro, sino que es una cuestión de emociones. Ciertas personas odian a otras, y no lo ven muy claro por qué y se buscan la justificación que sea, y si de repente esa justificación falla aparece otra. Lo que no se puede es suprimir ese odio.

L. B.: al final el odio siempre está ahí, por encima de la razón…

A. E.: Claro, pero incluso si estas personas han nacido muertas de hambre, en una familia muerta de hambre, y ahora tienen bastante dinero, si la constelación anímica es de tipo conciencia roja, da igual el nivel de renta que tengan. Esto es una forma de ser, una forma de sentir. Y lo digo por haberlo tenido en carne propia, porque yo he sido más rojo que la muleta de un torero. Lo que pasa es que claro, estudiar me ha hecho cambiar.

L. B.: Usted dice que ama el aprender.

A. E.: Creo que el verbo estudiar todavía no se ha conjugado todo lo posible. En realidad el verbo estudiar es lo único comparable al verbo amar, a mi juicio.

L. B.: Estudiar aplaca el odio ¿no?

A. E.: Creo que sí. Aplaca el odio, amansa al animal y le permite pulirse. Hay una película alemana muy divertida sobre Gauss y Humboldt. Eran contemporáneos, Humboldt de familia riquísima y Gauss se mantuvo toda su vida con una beca, pero los dos grande genios alemanes, que acabaron conociéndose y acabaron metidos en la cárcel juntos, porque un día estaban por la calle y viendo que venía un policía que estaba reprimiendo a uno que, casualmente, era un hijo de Gauss. Gauss se enfadó mucho de que su hijo estuviera armando alboroto en la calle… Humboldt se quedó estupefacto, pero Humboldt claro, que era superfactótum , era sobrino del gran duque de Brunswick, le dijo al capitán de policía “¡no, no!, a ese sáquele, no te lo lleves para allá, porque es hijo de la eminencia, es Gauss”. Y el otro, el capitán, se queda así… “Hombre, yo le daré una gratificación”, dice Humboldt. Y entonces Gauss, que es un anciano, ve que coge la gratificación, dice “basura miserable corrupta, tú no eres alemán”. Con lo cual se van los dos, no sólo el hijo de Gauss sino Humboldt también. Y allí se quedan. Bueno, claro, estos son…, es un tipo de alma que es distinta. No es el alma que pide “¡destrucción, fuego, construcción de un nuevo mundo, hay que partir de las cenizas, hasta que no se destruya todo no tenemos la base para el mundo que queremos!” Esta gente es así y va a ser difícil que cambie.
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