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jueves, 31 de diciembre de 2015

Araceae Alocasia odora Parque de Málaga

Alocasia odora (Araceae) floreciendo en el Parque de Málaga, el tres de junio de 2014.


Alocasia odora (Araceae) en el Parque de Málaga el tres de junio de 2014.


Ludwig von Mises (1956) «La mentalidad anticapitalista» II - LA FILOSOFIA SOCIAL DEL HOMBRE CORRIENTE (II-1 El capitalismo como es y como lo ve el hombre de la calle)



La aparición de la economía, ciencia nueva, independiente y dispar de todas las demás disciplinas hasta entonces cultivadas, constituyó uno de los acontecimientos más importantes de la historia de la humanidad. La flamante ciencia económica, en el transcurso de escasas generaciones, provocando el advenimiento del orden capitalista, transformó los asuntos humanos en grado mayor que ningún otro cambio acaecido durante los diez mil años anteriores. Los ciudadanos de un país capitalista, desde que nacen hasta que mueren, disfrutan de portentosas ventajas, producto exclusivo de esa manera de pensar y actuar inherente a dicho ordenamiento social.

Lo más asombroso de esta singular mutación estriba en que fue llevada a cabo por un muy corto número de escritores e investigadores y unos cuantos estadistas que habían asimilado las enseñanzas de los primeros. No sólo las indolentes multitudes, sino incluso la mayor parte de aquellos empresarios que llevaron a la práctica los principios del laissez faire, jamás comprendieron la mecánica interna del sistema. Aun en el apogeo del liberalismo pocos se percataron de cómo operaba en realidad la economía de mercado. La civilización occidental adoptó el capitalismo por el exclusivo influjo de una reducida élite.

Durante las primeras décadas del siglo XIX hubo personas que, comprendiendo la inferioridad que para ellos suponía el no conocer a fondo los temas económicos, procuraron remediarla. En los años comprendidos entre Waterloo y Sebastopol, los libros más solicitados en la Gran Bretaña fueron los tratados de economía. Pero la moda pasó de pronto. El tema resultaba poco ameno para el público lector.

Ello se comprende por cuanto la economía, de un lado, se diferencia absolutamente de las ciencias naturales y de la investigación técnica y, de otro, guarda tan poca similitud con la historia y el derecho que repugna al principiante por su extrañeza. Quienes se hallan habituados a recurrir, para la investigación científica, a laboratorios, bibliotecas y archivos se inquietan al tropezarse con la singularidad heurística de la economía, singularidad que, desde luego, sobrecoge a la fanática estrechez de miras del positivista.

Desearían todos estos, evidentemente, hallar en los libros de economía razonamientos coincidentes con su preconcebida imagen epistemológica de la ciencia; quisieran creer que los temas económicos pueden abordarse por las vías de investigación de la física o la biología. Cuando advierten que, en economía, por ahí no es posible progreso alguno, quedan desconcertados y desisten de abordar seriamente unos problemas cuyo análisis requiere tratamiento mental singular.

A consecuencia de tal ignorancia epistemológica, el progreso económico lo atribuyen normalmente a los adelantos de la técnica y de las ciencias físicas. Creen en la existencia de un impulso automático que haría progresar a la humanidad. Tal tendencia —piensan— es irresistible, consustancial al destino del hombre, y opera continuamente, cualquiera que sea el sistema político y económico prevalente. Para ellos no existe relación de causalidad alguna entre el pensamiento económico que prevaleció en Occidente a lo largo de las dos últimas centurias y los enormes progresos conseguidos al tiempo por la técnica. Tal progreso no sería, pues, consecuencia del liberalismo, el librecambismo, el laissez faire o el capitalismo; se habría producido inexorablemente bajo cualquier organización social imaginable.

Las doctrinas marxistas sumaron partidarios precisamente porque prohijaron esta popular creencia, vistiéndola con un velo pseudofilosófico grato tanto al espiritualismo hegeliano como al crudo materialismo. Según Marx, las fuerzas productivas materiales constituyen entidad sobrehumana, independiente de la voluntad y la acción del hombre; siguen el curso que les marcan leyes inescrutables e insoslayables, emanadas de ignoto poder superior; mudan de orientación misteriosamente, obligando a la humanidad a readaptar el orden social a tales cambios, rebelándose cuando cualquier poder humano pretende encadenarlas. La historia no es otra cosa esencialmente que la pugna de las fuerzas productivas por liberarse de trabas sociales opresoras.

En épocas pasadas —arguye Marx— las fuerzas de producción se centraban en el molino a brazo, entronizándose el feudalismo como sistema social. Cuando más adelante las insondables leyes fatales que determinan la evolución de las fuerzas productivas sustituyeron el molino a brazo por el molino a vapor, el feudalismo tuvo que dar paso al capitalismo. Desde entonces las fuerzas productivas han continuado evolucionando y su forma actual exige imperativamente la sustitución del capitalismo por el socialismo. Los que intentan detener la revolución socialista están condenados al fracaso. Es imposible contener el proceso histórico.

Las ideas de los llamados partidos izquierdistas difieren unas de otras en muchos aspectos, pero coinciden en un punto: en considerar que el constante progreso material constituye un proceso automático. El sindicalista americano considera natural el nivel de vida que disfruta. El destino le ha proporcionado comodidades negadas a los más ricos de anteriores generaciones e inalcanzables aún para quienes quedan fuera de la órbita americana. Pero, ello no obstante, jamás se pregunta el yanqui medio si el rudo individualismo del mundo capitalista pudo tener algo que ver con el nacimiento de lo que él denomina el sistema americano de vida, the american way of life. Por el contrario considera que en los patronos encarnan las injustas pretensiones de los explotadores  deseosos siempre de despojarle de lo que por legitimo derecho le corresponde. La evolución histórica —piensa— provoca de modo fatal un aumento continuo de la productividad del trabajo. Es evidente que, en justicia, solo él tiene derecho a beneficiarse de los frutos resultantes. Gracias a su actividad se incrementa la cuota de bienes producidos, comparativamente al número de obreros empleados, lo cual es cierto, si bien ello acontece solo por cuanto opera bajo un régimen capitalista.

Porque esa alza en la llamada productividad del trabajo se debe a las mejores maquinas y herramientas disponibles. Un centenar de trabajadores produce en una fabrica moderna, por unidad de tiempo, mucho más de lo que el mismo número de obreros solía elaborar en los artesanales talleres pre-capitalistas. Tal mejora no se debe, desde luego, a la mayor destreza, competencia o esmero del trabajador (la pericia del obrero medieval, por ejemplo, era muy superior a la de muchos productores modernos), sino al empleo de maquinas y herramientas más eficaces, instaladas gracias a nuevos capitales acumulados e invertidos correctamente.

Marx utilizó en sentido peyorativo las palabras capitalismo, capital y capitalistas, como lo hace todavía hoy la mayoría, incluso los órganos oficiales de propaganda del gobierno de los Estados Unidos. Tal despectiva terminología refleja, no obstante, con entera justeza el factor principal que engendró las maravillas de las dos últimas centurias, es decir, la elevación sin precedentes del nivel de vida de una población en continuo crecimiento. La única diferencia existente entre las condiciones de trabajo que hoy prevalecen en los países capitalistas, con respecto a las que allí regían en la era pre-capitalista y aún imperan fuera del área occidental, consiste en la distinta capitalización. Porque cabe implantar ningún adelanto técnico si no ha sido ahorrado previamente el correspondiente capital. Tan solo el ahorro, la acumulación de nuevos medios productivos, ha permitido sustituir paulatinamente la penosa búsqueda de alimentos a que se hallaba obligado el primitivo hombre de las cavernas por los modernos métodos de producción. Tan trascendental mutación fue posible gracias al triunfo de aquellas ideas que, basadas en la propiedad privada de los medios de producción, proporcionaron garantía y seguridad a la acumulación de capitales. Todo avance por el camino de la prosperidad es fruto del ahorro. Los más ingeniosos inventos resultarían inútiles, en la práctica, si los factores de capital precisos para su explotación no hubieran sido previamente acumulados mediante el ahorro.

Los empresarios invierten el capital ahorrado por terceros, con miras a satisfacer del mejor modo las necesidades más urgentes y todavía no atendidas de los consumidores. Al lado de los técnicos, dedicados a perfeccionar los métodos de producción, desempeñan un papel decisivo en el progreso económico, después de quienes supieron ahorrar. El resto de los hombres no hace más que beneficiarse de la actuación de estos tres tipos de adelantados. Cualquiera que sea su actividad, el hombre de la calle no pasa de ser simple beneficiario de un progreso al que en nada contribuyera.

La nota característica de la economía de mercado consiste en beneficiar a la inmensa mayoría, integrada por hombres comunes, con una participación máxima en las mejoras derivadas del actuar de las tres clases rectoras, integradas por los que ahorran, los que invierten y los que inventan métodos nuevos para la mejor utilización del capital. El incremento de este último, individualmente considerado, eleva la utilidad marginal del trabajo (los salarios) , de un lado, y abarata las mercancías, de otro. El mecanismo del mercado permite al consumidor disfrutar de ajenas realizaciones, obligando a los tres aludidos círculos dirigentes de la sociedad a servir a la inerte mayoría de la mejor manera posible.

Cualquiera puede formar parte de aquellos tres grupos impulsores del progreso total. No constituyen clases ni, menos aún, castas cerradas. El acceso es libre; ni exige autoritaria patente ni discrecional privilegio. Nadie puede vetar a nadie la entrada. Lo único que se precisa para convertirse en capitalista, empresario o descubridor de nuevos métodos de producción es inteligencia y voluntad. El descendiente del rico disfruta a veces de ciertas ventajas, por partir de puesto más conspicuo. Sin embargo su posición en la pugna mercantil no le resulta siempre mejor por eso; antes al contrario, frecuentemente tiene que enfrentarse con situaciones enojosas y menos lucrativas que las de quienes saltan a la palestra sin lastre ni tradición alguna. Ha de reorganizar aquel, una y otra vez, los negocios heredados para ajustarlos a los cambios del mercado; así los problemas que se plantearon en las últimas décadas a los herederos de los imperios ferroviarios, problemas ciertamente más espinosos que los que había de resolver el nuevo empresario cuando iniciaba el transporte automóvil o el tráfico aéreo.

La filosofía popular del hombre corriente deforma estas realidades del modo más lamentable. Juan Pérez se halla convencido de que las nuevas industrias, gracias a las cuales disfruta de una vida cómoda que sus padres ni sospechaban, son obra de un ente mítico llamado progreso. La acumulación de capital, el espíritu empresarial y el ingenio técnico nada tienen que ver con una prosperidad que, en su opinión, surge por generación espontanea. El incremento y mejora de la producción —sigue pensando— tan solo corresponde al elemento laboral. Ahora bien, por desgracia en este valle de lagrimas el hombre tiende a explotar a sus semejantes; los empresarios se llevan la parte del león y al obrero manual, al creador de todas las cosas buenas —como dice el Manifiesto comunista—, no le dejan mas que “lo indispensable para que sobreviva y se reproduzca”. Por consiguiente “el obrero moderno, lejos de prosperar gracias al progreso de la industria, se hunde cada vez más en la miseria... Se transforma en mendigo y el pauperismo aumenta con mayor rapidez que la población y la riqueza”. Los autores que describen así el sistema capitalista son considerados en las universidades como los mayores filósofos y bienhechores de la humanidad y sus enseñanzas reverentemente las escuchan millones de personas en cuyos hogares, aparte de otras comodidades, se disfruta de aparatos de radio y televisión.

La peor explotación —aseguran aquellos universitarios, los líderes obreristas y los políticos— es la que provoca la gran industria capitalista. No ven que la característica fundamental de esas grandes empresas es la producción en masa para satisfacer necesidades de las masas. No advierten que, bajo el sistema capitalista, son los propios obreros quienes consumen directa o indirectamente la enorme producción de las tan temidas multinacionales.

En los primeros días del capitalismo solía mediar un lapso temporal prolongado antes de que las masas pudieran disfrutar de las innovaciones y mejoras. Certeramente apuntaba Gabriel Tarde, hace unos sesenta años, que cualquier innovación industrial constituía primero un capricho de la minoría y solo más tarde se convertía en necesidad generalizada; lo que comenzaba siendo mera extravagancia se transformaba luego en bien de uso común. Esto sucedió todavía con el automóvil. Pero la producción en gran escala ha reducido y casi eliminado el aludido retraso temporal. Los nuevos productos, para reportar beneficios, han de fabricarse en gigantescas series, lo que obliga a ponerlos en manos de las masas tan pronto como resultan disponibles. Así por ejemplo, en los EE UU, no se registró ningún lapso apreciable en el disfrute por las muchedumbres de la televisión, las medias de nylon o la alimentación infantil enlatada. La gran industria desata igualitaria tendencia en los hábitos de consumo y de diversiones. Bajo la economía de mercado la riqueza ajena no empobrece a nadie; las grandes fortunas jamás provocan miseria; antes al contrario, la riqueza de los pocos deriva de la satisfacción procurada a los muchos. Como tantas veces se ha dicho los empresarios, los capitalistas y los técnicos prosperan, bajo la égida del mercado, en tanto en cuanto consiguen aplacar las apetencias de los consumidores de la mejor manera posible.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

La familia Araceae en las calles, plazas, parques y jardines de Málaga.

Alocasia odora 36°43'11.88"N  4°24'47.31"W Parque de Málaga

Anthurium coriaceum 36°43'10.25"N  4°24'51.54"W Parque de Málaga, 03-06-2014

Anthurium crassinervium 36°43'10.12"N  4°24'52.31"W Parque de Málaga 03-06-2014

Monstera deliciosa  36°43'11.40"N   4°24'46.37"W Parque de Málaga


Philodendron bipinnatifidum 36°43'5.39"N 4°25'7.43"W Parque de Málaga 

domingo, 27 de diciembre de 2015

Ludwig von Mises (1956) «La mentalidad anticapitalista» I - LAS CARACTERÍSTICAS SOCIALES DEL CAPITALISMO Y LAS CAUSAS PSICOLÓGICAS DE SU VILIPENDIO (I-9 El comunismo de Broadway y Hollywood)

http://www.libertadyresponsabilidad.org/wp-content/uploads/2012/11/la-mentalidad-anticapitalista-von-mises.pdf


Las masas, cuyo nivel de vida ha elevado el capitalismo, abriéndoles las puertas al ocio, quieren distraerse. La multitud abarrota teatros y cines. El negocio del espectáculo es rentable. Los artistas y autores que gozan de mayor popularidad perciben ingresos excepcionales. Viven en palacios, con piscinas y mayordomos; no son prisioneros del hambre, desde luego. Sin embargo Hollywood y Broadway, los centros mundiales de la industria del espectáculo, son viveros de comunistas. Artistas y guionistas forman la vanguardia de lodo lo pro soviético.

Han sido formuladas varias explicaciones para explicar el fenómeno. Casi todas ellas contienen una parte de verdad. No obstante se olvida por lo general la razón principal que impulsa a tan destacadas figuras de la escena y la pantalla hacia las filas revolucionarias.

Bajo el capitalismo, como tantas veces se ha dicho, el éxito económico es función del aprecio que el consumidor soberano concede a la actuación del sujeto. En este orden de ideas no hay diferencia entre la retribución que percibe por sus servicios el fabricante y las que obtienen por los suyos productores, artistas o guionistas. Pese a tal similitud, la apuntada realidad inquieta mucho más a quienes forman el mundo de las tablas que a quienes producen bienes tangibles. Los fabricantes saben que sus cosas se venden en razón a ciertas propiedades físicas. Confían en que el público continuará solicitando tales mercancías mientras no aparezcan otras mejores o más baratas, ya que no parece probable que varíen las necesidades que se satisfacen con estos artículos. El empresario inteligente puede prever, hasta cierto punto, la demanda posible de tales bienes y le cabe contemplar el futuro con algún grado de seguridad. Pero no sucede lo mismo ya en el terreno del espectáculo. La gente busca diversiones porque se aburre; pero nada hastía tanto al espectador como lo reiterativo; cambios y variedades resultan imprescindibles; se aplaude lo novedoso, lo inesperado, lo sorprendente. El público, caprichoso y versátil, desdeña hoy lo que adoraba ayer. Por eso, a la escena y a la pantalla le atemoriza tanto la volubilidad de quienes pagan en taquilla. La gran figura amanece un día rica y famosa; mañana, en cambio, puede hallarse relegada al olvido; le atribula la ansiedad de que su futuro depende enteramente de los caprichos y antojos de una muchedumbre ansiosa solo de diversiones. Teme siempre, como el célebre constructor de Ibsen, a los nuevos competidores; a la vigorosa juventud que, por desgracia, le arrumbara un día inexorable.

Desde luego resulta difícil acallar tamaña inquietud. Quienes la padecen se agarran a cualquier ilusión, por fantástica que sea. Llegan incluso a creer que el comunismo les liberará de tanta tribulación. ¿No dicen, acaso, que el colectivismo hará a todo el mundo feliz? ¿No proclaman a diario escritores eminentes que el capitalismo constituye la causa de todos los males y que el laborismo, en cambio, remediará cuantas desgracias abruman hoy al trabajador? Si actores y artistas dan cuanto tienen con tanto ahínco ¿por qué no debe considerárseles a ellos trabajadores también?

Cabe afirmar, sin temor a caer en falsedad, que ninguno de los comunistas de Hollywood y Broadway examinó jamás los textos teóricos del socialismo; y menos aún se preocupó de echar siquiera ni un vistazo a los tratados de economía de mercado. Precisamente por esto todas esas glamour girls, bailarinas y canzonetistas, todos esos guionistas y directores, que tanto pululan, se ilusionan pensando que sus cuitas particulares quedarán remediadas tan pronto como los expropiadores sean expropiados.

Hay quienes responsabilizan al capitalismo de la estupidez y zafiedad de la industria del espectáculo. No discutamos ahora el fondo del tema. En cambio conviene resaltar aquí que ningún otro sector apoyó al comunismo con mayor entusiasmo que quienes intervienen precisamente en tan necias exhibiciones. Cuando el futuro historiador de nuestra época pondere aquellos significativos detalles, a los que Taine concedía tanto valor, no dejará de notar el decisivo impulso que el izquierdismo americano recibió, por ejemplo, de la mundialmente famosa cabaretera[1] popularizadora del striptease, la que iba desnudándose ante el público prenda a prenda.


Apocynaceae Trachelospermum jasminoides Málaga Parque del Oeste

Trachelospermum jasminoides (Apocynaceae) en flor en el Parque del Oeste de Málaga, el quince de abril de 2014.



sábado, 26 de diciembre de 2015

Ludwig von Mises (1956) «La mentalidad anticapitalista» I - LAS CARACTERÍSTICAS SOCIALES DEL CAPITALISMO Y LAS CAUSAS PSICOLÓGICAS DE SU VILIPENDIO (8 El resentimiento de los parientes)

http://www.libertadyresponsabilidad.org/wp-content/uploads/2012/11/la-mentalidad-anticapitalista-von-mises.pdf


El incesante proceso del mercado tiende a encomendar la administración de los factores de producción a los más eficientes.

Las grandes fortunas, reunidas a base de haber sabido sus poseedores proveer, de la mejor manera posible, las necesidades más urgentemente sentidas por el público, se diluyen y desaparecen tan pronto como el empresario se desvía de esa esencial misión suya. No es insólito que el creador de un importante acervo mercantil vea como su imperio comienza a desmoronarse al decrecer su la energía y vitalidad personal; cuando la edad disminuye la agilidad propia para adaptarse a las estructuras del mercado siempre cambiantes. Sin embargo más frecuentemente son los sucesores quienes, con su indolencia y vanidad, dilapidan las riquezas acumuladas; si pese a su evidente incapacidad perviven y no se arruinan, es porque instituciones y medidas políticas de signo anticapitalista les protegen. En el mercado, para mantener las fortunas hay que volverlas a ganar diariamente, en dura competencia con todo el mundo; no solo con las empresas consagradas sino, sobre todo, con nuevos y audaces contrincantes, siempre renovados, ansiosos de asaltar posiciones ajenas. Los desmedrados causahabientes de anteriores capitanes de la industria, que desean rehuir la palestra mercantil, prefieren adquirir valores públicos, buscando la protección del Estado ante los peligros de los eventos mercantiles.

Hay en cambio familias donde las excepcionales condiciones requeridas para el éxito empresarial se han transmitido a lo largo de generaciones. Algunos de los hijos, nietos o incluso bisnietos igualan y aun superan al fundador. La riqueza no se disipa; se acrecienta. Estos casos, naturalmente, no son frecuentes y llaman la atención, no solo por su rareza, sino además por cuanto quienes saben ampliar y mejorar el negocio heredado gozan de doble prestigio: el que sus antecesores merecieron y el que ellos mismos consiguieron. Denominando con intención peyorativa patricios a tales personas, quienes no saben distinguir entre una sociedad estamental y jerarquizada y una sociedad capitalista olvidan que se trata de gentes de esmerada educación, gusto refinado y elegancia personal, pericia y laboriosidad. Individuos acaudalados en el país e incluso en el mundo.

Conviene que nos detengamos un momento en el análisis de este fenómeno, a cuyo amparo se urden muchas maquinaciones y propagandas anticapitalistas.

Las cualidades empresariales, incluso en esas familias cuya opulencia perdura, no son heredadas por todos los descendientes. Uno o a lo sumo un par de personas de cada generación gozan de las virtudes necesarias y es a ellos a quienes conviene confiar la gestión de las operaciones familiares, si se desea que la casa progrese. Los demás parientes se limitan a cobrar dividendos. El dispositivo formal varía según sean las normas legales de cada país, pero el resultado final permanece siempre el mismo: separar a la familia en dos categorías: la de los dirigentes y la de los dirigidos.

Por lo general el segundo grupo lo integran personas estrechamente emparentadas con los que podríamos denominar jefes, es decir hermanos, primos, sobrinos y, aun más a menudo, hermanas, viudas y esposas en general. Esta segunda categoría de parientes se lucra con la rentabilidad de la empresa, si bien sus integrantes desconocen la vida del negocio y no saben de los problemas que resuelve a diario el pariente empresario. Fueron educados en colegios e internados de lujo, cuya atmosfera estaba saturada de altanero desprecio contra los filisteos preocupados solo por ganar dinero. Algunos de ellos no piensan más que en diversiones; apuestan y juegan; van de fiesta en fiesta, en costoso libertinaje. Otros se dedican, como meros aficionados, a la pintura, la literatura y otras artes. La mayor parte lleva, pues, una vida ociosa e inútil.

Pero seamos justos; siempre hubo excepciones. La fecunda ejecutoria de algunos de ellos compensa ampliamente la conducta escandalosa de juerguistas y derrochadores. Muchos eminentes estadistas, escritores y eruditos fueron distinguidos caballeros sin ocupación. Libres de la necesidad de ganarse la vida, emancipados de coacciones sociales, desarrollaron fecundos y nuevos idearios; otros se convirtieron en mecenas, sin cuyo concurso financiero y moral renombrados artistas no hubieran podido realizar su labor creadora. Los hombres de dinero desempeñaron un gran papel en la evolución intelectual y política de la Gran Bretaña, a lo largo de los últimos doscientos años, como todo el mundo sabe, mientras en Francia fue “le monde”, la “buena sociedad”, el ambiente que permitió vivir y prosperar a los escritores y artistas del siglo XIX.

Pero ahora no nos interesa ni la frivolidad de unos ni las meritorias actuaciones de otros. Lo que conviene aquí destacar es el papel que ciertos parientes desempeñan en la difusión de doctrinas tendentes a destruir la economía de mercado.

Muchos de ellos parten de la base psicológica de haber sido estafados por los dirigentes. Reciben siempre poco en la distribución y los jefes demasiado, tanto si las correspondientes normas derivan de disposiciones testamentarias como si fueron libremente pactadas entre los interesados.

Desconocedores de la mecánica de los negocios y del mercado, se hallan convencidos (como Marx) de que el capital “engendra beneficio” automaticamente. No saben leer un balance ni una cuenta de pérdidas y ganancias; ignoran por qué han de ganar más quienes ordenan y dirigen la firma. Torpes en exceso, malician siempre aviesas intenciones por parte del jefe, quien no pensaría más que en privarles de sus posiciones heredadas. Por eso se quejan y reclaman continuamente.

Los regentes pierden los estribos fácilmente ante tal actitud. Están orgullosos de los éxitos conseguidos sorteando todas las dificultades y cortapisas que a las grandes empresas oponen el gobierno y las organizaciones sindicales; se hallan convencidos de que la fortuna familiar se habría derrumbado, a no ser por su eficiencia y celo. Piensan que los parientes deberían proclamar tales méritos, reputando aquellas quejas injustas y ultrajantes.


Las disputas domesticas entre jefes y parientes afectan sólo a los miembros del clan, pero cobran trascendencia general cuando los segundos, para molestar a los primeros, se pasan al campo anticapitalista, financiando toda clase de aventuras izquierdistas. Aplauden las huelgas, incluso cuando afectan a las fábricas de las que proceden sus propias rentas. Las revistas progresistas y los periódicos de izquierdas se financian en gran parte mediante generosas aportaciones de esos parientes, quienes dotan a universidades, colegios e instituciones para que lleven a cabo estudios sociales, patrocinando actividades de signo comunista. Como socialistas o bolcheviques de salón desempeñan un papel importante en el ejército proletario que lucha contra el funesto régimen capitalista.

DIARIO DE LECTURAS: Alexander Weissberg Cybulski (1901-1964) “Aquelarre trágico: Rusia en el crisol de las depuraciones”.

Hexensabbat. Rußland im Schmelztiegel der Säuberungen”. Verlag der Frankfurter Hefte, Frankfurt am Main 1951.

Conspiracy of silence”, with a pref. by Arthur Koestler. Traslated by Edward Fitzgerald. London, Hamilton [1952]

L'Accusé”. Paris, Fasquelle, 1953. Traduit de l'allemand par Paul Stéphano et Eugène Bestaux. Préface par Arthur Koestler.

Aquelarre trágico: Rusia en el crisol de las depuraciones”. Versión española de Carlos Sáenz de Magarola. Barcelona: Luis de Caralt, 1954.



Alexander Weissberg-Cybulski

domingo, 20 de diciembre de 2015

Ludwig von Mises (1956) «La mentalidad anticapitalista» (I-7 El resentimiento de los empleados de oficina)

http://www.libertadyresponsabilidad.org/wp-content/uploads/2012/11/la-mentalidad-anticapitalista-von-mises.pdf


El trabajador de corbata, además de la común animadversión contra el capitalismo, padece de dos espejismos peculiares a su categoría laboral.

Tras una mesa de trabajo, escribiendo y anotando cifras, tiende, por un lado, a sobrevalorar la propia trascendencia. Él redacta notas y estudia escritos ajenos, al igual que su jefe; mantiene conversaciones con unos y con otros; celebra conferencias telefónicas. Engreído, equipara su actividad con la actividad empresarial y está convencido de que forma parte de la élite rectora. Desprecia al tiznado operario de mano callosa; él es un “trabajador intelectual”. Por eso se enfurece cuando comprueba que muchos obreros manuales ganan más que él y que se les tiene en mayor aprecio. El capitalismo, evidentemente, no reconoce el “verdadero” valor del trabajo “cerebral”, sobreestimando, en cambio, la faena meramente muscular de seres “ineducados”.

El oficinista se desorienta y vuelve la espalda a la realidad, por aquella distinción ya trasnochada entre el trabajo de papel y pluma y la labor física. No advierte que su administrativa actividad se reduce a cometidos rutinarios, que exigen escasa preparación, mientras aquellos otros obreros menospreciados, a quienes envidia, son los mecánicos y técnicos altamente especializados, que manejan las complicadas maquinas y útiles de la industria moderna. La incapacidad y falta de perspicacia del interesado queda así de manifiesto.

Por otro lado, al igual que a los titulados, también mortifica a nuestro administrativo la visión de quienes sobresalieron dentro de su mismo grupo. Comprueba que compañeros de oficina, iguales cuando empezaron todos a trabajar, han ascendido, mientras él se retrasaba relativamente. Tan solo ayer Pablo era de su misma categoría; hoy, en cambio, tiene un cargo mejor, generosamente retribuido, pese a valer menos que él. Pablo, evidentemente, debe su ascenso a torpes maquinaciones, única manera de prosperar bajo el injusto sistema capitalista, raíz de todos los males y miserias, según proclaman libros y revistas y repiten políticos e intelectuales.

La descripción que hace Lenin en su ensayo más popular, del “control de la producción y la distribución”, refleja exactamente la petulancia de los empleados y su errónea creencia de que los trabajos subalternos pueden equipararse a la actividad empresarial. Ni Lenin ni la mayoría de sus camaradas revolucionarios quisieron nunca analizar cómo funciona la economía de mercado en realidad. Del capitalismo solo sabían que Marx lo había calificado como el peor de todos los males; ellos eran revolucionarios profesionales; la subversión constituía su meta; lo demás no les interesaba. No conocían otras rentas que las de los fondos del partido, fondos que se nutrían de voluntarias aportaciones en una mínima parte, mientras el grueso provenía de coacciones, chantajes y “expropiaciones violentas”.

Hubo, desde luego, compañeros revolucionarios que, exiliados en Europa central y occidental antes de 1917, desempeñaron ocasionalmente rutinarios empleos mercantiles. Pero lo único que Lenin sabía de la actividad empresarial derivaba de esta experiencia de simples empleados, rellenando impresos, copiando cartas, anotando cuentas y archivando papeles.

Sin embargo Lenin sí veía que la función empresarial era diferente de la labor realizada por “los ingenieros, peritos y demás personal técnico preparado”; estos especialistas, bajo el capitalismo, se limitan a cumplir las órdenes recibidas de los poseedores; bajo el socialismo (seguía pensando Lenin) se atendrán a lo que los “trabajadores armados” les manden. La función de capitalistas y empresarios quedaba reducida a “controlar el trabajo y la producción y distribución de las mercancías”. Aquí es donde quedaba corto el razonamiento porque hay más; bajo la égida del mercado la actividad empresarial exige determinar cuál sea la manera mejor de combinar los diversos factores de producción disponibles, de suerte que, en cada momento, resulten atendidas, en la mayor medida posible, las necesidades de los consumidores, o sea, resolver qué debe producirse, en qué cuantía y de qué calidad.

Desde luego Lenin no empleaba en este sentido el término “controlar”. No percibía, como autentico marxista que era, los problemas de la actividad productora bajo cualquier sistema social imaginable; olvidaba la escasez de los factores de producción disponibles; la incertidumbre de las futuras apetencias de los consumidores; la necesidad de decidir, entre la fantástica multiplicidad de procedimientos mecánicos que permiten producir una mercancía, aquel que menos oneroso resulte, para así no perturbar, en lo posible, la obtención de otros bienes también apetecidos.

En los escritos de Marx y Engels no se encuentra la menor referencia a tales cuestiones y, por eso, lo único que Lenin dedujo de los relatos parciales que le hacían aquellos camaradas ocasionalmente ocupados en despachos y oficinas acerca del funcionamiento de la empresa mercantil era que su mecánica exigía muchos papeles, fichas y números. Por ello, afirmaba que “la contabilidad y el control” son esenciales para la organización y el correcto funcionamiento de la sociedad. Pero “la contabilidad y el control” habían sido compendiados por el capitalismo hasta el máximo, convirtiéndose en operaciones extraordinariamente simples, fáciles, sencillas, consistentes en vigilar, registrar y documentar, (cosas al alcance de quien quiera supiera las cuatro reglas, leer y escribir.


La filosofía del empleado de oficina es esa misma.

Apocynaceae Plumeria rubra Málaga

Hojas de Plumeria rubra (Apocynaceae) en los jardines de la Catedral de Málaga, el 22 de abril de 2014.


Flores de Plumeria rubra (Apocynaceae) en el Paseo de Sancha de Málaga, el cinco de junio de 2014.


Flores de Plumeria rubra (Apocynaceae) en el Paseo de Sancha de Málaga, el cinco de junio de 2014.


sábado, 19 de diciembre de 2015

viernes, 18 de diciembre de 2015

Ludwig von Mises (1956) «La mentalidad anticapitalista» (I-6 El prejuicio anticapitalista de los intelectuales americanos)



El prejuicio anticapitalista de los intelectuales no es fenómeno exclusivo de este ni de aquel país. Pero en los Estados Unidos se manifiesta con carácter más general y agrio. Para explicar este hecho, en apariencia sorprendente, es preciso detenerse en el examen de esa institución llamada la sociedad; “le monde”, en francés.

Tal sociedad abarca, en Europa, a cuantos destacan. Los estadistas y líderes parlamentarios, los ministros y subsecretarios, los propietarios y directores de los principales diarios y revistas, los escritores famosos, hombres de ciencia, artistas, actores, músicos, ingenieros, abogados y médicos de fama forman, junto con distinguidos hombres de negocios y descendientes de familias patricias, la buena sociedad. Todos ellos se relacionan en cocktails y comidas, fiestas de caridad, presentaciones en sociedad y salones de arte; frecuentan los mismos restaurantes, hoteles y lugares de esparcimiento. Se complacen conversando de asuntos intelectuales, moda que, nacida en la Italia del Renacimiento, fue perfeccionada al calor de los salones de París, siendo después exportada a las principales ciudades de la Europa central y occidental. Las nuevas ideas encontraban allí un primer eco, antes de influir en círculos más amplios. No se puede estudiar la historia de las bellas artes y la literatura del siglo XIX sin percatarse del papel desempeñado por la sociedad, al estimular o desanimar a artistas, músicos y escritores.

Quien quiera gozaba de acceso a la repetida sociedad europea, cualquiera que fuese la actividad en que hubiese sobresalido. El ingreso resultaba tal vez facilitado a los ricos o a los de sangre distinguida. Pero ni el dinero ni el linaje otorgaban a nadie prestigio particular frente a quienes habían triunfado en el área intelectual. Los astros de los salones parisienses no eran los millonarios, sino los miembros de la Académie française. Los intelectuales ocupaban el primer plano; los demás procuraban al menos aparentar vivo interés por los problemas  del intelecto.

Esta sociedad resulta, en cambio, desconocida en USA. La society yanqui prácticamente queda limitada a las familias más ricas. Abismo insalvable separa a los triunfantes hombres de negocios de los escritores, artistas y científicos de fama; entre ambos grupos apenas si existen contactos personales. Quienes figuran en el Social Register no se relacionan con quienes modelan la opinión pública, con los precursores de ideas que determinaran el futuro. La mayor parte de la buena sociedad americana ni se interesa por los libros ni por el pensamiento. Se reúne para jugar a las cartas, cotillear o hablar de deportes antes que de temas culturales. Pero incluso la jet society que lee y se cultiva, raramente comunica con científicos y artistas.

Cabe hallar explicación histórica a tal realidad. Sin embargo ello no restaña la herida de la intelectualidad. Los escritores, los estudiosos y los artistas americanos tienden a considerar al opulento hombre de negocios como un bárbaro, preocupado tan solo por ganar dinero. El catedrático desprecia a aquellos de sus alumnos a quienes inquieta mas el éxito del equipo universitario que el triunfo científico, considerándose vejado al advertir que un posible entrenador de fútbol gane más que un eminente filosofo. Los investigadores, que continuamente mejoran los métodos de producción, odian a los empresarios, a los que acusan de atender solo las consecuencias monetarias de su labor estudiosa. Es significativo que haya tantos socialistas y comunistas entre los físicos actuales. Para agravar aun más las cosas resulta, de un lado, que tales científicos se oponen terminantemente a estudiar doctrina económica alguna y, de otro, que todos los profesores a quienes abordan les aseguran de la intima malignidad de un sistema económico basado en el lucro y en el beneficio personal.

Siempre que una clase social se aísla del resto de la nación y, sobre todo, de los mentores intelectuales, como hace la sociedad americana, deviene blanco de crítica. El aislacionismo de los americanos ricos, en cierta manera, les condena al ostracismo. Ellos se precian de constituir una casta distinguida, pero la verdad es que los demás no lo entienden así. Su buscada segregación les separa, encendiendo animosidades que impelen a la intelectualidad a abrazar tendencias anticapitalistas.

Apocynaceae Nerium oleander Málaga

Floración de Nerium oleander (Apocynaceae) en la Avenida de Salvador Allende de Málaga, el catorce de junio de 2014.


Floración de Nerium oleander (Apocynaceae) en la Calle Obsidiana de Málaga, el cinco de junio de 2014.


Floración de Nerium oleander (Apocynaceae) en la Calle Obsidiana de Málaga, el cinco de junio de 2014.


Floración de Nerium oleander (Apocynaceae) en la Calle Obsidiana de Málaga, el cinco de junio de 2014.


Floración de Nerium oleander (Apocynaceae) en la Calle Obsidiana de Málaga, el cinco de junio de 2014.


jueves, 17 de diciembre de 2015

Ludwig von Mises (1956) «La mentalidad anticapitalista» (I-5 El resentimiento de los intelectuales)

http://www.libertadyresponsabilidad.org/wp-content/uploads/2012/11/la-mentalidad-anticapitalista-von-mises.pdf


Generalmente tal hombre medio no trata con quienes lograron triunfar en mayor proporción que él. Se mueve en el círculo de otros hombres vulgares y alterna poco con los superiores. No puede, pues, advertir directamente aquellas prendas que permiten al empresario servir con éxito a los consumidores. En su caso el resentimiento y la envidia no se dirigen por tanto, contra seres de carne y hueso, sino contra pálidas abstracciones, tales como el capital, la dirección, Wall Street. Es difícil odiar a tales desdibujados fantasmas con aquella amarga virulencia que suscita el adversario con quien se pugna a diario.

De ahí que el caso resulte diferente para aquellos que, por particulares circunstancias laborales o por vinculaciones familiares, mantienen contacto personal con quienes cosecharon unas recompensas que (entienden) les sustrajeron a ellos. El resentimiento en estos supuestos es mayor, más doloroso, pues lo engendra el contacto directo con seres corporales. Condenan al capitalismo porque prefirió a otros para los cargos que ellos ambicionaban.

Tal es el caso de los intelectuales. Veamos a los médicos por ejemplo. Su ocupación y habitual contacto les recuerda a diario que pertenecen a una profesión que clasifica y ordena con extraordinario rigor según la respectiva capacidad. Los más eminentes, aquellos que investigan y descubren, cuyas enseñanzas los demás han de aprender y practicar si quieren mantenerse al día, fueron amigos no ha mucho, compañeros de facultad y trabajaron juntos como internos. Se siguen viendo en congresos y asambleas, a la cabecera de pacientes y en fiestas de sociedad. Algunos son amigos personales del resentido, manteniendo con él relación frecuente; le tratan con la mayor cortesía; siempre “querido colega”. Pero descuellan en la estimación publica y en la cuantía de sus honorarios; le superaron y ahora pertenecen a distinta categoría; al compararse con ellos se siente humillado, si bien ha de vigilarse, cuidando de no dejar traslucir ni rencor ni envidia. Disimula por tanto, desviando la ira hacia diferente blanco; prefiere denunciar la organización económica de la sociedad, el nefando sistema capitalista. Bajo otro orden más justo su capacidad y talento, su celo y logros, le hubieran sido debidamente premiados.

Lo mismo ocurre con abogados y profesores, artistas y actores, escritores y periodistas, arquitectos y científicos, ingenieros y químicos. Muchos de ellos también se sienten frustrados, vejados por la elevación del colega, antiguo camarada y compañero. Las normas éticas y de conducta profesional encubren la competencia tras un velo de amistosa fraternidad, lo que hace aun más amargo el resquemor.

Como decíamos el intelectual odia al capitalismo por cuanto encarna en viejos amigos cuyo éxito le duele; inculpa al sistema de la frustración de unas ambiciones que su personal vanidad hizo desmedidas.


Apocynaceae Mandevilla sanderi Málaga Avenida de Cervantes

Flores de Mandevilla sanderi (Apocynaceae) en la Avenida de Cervantes, de Málaga, el diecinueve de mayo de 2014.


martes, 15 de diciembre de 2015

Apocynaceae Cascavela thevetia Málaga Parque de Huelin

Flores de Cascavela thevetia (Apocynaceae) en el Parque de Huelin (Málaga) el dos de mayo de 2014.



Ludwig von Mises (1956) «La mentalidad anticapitalista» (I-4 El resentimiento de la ambición frustrada)

http://www.libertadyresponsabilidad.org/wp-content/uploads/2012/11/la-mentalidad-anticapitalista-von-mises.pdf


Consignado lo anterior, vamos a intentar comprender por qué la gente odia al capitalismo.

Puede el sujeto, en una sociedad estamental, atribuir la adversidad de su destino a circunstancias ajenas a sí mismo. Le hicieron de condición servil y por eso es esclavo. La culpa no es suya; de nada tiene por qué avergonzarse. La mujer, que no se queje, pues si le preguntara: “¿Por qué no eres duque? Si tú fueras duque yo sería duquesa”, el marido le contestaría: “Si mi padre hubiera sido duque, no me habría casado contigo, tan villana como yo, sino con una linda duquesita, ¿por qué no conseguiste mejores padres?”

La cosa ya no pinta del mismo modo bajo el capitalismo. La posición de cada uno depende de su respectiva aportación. Quien no alcanza lo ambicionado, dejando pasar oportunidades, sabe que sus semejantes le juzgaron y postergaron. Ahora sí, cuando su esposa le reprocha: ¿Por qué no ganas más que ochenta dólares a la semana? Si fueras tan hábil como tu antiguo amigo Pablo serias encargado y viviríamos mejor”, se percata de la propia humillante inferioridad.

La tan comentada deshumana dureza del capitalismo estriba precisamente en eso; en que de momento se trata a cada uno según haya contribuido al bienestar de sus semejantes. El grito marxista “a cada uno según sus merecimientos” se cumple rigurosamente en el mercado, donde no se admiten excusas ni personales lamentaciones. Cada cual advierte que fracasó donde otros triunfaron, otros que arrancaron en gran numero del mismo punto de donde partió el interesado. Y lo que es peor, tales realidades constan a los demás. En la mirada familiar lee tácito reproche: “¿por qué no fuiste mejor?” La gente admira a que triunfa, contemplando al fracasado con menosprecio y pena.

Precisamente se reconviene al capitalismo el otorgar a todos la oportunidad de alcanzar las posiciones más envidiables, posiciones que, naturalmente, solo pocos alcanzaran. Cuanto en la vida consigamos nunca será más que fracción mínima de lo ambicionado originariamente.

Tratamos con gentes que lograron lo que nosotros no pudimos alcanzar. Hay quienes nos aventajaron y alimentamos subconscientes complejos de inferioridad a su respecto. Tal sucede al vagabundo que mira al trabajador estable; al obrero ante el capataz; al empleado frente al director; al director para con el presidente; a quien tiene trescientos mil dólares cuando contempla al millonario. La confianza en sí mismo, el equilibrio moral se quebranta al ver pasar a otros de mayor habilidad y superior capacidad para contentar a los demás. La propia ineficacia queda de manifiesto.

Justus Moser inicia la larga serie de autores alemanes opuestos a las ideas occidentales de la ilustración, del racionalismo, del utilitarismo y del laissez faire. Le irritaban los nuevos modos de pensar que hacían depender los ascensos en la milicia y en la administración pública del merito, de la capacidad, haciendo caso omiso de la cuna y el linaje, de la edad biológica y de los años de servicio. Insoportable seria, decía Moser, la vida en una sociedad donde todo dependiera exclusivamente de la valía individual. Somos proclives a sobreestimar nuestra capacidad y nuestros merecimientos; de ahí que, cuando la posición social viene condicionada por factores ajenos, quienes ocupan lugares inferiores toleran la situación (las cosas son así) conservando intacta la dignidad y la propia estima, convencidos de que valen tanto o más que los otros. En cambio varía el planteamiento si solo decide el merito personal; el fracasado se siente humillado; rezuma odio y animosidad contra quienes le superan.

Pues bien, esa sociedad en la que el merito y la propia ejecutoria determinan el éxito o el hundimiento es la que el capitalismo, apelando a la mecánica del mercado y de los precios se extendió por donde pudo.

Moser, coincidamos o no con sus ideas, no era desde luego tonto; predijo las reacciones psicológicas que el nuevo sistema iba a desencadenar; adivinó la revuelta de quienes flaquearían puestos a prueba.

Y efectivamente, tales personas buscan siempre socorredor chivo expiatorio para consolarse y recuperar la confianza propia. El fracaso, piensan, no les es imputable; ellos son tan brillantes, eficientes y diligentes como quienes les eclipsan. Es el prevalente orden social la causa de su desgracia; no premia a los mejores; en cambio galardona a los malvados carentes de escrúpulos, a los estafadores, a los explotadores, a los “individualistas sin entrañas”. La honradez propia perdió al interesado; era el demasiado honesto; no quería recurrir a las bajas tretas con que los otros se encumbraron. Bajo el capitalismo hay que optar entre la pobreza honrada o la turbia riqueza; él prefirió la primera.

Esa ansiosa búsqueda de víctima propiciatoria constituye reacción propia de quienes viven bajo un orden social que premia a cada uno con arreglo a su propio merecimiento, es decir, según haya podido contribuir al bienestar ajeno. Bajo tal orden social quien no ve sus ambiciones plenamente satisfechas se convierte en rebelde resentido. Los zafios se lanzan por la vía de la calumnia y la difamación; los más hábiles, en cambio, procuran enmascarar el odio tras filosóficas lucubraciones anticapitalistas. Tanto aquellos como estos lo que desean en definitiva es ahogar denunciadora voz interior; la conciencia íntima de la falsedad de la propia crítica alimenta su fanatismo anticapitalista.


Según veíamos tal frustración surge bajo cualquier orden social basado en la igualdad de todos ante la ley. Sin embargo sólo es ésta culpable indirectamente del resentimiento, pues tal igualdad lo único que hace es poner de manifiesto la innata desigualdad de los mortales por lo que se refiere al respectivo vigor físico e intelectual, fuerza de voluntad y capacidad de trabajo. Resalta, eso sí, despiadadamente el abismo existente entre lo que, en verdad, cada uno realiza y la valoración que el propio sujeto concede a su ejecutoria. Sueña despierto quien exagera la propia valía, gustando de refugiarse en un mundo onírico “mejor”, donde cada uno sería recompensado con arreglo a su “verdadero” mérito.

lunes, 14 de diciembre de 2015

Ludwig von Mises (1956) «La mentalidad anticapitalista» (I-3 Sociedad estamental y sociedad capitalista).



Antes de contestar a estas preguntas es necesario poner de relieve los rasgos distintivos del capitalismo frente a los de una sociedad de tipo feudal o estamental.

La gente suele asimilar a empresarios y capitalistas con los nobles señorones de la sociedad esencialmente clasista de los siglos medievales y de la edad moderna. La comparación se basa en la semejanza patrimonial de unos y otros. Sin embargo tal paralelo pasa por alto la diferencia existente entre la riqueza de un aristócrata de tipo feudal y la del “burgués” capitalista.

Aquella no constituía fenómeno de mercado, no derivaba de haber producido bienes o servicios voluntariamente adquiridos por los consumidores; en el enriquecimiento y el empobrecimiento de los grandes los consumidores nada tenían que decir, ni entraban ni salían. Las fortunas de los aristócratas procedían de bélico botín o de la liberalidad de otro expoliador y se desvanecían por revocación del donante o por ajeno asalto armado (también cabía que el prodigo las malbaratara). Aquellos ricos no se hallaban al servicio de los consumidores; el pueblo llano no contaba para ellos.

Empresarios y capitalistas, en cambio, se enriquecen gracias al cliente que patrocina sus negocios. Si no son agiles y saben adaptarse a la nueva situación quiebran tan pronto como otro fabricante accede al mercado con cosas mejores o más baratas.

No vamos, desde luego, a entrar en los antecedentes históricos de castas y clases, de categorías hereditarias, de derechos exclusivos, de privilegios e incapacidades personales. Importa aquí señalar tan solo que tales instituciones repugnan al mercado; resultan incompatibles con el sistema capitalista libre de entorpecimientos. Solo cuando tales discriminaciones fueron abolidas, implantándose el principio de la igualdad de todos ante la ley, pudo gozar la humanidad de los beneficios que lleva aparejados la propiedad privada de los medios de producción.

En una sociedad basada en jerarquías, castas y estamentos, la posición de cada uno está de antemano prefijada. Se nace adscrito a una categoría social específica. Tal posición viene regulada rígidamente por leyes y costumbres que confieren concretos privilegios e imponen precisos deberes al interesado. La buena o la mala fortuna personal puede elevar o rebajar de categoría al sujeto en muy raras ocasiones; por lo general las condiciones de los distintos miembros de una clase solo mejoran o empeoran al cambiar las condiciones de todo el grupo social correspondiente. El individuo, no forma parte de la nación personalmente; es mero componente de un estamento y, como tal, sólo indirectamente se integra en el cuerpo nacional. No experimenta ningún sentimiento de comunidad ante el compatriota perteneciente a distinta clase social; percibe el abismo que le separa del rango ajeno, diferencia que ayer reflejaban incluso el habla y el vestido. Los aristócratas conversaban preferentemente en francés; el tercer estado empleaba la lengua vernácula mientras las clases humildes se aferraban a dialectos, jergas y argots incomprensibles fuera de estrechos círculos. El atavío de las distintas clases también era diferente; el mero aspecto exterior bastaba para delatar la condición estamental del paseante.

Lo curioso es que esa abolición de privilegios clasistas constituya precisamente la esencial objeción que los sensibleros admiradores de los “felices tiempos pasados” esgrimen contra el capitalismo. Se ha “atomizado” la sociedad; las antiguas agrupaciones “orgánicas” quedaron sustituidas por masas “amorfas”. El pueblo es soberano, sí, pero un “malsano materialismo” ha arrumbado las nobles normas que antes regían. Poderoso caballero es Don Dinero. Personas carentes de valía son ricas y nadan en la abundancia, mientras que otras más meritorias y dignas vagan por las calles sin blanca en el bolsillo.

Tal crítica presupone implícitamente altas virtudes en los aristócratas del ancien régime. Si gozaban de superior categoría y de mayores rentas ello sería debido a su preeminente cultura y calidad moral. No vamos a valorar conductas, pero el historiador nos hace notar que la alta nobleza estaba compuesta por los descendientes de soldados, cortesanos y “cortesanas”, quienes, con ocasión de las luchas políticas y religiosas de los siglos XVI y XVII, fueron lo bastante listos o afortunados como para sumarse al partido que, respectivamente, resulto vencedor en cada país.

Aunque los enemigos del mercado, ya sean conservadores o “progresistas”, discrepan entre sí al ponderar aquellas aristocráticas normas de vida, se muestran por el contrario concordes cuando condenan los principios básicos de la sociedad capitalista. No son los hombres de verdadero mérito quienes adquieren riqueza y prestigio; en cambio gentes indignas y frívolas lo consiguen todo mediante engaños y trapacerías. Ambos grupos, los conservadores y los “progres”, persiguen como objetivo cardinal la sustitución del evidentemente injusto sistema distributivo capitalista, por otras normas de distribución “más equitativas”.

Nadie ha dicho jamás, desde luego, que empresarios y capitalistas sean dechado de seraáficas virtudes. La democracia del mercado se desentiende del “verdadero” mérito, de la “íntima” santidad, de la “personal” moralidad, de la justicia “absoluta”.

Prosperan en la palestra mercantil, libre de trabas administrativas, quienes se preocupan y consiguen proporcionar a sus semejantes lo que estos desean con mayor apremio en cada momento. Los consumidores, por su parte, se atienen exclusivamente a sus propias necesidades, apetencias o caprichos. Esa es la ley de la democracia capitalista. Los consumidores son soberanos y exigen ser complacidos.

A millones de personas les gusta la Pinka-Pinka, bebida preparada por la multinacional Pinka-Pinka Internacional Co. No menor es el número de quienes disfrutan con las novelas policiacas, las películas “de miedo”, los periódicos sensacionalistas, las corridas de toros, el boxeo, el whisky, los cigarrillos, el chicle. Los votantes apoyan abrumadoramente a políticos armamentistas, belicosos y provocadores. Dadas tales realidades notorias, se enriquecen en el mercado quienes del modo más cumplido y más barato satisfacen dichas voluntades. No son teóricas valoraciones lo que cuenta, sino efectivas apreciaciones expresadas por las gentes, comprando o absteniéndose de comprar. Cabría decirle, a modo de consejo, al despechado que critica la mecánica mercantil: “Si lo que Vd. desea es hacerse rico, procure complacer al público, ofreciéndole algo o más barato o más apetecible que aquello que ahora se le está brindando; intente superar a la Pinka-Pinka elaborando otra bebida; gracias a la igualdad ante la ley está usted facultado para competir con los mas engreídos millonarios  en un mercado libre; superar al rey del chocolate, a la estrella de cine o al campeón de boxeo; finalmente tenga presente que en modo alguno se cercena su personal derecho a despreciar todas las riquezas, que posiblemente alcanzara en la industria textil o en el boxeo profesional, a cambio de componer poético soneto o filosófico ensayo. Ganará usted entonces menos dinero, pero eso es todo.” Tal es la ley de la democracia económica del mercado, según indicábamos. Los que satisfacen las apetencias de grupos minoritarios obtienen menos votos (dólares) que quienes se pliegan a los deseos de círculos más amplios. Cuando se trata de ganar dinero, la estrella de cine supera al filósofo y el fabricante de Pinka-Pinka al maestro sinfónico.


Los grandes ingresos y los más altos cargos, están, en principio, a disposición de todos bajo la consustancial sistemática del mercado. Pero luego viene la cicatera realidad y ella sí discrimina entre los mortales. Hay circunstancias personales, congénitas o adquiridas, que hacen que el área de actuación propia tenga rigurosa delimitación. Un abismo separa al necio del perspicaz; a quien sabe pensar por su cuenta de quien solo repite ajenas y mal interpretadas sandeces.

Carissa macrocarpa (Apocynaceae) Plaza de Manos Unidas Málaga

Flores de Carissa macrocarpa (Apocynaceae) en la Plaza de Manos Unidas, de Málaga, el veintiuno de febrero de 2014.



Espinas de Carissa macrocarpa (Apocynaceae) en la Plaza de Manos Unidas, de Málaga, el veintiuno de febrero de 2014.
Fruto de Carissa macrocarpa (Apocynaceae) en la Plaza de Manos Unidas, de Málaga, el veintiuno de febrero de 2014.


domingo, 13 de diciembre de 2015

Apocynaceae Beaumontia grandiflora Parque de Málaga

Ejemplar de Beaumontia grandiflora (Apocynaceae) en el Parque de Málaga el dieciocho de marzo de 2014.


Hojas de Beaumontia grandiflora (Apocynaceae) en el Parque de Málaga el dieciocho de marzo de 2014.


Flores de Beaumontia grandiflora (Apocynaceae) en el Parque de Málaga el dieciocho de marzo de 2014.