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viernes, 26 de febrero de 2016

Arecaceae Coccothrinax alta Parque de Málaga

Coccothrinax alta (Arecaceae) en el Parque de Málaga el veintinueve de enero de 2016.


Tronco de Coccothrinax alta (Arecaceae) en el Parque de Málaga el veintinueve de enero de 2016.


miércoles, 24 de febrero de 2016

Conferencia de Francisco Capella “Religión y libertad” (veintiséis de septiembre de 2015) Instituto Juan de Mariana (Madrid).



REFERENCIAS

Richard Dawkins: “The God delusion” (“El espejismo de Dios”)

Daniel Dennett: “Breaking the Spell: Religion as a Natural Phenomenon” (“Romper el hechizo: la religión como un fenómeno natural”)

Sam Harris:
Letter to a Christian Nation” (“Carta a una nación cristiana”)
The End of Faith: Religion, Terror, and the Future of Reason” (“El fin de la fe: la religión, el terror y el futuro de la razón”)
Waking Up: A Guide to Spirituality Without Religion” (“Despertar: una guía para una espiritualidad sin religión”)

Christopher Hitchens: “God Is Not Great: How Religion Poisons Everything” (“Dios no es bueno”)

Pascal Boyer: “Religion Explained: The Evolutionary Origins of Religious Thought

David Sloan Wilson: “Darwin's Cathedral: Evolution, Religion, and the Nature of Society

Ara Norenzayan: “Big Gods: How Religion Transformed Cooperation and Conflict

Jesse Bering: “The Belief Instinct: The Psychology of Souls, Destiny, and the Meaning of Life

Nicholas Wade: “The Faith Instinct” (“El instinto de la fe”)

Robert Wright: “The Evolution of God

Jerry Coyne: “Faith Versus Fact: Why Science and Religion Are Incompatible

Ajit Varki & Danny Brower:Denial: Self-Deception, False Beliefs, and the Origins of the Human Mind

Lewis Wolpert: “Six Impossible Things Before Breakfast: The Evolutionary Origins of Belief” (“Seis cosas imposibles antes del desayuno: los orígenes evolutivos de las creencias”)

Bruce Hood: “SuperSense: Why We Believe in the Unbelievable[«The Science of Superstition: How the Developing Brain Creates Supernatural Beliefs»]

James Randi: “Flim-Flam! Psychics, ESP, Unicorns, and Other Delusions” (“Fraudes paranormales”)

Victor Stenger: “God: The Failed Hypothesis: How Science Shows that God Does Not Exist

Jim Holt: “Why Does the World Exist? An Existential Detective Story

Elaine Pagels: “The Origin of Satan: How Christians Demonized Jews, Pagans, and Heretics” (“El Origen de Satán”)

Michael Shermer:
Why People Believe Weird Things: Pseudoscience, Superstition, and Other Confusions of Our Time” (“Por qué creemos en cosas raras : pseudociencia, superstición y otras confusiones de nuestro tiempo”)
 The Borderlands of Science: Where Sense Meets Nonsense” (“Los fronteras de la ciencia: entre la ortodoxia y la herejía”)
 How We Believe: The Search for God in an Age of Science
“The Science of Good and Evil: Why People Cheat, Gossip, Care, Share, and Follow the Golden Rule”
 “Science Friction: Where the Known Meets the Unknown
 “Why Darwin Matters: The Case Against Intelligent Design
 “The Mind of The Market: Compassionate Apes, Competitive Humans, and Other Tales from Evolutionary Economics
 “The Believing Brain: From Ghosts and Gods to Politics and Conspiracies—How We Construct Beliefs and Reinforce Them as Truths
 “The Moral Arc: How Science and Reason Lead Humanity toward Truth, Justice, and Freedom

Karen Armstrong:
A History of God: The 4,000-Year Quest of Judaism, Christianity and Islam
The Case for God
Fields of Blood: Religion and the History of Violence

Paul Davies:
The Mind of God: The Scientific Basis for a Rational World” (“La mente de Dios”)
Dios y la nueva física

Amir Aczel: “Why Science Does Not Disprove God

Francis Collins: “The Language of God: A Scientist Presents Evidence for Belief” (“¿Cómo habla Dios? La evidencia científica de la fe”)

Michael Behe: “The Edge of Evolution: The Search for the Limits of Darwinism

Frank Tipler:
The Physics of Immortality: Modern Cosmology, God and the Resurrection of the Dead” (“La física de la inmortalidad: la cosmología moderna y su relación con Dios y la resurrección de los muertos”)
 The Physics of Christianity

Francisco Rubia: “La conexión divina”

José Antonio Marina:
Dictamen sobre Dios
Por qué soy cristiano

Textos sagrados: Biblia, Corán, Vedas...

Richard Swinburne

Alvin Plantinga

John Polkinghorne

Olegario González de Cardedal

Discovery Institute

John Templeton Foundation

Arecaceae Chambeyronia macrocarpa Parque de Málaga

Chambeyronia macrocarpa (Arecaceae) en el Parque de Málaga el nueve de junio de 2014.


martes, 23 de febrero de 2016

Arecaceae Chamaerops humilis Málaga Puente de las Américas

Chamaerops humilis (Arecaceae) en los jardines del Puente de las Américas, Málaga, el veintidós de febrero de 2014.





Inflorescencias e infrutescencias de Chamaerops humilis (Arecaceae) en los jardines del Puente de las Américas, Málaga, el veintidós de febrero de 2014.


lunes, 22 de febrero de 2016

jueves, 18 de febrero de 2016

Arecaceae Gaussia maya Parque de Málaga

Gaussia maya (Arecaceae) en el Parque de Málaga el veintinueve de enero de 2016.


Inflorescencia de Gaussia maya (Arecaceae) en el Parque de Málaga el catorce de febrero de 2014.



Luis Espinosa Goded entrevista a Antonio Escohotado (1. Vida)


Luis Espinosa Goded (profesor de la Universidad San Francisco de Quito) entrevista a Antonio Escohotado para Libertario.es en agosto de 2015.



Luis Espinosa Goded: ¿Cómo presentarle? ¿Filósofo?

Antonio Escohotado: Yo creo que estudioso.

L. E. G.: ¿Qué es la filosofía? ¿Qué es ser filósofo?


A. E.: Eso es muy vasto. Filosofar es interesarse por el saber. Cuando el interés se concreta en ir recopilando opiniones de otros sobre un asunto, hay la debida humildad y el debido tesón para sacar adelante algo.

L. E. G.: ¿Se filosofa sobre la filosofía o se filosofa sobre algo?

A. E.: Des de Kant se supone que en realidad la filosofía reflexiona sobre sí misma, puesto que el espacio y el tiempo no son tanto realidades exteriores como, ante todo, formas de ordenar la experiencia. Entonces, desde Kant, la filosofía es teoría del conocimiento. Antes era ontología, es decir, saber acerca del ser. En este caso, como en todos, el silogismo disyuntivo: “o… o”, falla, y lo único que se acerca a la realidad es el silogismo analógico: “esto, lo otro y… lo demás”.

L. E. G.: Usted es una persona comprometida a ser feliz y ha sido feliz a través del trabajo y del conocimiento…

A. E.: Hubo un tiempo, hará como veinticinco o treinta años que se puso de moda, entre los escritores, hacer libros sobre “el secreto de la felicidad”, “¿en qué consiste la felicidad?” A mí siempre me sorprendió mucho, porque por un lado debo reconocer que he sido muy dichoso y lo sigo siendo y además no exactamente por quedarme en casa y guardarme entre algodones, porque la verdad es que me han gustado las aventuras, me he metido en las cosas. Antes y ahora no perdono una ofensa sin intentar vengarla. Todo esto no sería el caldo de cultivo más perfecto para la felicidad, pero a mí me va de miedo.

L. E. G.: El ser valiente frente al miedo es una constante en su vida…

A. E.: Muchas veces el miedo, queriendo huir de la anticipación del dolor nos lleva a tener dolor y medio o dos dolores. No hay que ser temerario, para nada, pero tampoco hay que ser pusilánime ni cobarde. La cobardía es castigada severísimamente por la naturaleza

L. E. G.: Podemos empezar hablando de sus primeros años en Brasil y su regreso a España…

A. E.: Aquello fue verdaderamente un golpe. El mundo nacional-católico, donde los militares iban siempre vestidos de militares, por todas partes. Los grises, que eran la única gente un poco gordita de aquel país escuchimizado, los curas ubicuos… Aquello fue de mal en peor. Del colegio quisieron echarme varias veces acusándome de cosas como meter un sapo en el sagrario… Yo creo que el padre San Martín, que es el que insistía en esto, manejó una hipótesis sin pruebas… Llegué a enfadarme de tal manera que de milagro no maté a algún mando en el ejército… Si llego a hacerlo no estaríamos haciendo la entrevista. Se hubiera acabado mi vida al amanecer del día siguiente. Pero llegaron a indignarme tanto que la mera idea de que a mí me dieran órdenes sin parar, de la mañana a la noche, ¡firmes! ¡Descansen!, todo esto, “mi coronel”, “mi capitán”, “mi sargento”… Hicieron de mí un anarquista salvaje. Y gracias a Dios la cosa se frenó un poco, porque si no, el camino para eso es, como alguna vez ha comentado, las embajadas de Libia y de Irak, que estaban abiertas en Madrid y donde se ofrecía mucho dinero con tal de que te metieras a trabajar para la revolución palestina…

L. E. G.: Usted llegó a tener contacto con Carlos y aquel mundo de los setenta…

A. E.: Todos los rojos-rojos llegamos a tener relación con esa ciénaga de Arafat y la revolución palestina. Yo no he llegado a conocer a Carlos, por ejemplo, pero menudo personaje, sí.

L. E. G.: Usted vivió en aquel tiempo la violencia como una opción…

A. E.: Yo no soy anti violencia por definición. Creo (no creo, creo es un verbo que me desagrada)… La violencia es indeseable porque lo deseable, sustancialmente, es la paz. Y el que no practique la paz es un miserable. Lo que pasa es que ante la violencia de otro uno tiene derecho a defenderse y no sólo uno… tiene derecho a ejercer la legítima defensa de otro, como bien aclara el código penal de todos los países del mundo. La violencia, finalmente, sólo puede combatirse con la violencia.

L. E. G.: ¿Y la idea de la violencia para traer un orden nuevo?

A. E.: Pero lo que hacen es abrir un nuevo frente de ataque. Son defensas imaginarias. Son canalladas, por decirlo con un término más sencillo. Recuerdo de “La emboscadura”, el libro de Jünger, dice cuando quisieron los nazis hacer cierto censo en Berlín, se presentaron en la casa de un señor que, simplemente, no estaba dispuesto y en el rellano de sus casa mató a tres. Luego subieron más y le mataron a él. Pero comenta Jünger: “si hubiese habido simplemente diez ciudadanos como aquel, no habríamos padecido el Tercer Reich”.

L. E. G.: Su padre vivió aquella derrota en la victoria de cierto bando vencedor de la incivil guerra… ¿cómo entiende ahora la desazón de su padre cuando volvió a aquel Madrid, desde Brasil?

A. E.: Papá fue de todo. Hizo la carrera de derecho… Si tomaba cinco años, probablemente a él le tomó siete, por los suspensos. Toreaba en las capeas de pueblo. Era capaz de hablar versificando, durante largo rato, una hora o dos horas. Tenía un encanto, una gracia humana, como decía él… Te nía un agujero en el bolsillo, era la generosidad misma. Era muy colérico también. No tenía buen vino, pero afortunadamente bebía poco. Para papá volver del Brasil fue como para mí, sólo que yo no tenía que escribir un artículo todos los días y papá sí. Y esto le amargó. Empezó a hacer refritos. Fue desesperante y, aunque había sido tan importante en la gestación de la Falange… Le siguieron ofreciendo grandes puestos. Director del Instituto de España en París o en Roma, el primer director de Televisión Española fue papá. Pero luego no iba. Entró en depre y lo que quería es morirse y, afortunadamente, el hombre consiguió morirse en poco rato. Cinco o seis años le duró de mal rollo y luego le vino una úlcera y, como tenemos ese problema de hemofilia en la familia, no se cierran las heridas, y entonces le suturaron la úlcera; se le volvió a abrir, volvieron a intervenir, volvieron a cerrarla y ya el hombre no pudo aguantar y murió de in infarto, claro, que es lo que pasa en este caso, entubado, el pobrecillo… Yo nací cuando mis padres llevaban diez años casados y creían que no iban a tener hijos, de manera que a mí me dieron un trato de favor en términos máximos. Yo les recuerdo como una masa de amor incontenible que desde entonces me obliga. Me obliga a estar a la altura del amor que me dieron mis padres.

L. E. G.: El amor obliga, y la cultura…

A. E.: Es que mamá era la pensadora de la casa, aunque en aquellos tiempos las mujeres no iban a ninguna parte… La que más leía, la que más reflexionaba. A quien me parezco yo es a mamá. De papá sólo saqué el mal genio. Los prontos de mal genio, los brotes de ira.

L. E. G.: ¿De aquella Falange y de aquella España qué ha quedado, qué sería rescatable…?

A. E.: Era gente inteligentísima. Esto son tonterías. Hay que contextualizar todo. En aquella España un hombre como Foxá, un hombre como Ridruejo, un hombre como Sánchez Mazas o Rosales… No tenían igual, no tenían ni remoto paralelo. Todos ellos fueron socialistas, pero en cuanto vieron la tostada, los comunistas, que era un partido hiperminoritario, entraron con mucho dinero, porque se lo dio Stalin, aparte de que se quedó con las setecientas toneladas del oro del Banco de España, una pequeña broma… Entonces, cuando se dieron cuenta de que la política del Frente Popular no era nada más que aprovechar a los comunistas para matar a trotskistas y para matar a la parte eugenésica que ellos consideran que sobra del cuerpo social, las clases medias y las clases altas… Pues entonces todos, rápidamente, se fueron de Besteiro, que es a quien votaban ¡pero todos! ¿Eh? Los que he mencionado antes fundaron un nuevo partido con un hombre que era un jovencito, José Antonio, que no es que ellos lo admirasen demasiado, sino que simplemente se había metido en política para defender a su padre que, efectivamente, fue la causa de la única época de prosperidad que España tuvo en varios siglos: la dictadura de Primo de Rivera, que además haya que llamarla dictablanda, porque prácticamente no fusiló a nadie. Y además no sólo es eso. Gracias al dinero que acumuló Primo de Rivera fue posible la victoria posterior y la pacificación de todo el norte de África. Cuidado con eso. Justamente después hubo el desembarco de Alhucemas y se acabó con aquel tipo de problemas.

L. E. G.: Pasada la mili…

A. E.: Acabé en un batallón de castigo. En vez de salir de bonito, de alférez, cobrado, batallón de castigo ¡qué desastre!

L. E. G.: ¿Se puso a estudiar derecho y filosofía? ¿Cuál fue primero?

A. E.: No, a la vez, a la vez. Papá me dijo que debía hacer derecho porque tenía más salidas. Tenía razón por las oposiciones y acabé saliendo adelante por oposiciones. Lo que pasa es que como era tan rojo, hacer la oposición natural para mis capacidades… Siempre me han sido fáciles las lenguas (soy políglota) y también la cultura general, que desde muy pequeño he sido muy curioso… De modo que la profesión que me iba ha sido diplomático. Pero esos eran unos niños pitongos de la mierda y no estaba yo dispuesto a nada parecido. De modo que empecé a hacer unas oposiciones al Tribunal de Cuentas. Es una cosa kafkiana. Cien temas de contabilidad pública. Aprendí contabilidad por un tubo. Y luego, increíble, mi tío, que era el ministro de hacienda entonces, Espinosa, acabó con las oposiciones del Tribunal de Cuentas para mayor desesperación, porque llevaba un año estudiando. Y mi madre le dijo “¡pero Juan José! ¿Qué haces?” Y le dijo “es que ahora está creándose un nuevo organismo, el Instituto de Crédito Oficial, y han salido unas oposiciones al Cuerpo Técnico, son difíciles, pero bueno, que se presente…”. Y ahí entré. Fue muy curioso, porque realmente entré de bedel y estuve de bedel cobrando seis meses. Y luego me convertí en Jefe de Servicios, con dos secretarias y un despachazo y llevando lo que llevé durante seis años en el ICO, que fue la concentración y fusión de empresas.

L. E. G.: ¿Qué aprendió de la Universidad de aquel entonces?

A. E.: Eran profesores mucho mejores que ahora. Hasta la ley Maravall, la del ochenta y dos, que creó el Departamento, que es una institución bolchevique, había un cierto valor del prestigio individual en la Universidad. Y había por lo mismo vocación porque eran muy escasos los sueldos y la gente, si quería ganar dinero, no se metía en la Universidad. Luego se han equilibrado un poco los sueldos, se ha hecho un poco más atractivo el sueldo de profesor, tanto en Instituto como en Universidad. Ha entrado toda una serie de gente no vocacional. Y sobre todo, a través del departamento y la nueva mentalidad, lo que es el prestigio, lo que es la promoción, el estudio, el mérito se han ido al garete.

L. E. G.: En el departamento se decide en conjunto con el personal administrativo…

A. E.: No sólo eso. El hecho de que tenga reuniones periódicas y en la mayor parte de las ocasiones no haya nada que hablar ni que solucionar, significa que los cinco, seis, diez, veinte que no son capaces de concitar la atención de otros en un periódico, en un libro, en un medio… aprovechan esas reuniones para lanzar monólogos y excursos interminables, obligando a los demás a soportarlo o a no ir a las reuniones. Entonces todos los departamentos de todas las universidades españolas, dominados por este tipo de personal, han acabado teniendo una importante cantidad de absentistas. Estos absentistas a su vez son odiados, preteridos, zancadilleados por los que se quedan. En el Departamento no sólo es que vota la señora de la limpieza, el representante de los administrativos de la propia Universidad, que ya son tres votos (si se calcula el absentismo ya entonces se convierten en treinta)… Es que el departamento está ahí para decir que “o me cortejas o te vas a la mierda”. Y claro, algunos no les cortejamos y les pasa lo que pasa.

L. E. G.: ¿Usted lo dice por experiencia? ¿Porque cuando trabajaba en el ICO ya trabajaba en la Universidad?

A. E.: Claro, claro. Yo fui profe de derecho desde… A mí me jubilaron… Cuando yo me retiré obligado tenía cuarenta y dos años reconocidos de servicios. Y el primer cargo que tuve fue ayudante de clases prácticas en “Filosofía del derecho” y ayudante de “Fundamentos de filosofía” en Políticas. Simultáneo ¿eh?

L. E. G.: Simultáneo a una vida nocturna intensa…

A. E.: ¡Oh! Yo hacía una vida loca. Yo no dormía. Yo llegaba de la oficina a las tres y me ponía a dormir. Me despertaba a la diez o las once y entonces ya empalmaba. Estudiaba toda la noche y me iba a trabajar.

L. E. G.: Estudiaba a Hegel…

A. E.: ¡No, no! Tuve una época en que devoré todo lo que es la metafísica tradicional: Platón, el movimiento neoplatónico, el movimiento gnóstico… el saber antiguo, las escuelas socráticas, Hermes Trismegisto, y luego, por supuesto, también la escolástica: Escoto Erígena, Pseudo Dionisio Areopagita… Todo esto así…

L. E. G.: Todo esto pasó factura… ¿no tuvo un ataque…?

A. E.: ¡Ah! Tuve un ataque epiléptico. Fue porque estaba intentando retener demasiadas palabras diarias de alemán. Quería hacerme un aprendizaje del alemán en demasiado poco tiempo. Y también es mucho decir. Yo sólo sé que tuve un ataque, no demasiado espectacular, pero me desperté con las secretarias y el abogado del Estado ahí, diciendo “¿qué le pasa, qué le pasa?

L. E. G.: Pero en aquel tiempo participaba de la vida nocturna madrileña, que era especialmente intensa…

A. E.: El socialismo comunista está muy vinculado a la promiscuidad sexual. Desde el libro de August Bebel, “La mujer y el socialismo”, parecen costumbres burguesas la monogamia, parece una costumbre burguesa castigar el adulterio. En aquellos tiempos se cultivaba, como también en Estados Unidos y en otras partes de Europa, la Orgía, las camas redondas, todo esto que espantaba a muchos pero a otros les encantaba. Así se rompieron cientos de matrimonios y cientos de bunas amistades, naturalmente. Yo tenía que acostarme con unas feongas horrendas, pero por política, chico. En cambio mi mujer, que era un megabombonazo, era la más guapa de todas, también tragando lo mismo que yo, pues por política. Porque era la revolución sexual. Yo me casé a los veinticuatro, cuando termino la carrera, en el sesenta y cuatro.

L. E. G.: Con una mujer preciosa…

A. E.: ¡Maravillosa! Había una actriz entonces muy famosa, llamada Ornella Muti, que era la única comparable en “sex appeal” con Brigitte Bardot, y Cristina era… Bueno, por cierto, Cristina nunca participó en estas cosas de las orgías ¡qué tontería acabo de decir! Sólo yo. ¡Vamos, qué tontería! Mentira.

L. E. G.: ¿Tiene una idea de cuánto ha leído?

A. E.: No sé qué decirte. Me imagino que habrá muchos que han leído tanto como yo. En mi tiempo había uno que leía tanto como yo y que yo creo que sigue siendo profesor, quizá emérito en Barcelona, y que es el único que ha hecho una historia de la filosofía en castellano muy buena, que es Felipe Martínez Marzoa. Es catedrático de historia de la filosofía en Barcelona. Felipe era tan estudioso como yo o más. Pero es que a nosotros nos interesaba la fuente primaria. No nos conformábamos con el Jaeger como manual sobre los griegos, o el Cassirer…

L. E. G.: Usted no habla con mucho cariño de la Universidad, después de sus cuarenta y dos años de docencia…

A. E.: A mí me ha pasado. Yo he tenido ayudantes que, para cumplir lo del sexenio de investigación, tienen que hacer un artículo, que no quieren hacer, pero que lo hacen para ver si consiguen que los incluyan y les den el sexenio… Entonces, como les da pereza, por ejemplo, leer a Weber o a Cassirer, pues preguntarme a mí “oye, ¿me orientas?, ¿me dices en qué página está eso?, porque seguro que tú lo sabes, porque tienes los libros anotados y tal…” Y yo riéndome y diciendo “¿será posible? Si estás de profesor como yo y, además, estás en la fase en que tienes que hacer méritos… ¿cómo puedes ser un perezoso en este nivel?” Pero con eso lo que te ganas es un enemigo de por vida.

L. E. G.: Y Amazon se quedó sorprendido…

A. E.: Sí, Amazon dice que soy en que más compra libros en los últimos dos años, sí. De los españoles, sí. Me ha regalado un par de volúmenes. Pero en cambio no he conseguido que la Agencia Tributaria los incluya como gastos. Lo he presentado y no, la Agencia Tributaria no los considera porque no está incluido el IVA ni está en forma de factura con no sé qué de no sé cuanto. Tengo cinco mil euros de multa.

L. E. G.: ¿Cómo fue cuando quiso ser profesor titular de filosofía?

A. E.: Cuando acababa de salir del incidente de las drogas de Ibiza. En Ibiza he tenido varios problemas judiciales, pero ese fue el más grave… los anteriores fueron simplemente por cultivador de marihuana, pero ese ya me implicaba como un jefe de banda que tenía prostitutas, urbanizaciones y, por supuesto, tráfico de heroína y cocaína a gran escala… aquello fue un problema. Pues cuando salí de la detención preventiva aparecieron las famosas conversiones de adjuntos, que es como se nos llamaba entonces, en titulares. Nos presentamos unos siete mil y yo ya tenía mucho currículum, muchos artículos, cuatro libros publicados. Fui el único suspendido y, además, siete miembros del tribunal me pusieron cada uno un cero. Tribunal presidido por (…), con el secretario (…) y aquello fue un disgusto. Recurrí y, por no tomarse el trabajo de hacer un informe razonado para expulsarme, dijeron “no, pues lo hemos reconsiderado y le damos un cinco”. Todos mis compañeros habían pasado con un nueve noventa y cinco o nueve ochenta y siete, sí. ¿Qué le vamos a hacer? Pero esto fue menos grave que lo que me pasó justo antes de jubilarme, porque ya teniendo los seis sexenios de investigación, que no los tiene nadie, porque es el máximo que se pueden dar, me presenté a cátedra y otra vez, siete catedráticos me pusieron siete ceros, pero no en el ejercicio de memoria de cátedra, donde podían ser discrecionales, sino en el ejercicio de currículo, donde todo es totalmente objetivo. Para empezar los sexenios de investigación reconocidos por el propio ministerio. Ninguno de los miembros del tribunal que me juzgó tenía más de dos sexenios. Me suspendieron por currículo, pero yo ya lo sabía y me había preparado para eso. Era mi gran partida de ajedrez. Yo sabía que si me suspendía en el segundo no podría recurrir, pero que si me suspendían en el primero podría recurrir y ganar. Y así lo hice. Pero luego, a final de cuentas, me dejó tirado (…); me dijo (…). (…) allí lo dejé. Pero es que lo tenía muy bien. Primero el ministerio me dijo que mi reclamación se había presentado fuera de tiempo y entonces demostramos, por el tampón de correos, que no era así. La audiencia ya condenó al Ministerio por maniobra dilatoria y temeridad, que es como técnicamente se llama esto. Y entonces se atrevieron a recurrir al Supremo. Cuando llegaron al Supremo, el Supremo les metió diez mil euros de multa que fueron a mi bolsillo. Mejor no podía estar el pleito, porque ya había ganado en dos instancias y era obvio el deseo del ministerio de echar la pelota a otro, pero claro, yo no contaba con que (…).

L. E. G.: Eso tuvo como consecuencia que no fue profesor titular de filosofía, sino de sociología…

A. E.: ¡Ah! Me tuve que cambiar de área. Cuando vi que los siete catedráticos de filosofía decían que yo no era filósofo, pues me fui a sociología. La razón para no tener la cátedra de sociología es que no soy sociólogo; que soy filósofo.

L. E. G.: ¿La Universidad es una fuente de conocimiento o se ha convertido en otra cosa?

A. E.: Yo creo que es una institución que va a desaparecer. Con el mundo que ha venido, con Internet, no creo que tenga viabilidad práctica. No sé cuantos años puede durar, pero no. La incluyo dentro de las instituciones periclitadas. En cuanto a mí, lo que me ha pasado con la Universidad es una de las fuentes principales de orgullo y amor propio.

L. E. G.: Me preocupa la posible desaparición de la Universidad y creo que no sería inmerecida.

A. E.: Claro. Lo que yo he querido es hacer mérito y cuando luego el mérito se rechaza por sí, porque aquello se ha corrompido de tal manera que las personas que están es un grupete que está harto de estudiar. Eso cuando estudiaba. Ahora que ya tienen el diploma, mucho menos. Claro, esto es una estafa gigantesca, a los alumnos y a los padres de los alumnos, que son los que pagan la matrícula. Bien…

L. E. G.: ¿El amor al conocimiento le ha producido tanta satisfacción?

A. E.: Y me la sigue produciendo. Es la fuente principal de dicha de cada día. Cuando ahora enchufo el ordenador y ahí tengo todo el mundo a mi disposición… Es simplemente cuestión de paciencia por mi lado, y de curiosidad. La curiosidad, por fortuna, no se me ha agotado; la paciencia tampoco. Cada día descubro muchísimas cosas de las que no tenía ni idea. La alegría del hallazgo es posiblemente… Bueno, yo la veo superior a la alegría del orgasmo.

L. E. G.: ¿Siempre ha investigado por amor por el descubrimiento y no para apuntalar prejuicios?

A. E.: Siempre. Una de las cosas de las que me acusaban mis camaradas comunistas era de esteticismo. De ser un veleta, que leer esto o lo otro me cambiaba de idea. ¿Y cómo no vas a cambiar de idea…? Luego me di cuenta de estos pobres de la idea fija… Una modalidad de cretinos muy avanzada.

L. E. G.: ¿Usted considera que ha cambiado mucho? Leyéndole se encuentra uno frases que se repiten exactamente cuarenta años después.

A. E.: Lo que me pasa es que me olvido. Me ha pasado que me olvido de que ya hace cuarenta años sabía lo que sé ahora. Cierto que ahora lo sé con muchas más ramificaciones documentales y lo puedo argumentar con más matiz. No he descubierto en el fondo nada. Lo único que tengo como intuición básica, que es la vitalidad de la naturaleza y la esencialidad de la libertad para la vida humana, esto ya lo sabía hace cincuenta años. Ahora ya está matizado.

L. E. G.: Usted todo lo que ha escrito es ensayo…

A. E.: Pensamiento. La palabra sería “no ficción”.

L. E. G.: ¿Hasta qué punto utiliza usted la ficción como fuente de conocimiento?

A. E.: Rusia, que es un cero a la izquierda en muchas cosas, es la madre y el padre de la novela. “Guerra y Paz” y muchísimo más. Es extraordinaria la producción novelesca rusa. Como también se puede decir de su poesía, muy variada, muy profunda, toda ella interesantísima.

L. E. G.: ¿Qué relación tienen la filosofía y la poesía en cuanto al trabajo del concepto y el término?

A. E.: La poesía fía más del toque musical, del ritmo, la prosodia, la cadencia. La metafísica se dedica a lo mismo, a purificar completamente la intuición de cualquier elemento sobrante, a dejarla límpida y única, pero con un espíritu prosaico, sin ánimo bombástico.

L. E. G.: ¿Hasta qué punto le ha llenado la música, la guitarra, el canto…?

A. E.: Pensé dedicarme a revivir a Jimi Hendrix. Evidentemente no tenía la capacidad y me di cuenta a tiempo. Luego me encontré, en las bandas que fui haciendo, con el mismo problema que me encontré en la Universidad. Personas que están ahí pero que, en realidad, no tienen vocación por esto. Podían haberme enseñado lo que a mí más me ha faltado siempre, que es una continuidad en el tempo. De repente, al octavo o al tercer compás, me adelanto o me retraso. Eso con un simpático bajo o un simpático batería me hubiera quitado el problema, pero nunca quisieron hacerlo, porque me veían demasiado virtuoso con el instrumento y, también, demasiado original con los proyecto y no formaba parte de su grupo. De alguna manera era un “outsider” y lo que yo necesitaba aprender no me lo enseñaron. No lo conseguí aprender.

L. E. G.: ¿El precio de ser un eterno “outsider” es la soledad intelectual?

A. E.: Pues ya lo ves que no. Fui padre de muchos hijos. Tengo una familia felizmente unida. Mis amigos han seguido siéndolo. Aislado para nada. Simplemente desde el punto de vista institucional pago el precio natural y razonable por la independencia.

L. E. G.: ¿Qué es la fertilidad (hijos, libros, obra…) y cuánto de importante es para usted dejar obra?

A. E.: Eso es una cosa que viene a posteriori, que diría Hegel. Nunca me lo he planteado a priori. Va y resulta. Yo creo que en mi caso la fertilidad viene exclusivamente de que ha habido un tesón, pero ese tesón no se puede explicar como una disciplina impuesta desde fuera, sino que me ha salido del alma. Me he dado cuenta de que, igual que era apasionante conocer cómo era en la intimidad aquella señora que había pasado por la calle, iba a ser apasionante de verdad enterarme de qué decía Hermes Trismegisto en sus tres tratados.

L. E. G.: Usted ama la vida…

A. E.: “Realidad y sustancia” es un tratado que me parece que es mi obra más considerable. Lo que pasa es que comprendo que la va a leer dos o tres personas, si llegamos a tantos. Y aún así es el único tratado de metafísica con dos ediciones, porque hubo suficiente cantidad de personas que pensaron que era otro libro sobre drogas y, además, confundieron la piedra de la luna, que está en la portada del libro, con un trozo de hachís y eso hizo que vendieran dos mil quinientos ejemplares de la primera edición de Taurus. En “Realidad y sustancia” yo me pongo a prueba para saber si soy capaz de hacer una revisión del pensamiento occidental y está dividido en la primera parte, el sujeto, la segunda parte, el objeto... Pero lo esencial del libro es terminar con la vida. La forma suprema de objetividad es la vida; la vida es pura incertidumbre, es un abrirse hacia lo desconocido y es la forma que tuve yo de parar aquellos veinte, veinticinco años de estudio muy puntual de las fuentes filosóficas, que es todo un material que se puede considerar absolutamente anacrónico y fuera de lugar, porque ¿a quién demonios le interesa Escoto Erígena o Duns Scoto? Sin embargo para mí fueron muy importantes y todavía me acuerdo… Yo me di cuenta de que Hegel había clausurado la ontología con la ciencia de la lógica, pero que me hacía falta hacer una ontología yo, para mí, para poder hablar desde mí mismo. Rebautizar las palabras. Que cuando dijera espacio, tiempo, materia, forma, sustancia, ser… todo eso viniese de experiencia interna en vez de mímesis, imitación.

L. E. G.: ¿Cuántos hablan del ser sabiendo lo que es el ser, teniendo un concepto propio del ser?

A. E.: ¿Tú qué crees Luis?

L. E. G.: Usted es un gran trabajador. ¿Cuánto tiempo sigue dedicándose…?

A. E.: Todo mi día. Todo lo que no dedico a amor familiar y a jugar al ajedrez, todo es trabajo. Todo, absolutamente todo.

L. E. G.: ¿Y durante toda su vida?

A. E.: Toda mi vida.

L. E. G.: El trabajo se mira al modo cristiano, como castigo de Dios

A. E.: El trabajo es la forma de ser respetable y de ser independiente, pero para eso tienes que ser un maestro y para ser un maestro hay que trabajar mucho. El maestro es el que puede hacer una obra útil para terceros y la sociedad está encantada de tener maestros y no le gustan los extras. El problema del proletariado, visto históricamente, es que con la rápida industrialización, en este caso Inglaterra, gran parte de la gente del campo se fue como mano de obra inespecífica a trabajar a núcleos urbanos que crecían rapidísimamente. Birmingham, Leeds son modelos muy puros de esto, que no eran nada y de repente, como Coslada o como Fuencarral, se convirtieron en entes con cien mil habitantes o doscientos mil. Estas masas, que no eran maestros en nada, que trabajaban en cualquier cosa, estos son los que llamó Sismondi por primera vez, allá por el año cuarenta o así del siglo XIX, proletarios. Proletario es un término que tenía un significado muy positivo en Roma. Eran los que aportaban hijos, prole, a la república y, por tanto, los que alimentaban a las legiones, el rango del Pretorio, los jueces, toda la estructura administrativa del Imperio. Pero luego el proletario del siglo XIX es distinto. Es una mano de obra inespecífica que necesita comer y que le va mucho mejor yéndose a la ciudad que quedándose en el campo, porque cobra el doble o el triple y además tiene un trabajo fijo y en el campo es estacional: la cosecha, la siembra…

L. E. G.: Tenemos esa imagen del proletario del proletario, quizá heredada de ciertas novelas del siglo XIX…

A. E.: ¡Cómo que quizá heredadas de ciertas novelas! Todo nace de Dickens, de Dickens y Victor Hugo, el amarillismo ridículo. Aquella señora que dijo “ahora que estoy en Manchester, el señor Dickens miente, porque no todo el mundo tiene la cara negra de carbón”. Claro, es una estupidez increíble. Pero eso fue básico para que Marx dijese lo que dijo.

L. E. G.: Que los niños trabajaban en la ciudad, pero en el campo se trabajaba desde los siete años…

A. E.: Pero además era una bendición que pudieran trabajar los niños en la fábrica, porque como no había guarderías ni internados… Un niño no tiene ni una sola buena idea. Lo dejas en casa solo y eso es lo peor que se puede imaginar o acontecer. Lo mejor que podía suceder es que trabajase la familia entera. Las escaleta de Richard Arkwright, acuérdate, y de David Dale, los fundadores de la industrialización inglesa incluían siempre la idea de que trabajase la familia entera, calculando que el padre sabría un poquito más y podría especializarse, que la madre tendría otras capacidades y que los niños recogían ovillos sueltos por el suelo, barrían, lo que fuera… pero servían. Y sobre todo no estaban expuestos a la locura de un niño que está solo en una casa o con la abuela, que estaba ya gagá y no podía custodiarlos.

L. E. G.: Ahora se piensa que la infancia se prolonga hasta los veinticinco o treinta años…

A. E.: La sociedad actual no tiene nada que ver con la del XIX. En ese sentido es el día y la noche, nada que ver. Nosotros hemos creado toda una generación de niños de papá, yo creo que básicamente por influencia de las madres que, de alguna manera, cada uno de sus hijos es Jesusito de mi vida y merece un trato especial. Hemos creado una generación de personas indolentes, que no saben qué hacer… Son palabras de mi hijo Antonio, que pertenece a esta generación. Antonio me dijo “papá, la verdad es que qué generación de desgraciados, pasotas, estúpidos, ingratos somos, cuanto lo lamento”. Le dije “hijo mío, qué profundidad de juicio demuestras”.