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miércoles, 30 de marzo de 2016

Bertrand de Jouvenel: «Los intelectuales europeos y el capitalismo» IV



IV

No hay que excluir que la representación mental del capitalismo haya reflejado una dicotomía que los economistas clásicos consideraban necesaria en el plano lógico: la distinción entre consumidor y trabajador. El empresario era representado como sirviendo al consumidor y sirviéndose del trabajador. Semejante distinción puede hacerse también en el caso de Robinson Crusoe: se pueden representar sus recursos físicos (“el trabajador”) en el acto de ser explotados para satisfacer sus necesidades (“el consumidor”). Esta materialización de los dos aspectos del público podía sostenerse intelectualmente al comienzo de lo que llamamos época capitalista. En efecto, hasta entonces el público consumidor se distinguía netamente del público trabajador formado por los artesanos, dedicados principalmente a la producción de bienes de lujo para uso de los ricos, los cuales vivían de ingresos no ganados procedentes de los productos del campo. Pero precisamente en la época capitalista, los asalariados productores de bienes industriales y los compradores de tales bienes en el mercado se fueron identificando cada vez más. Podría hacerse una extraordinaria ilustración de la evolución social averiguando qué parte de los bienes de consumo producidos industrialmente ha ido a parar a los asalariados ocupados en su producción. Esta parte ha ido en constante aumento con el capitalismo, de suerte que la distinción se ha convertido cada vez más en un concepto teórico. Es innecesario observar que esta distinción es intelectualmente útil en toda economía en la que prevalece la división del trabajo. También el trabajador soviético es empleado para servir al consumidor soviético; la diferencia consiste en que es empleado más despiadadamente como trabajador y se le da menos como consumidor. Por gran parte de los intelectuales occidentales contemporáneos se construye y difunde una imagen deformada de nuestras instituciones económicas. Se trata de un hecho peligroso, pues tiende a apartar de tareas realizables y constructivas un sano estímulo a la reforma orientándolo hacia tareas irrealizables y destructivas. La parte que el historiador ha tenido en la deformación de la imagen ha sido ya examinada, especialmente en lo que concierne a la interpretación de la “revolución industrial”. No tengo mucho que añadir. Los historiadores, al describir las miserables condiciones sociales cuyas pruebas han encontrado ampliamente, han cumplido con lo que evidentemente era su deber; pero han sido sumamente incautos en la interpretación de los hechos. En primer lugar, han dado, al parecer, por demostrado que el repentino aumento de la conciencia social y de la indignación por la miseria sea indicio seguro de un aumento de la indigencia; no parece que hayan pensado mucho en la posibilidad de que este aumento de conciencia dependiera también de los nuevos medios de expresión (debido, en parte, a la concentración de los trabajadores, y, en parte, a una mayor libertad de palabra), de una creciente sensibilidad filantrópica (como lo demuestra la lucha por la reforma de las leyes penales) y de una nueva conciencia del poder del hombre para combatir las cosas, causada por la propia revolución industrial. En segundo lugar, no parece que distinguieran suficientemente entre los sufrimientos que acompañan a toda gran migración (y hubo una emigración hacia la ciudad) y los producidos por el sistema de fábrica. Finalmente, no parece que hayan atribuido suficiente importancia a la revolución demográfica. Si hubieran empleado el método comparativo, tal vez habrían descubierto que una fuerte afluencia hacia las ciudades, con sus secuelas de pobreza y miseria, se produjo también en países no afectados por la revolución industrial, donde aparecieron miles de mendigos en lugar de trabajadores mal pagados. En igualdad de presión demográfica, ¿habrían sido mejores las condiciones sin el desarrollo capitalista? La respuesta está implícita en las condiciones de los países superpoblados y subdesarrollados. Pero los errores metodológicos de este tipo son insuficientes frente a los errores de fondo.

Arecaceae Livistona mariae Parque de Málaga

Livistona mariae (Arecaceae) en el Parque de Málaga el diez de febrero de 2014.




martes, 29 de marzo de 2016

Bertrand de Jouvenel: «Los intelectuales europeos y el capitalismo» III



III

Señalar a los hombres la limitación de algunos objetos de sus deseos es tarea de los maestros espirituales y morales. La prohibición de la autoridad temporal de adquirir estos bienes empuja a cometer violaciones de la ley y a crear un conjunto de intereses criminales. Estos son ejemplos claros del efecto perjudicial que los instrumentos sociales pueden tener sobre el carácter del hombre. El mundo civilizado se ha asombrado de la existencia de una sociedad criminal poderosamente organizada tras la fachada de la vida americana; su rápido desarrollo se debió a la prohibición de los juegos de azar. Estos fenómenos nos advierten que se puede obtener un resultado contrario a las intenciones cuando se emplean instrumentos sociales para elevar el nivel moral del comportamiento humano. Es además bien sabido que todo intento de modificar las acciones humanas con medios distintos de una educación del espíritu del hombre suele ser vano y, en todo caso, no constituye un progreso moral. El capitalismo como instrumento social ofrece un cuadro poco grato al intelectual. ¿Por qué? Para usar su vocabulario, porque nos hallamos en presencia de egoístas en busca de exaltación personal. ¿De qué manera ocurre esto? Proporcionando a los consumidores lo que éstos desean o pueden ser inducidos a desear. Sorprende el hecho de que el mismo intelectual no se escandalice ante el funcionamiento de la democracia hedonista; también aquí hombres que piensan sólo en sí mismos realizan su propia exaltación mediante la promesa a otros hombres de cuanto éstos quieren o pueden ser inducidos a pedir. La diferencia parece consistir principalmente en que el capitalista cumple las promesas y el cumplimiento de las promesas políticas parece depender, en todo el mundo occidental, de los éxitos del capitalismo. Otro aspecto del capitalismo que lo hace desagradable a los intelectuales es la “degradación de los trabajadores a la condición de puros instrumentos. En palabras de Kant es siempre inmoral tratar a los hombres como medios y no como fines. Pero la experiencia nos enseña que éste no es un comportamiento insólito ni característico del capitalismo. Rousseau opina que esta conducta se halla implícita en una sociedad civilizada, en la que se multiplican los contactos ocasionales, basados en la utilidad más bien que en el afecto y que dicha conducta se va extendiendo cada vez más a medida que los contactos aumentan y los intereses se interfieren. El punto de vista de Marx es menos filosófico y se apoya más en la historia. Cuando el capitalista apareció, dice, encontró al alcance de la mano una población que había sido tratada como instrumento por anteriores explotadores, antes de que se adueñara de ella el burgués emprendedor, y la existencia de un proletariado que podía ser tratado de esta manera tenía su origen en la expropiación de los campesinos. He aquí el motivo que impulsó a los trabajadores, privados de sus instrumentos de producción, a trabajar para otros que disponían de ellos. Si esta teoría (que se inspira claramente en el cercado de las tierras) fuese cierta, el capitalismo habría encontrado sus mayores dificultades para imponer “salarios de esclavos” en los países en que era más fácil adquirir tierras, es decir, en los Estados Unidos.

Arecaceae Livistona decora Málaga Puente de las Américas

Livistona decora (Arecaceae) en los jardines del Puente de las Américas (Málaga) doce de febrero de 2014.



Livistona decora (Arecaceae) floreciendo en los jardines del Puente de las Américas (Málaga) doce de febrero de 2014.



Inflorescencia de Livistona decora (Arecaceae) en los jardines del Puente de las Américas (Málaga) doce de febrero de 2014.




Base de las hojas de Livistona decora (Arecaceae) en los jardines del Puente de las Américas (Málaga) doce de febrero de 2014.


lunes, 28 de marzo de 2016

Arecaceae Livistona chinensis Málaga Jardines de Francisco Valverde

Livistona chinensis (Arecaceae) en los Jardines de Francisco Valverde (Málaga) el veintidós de marzo de 2014.



Inflorescencia de Livistona chinensis (Arecaceae) en los Jardines de Francisco Valverde (Málaga) el veintidós de marzo de 2014.




Frutos de Livistona chinensis (Arecaceae) en los Jardines de Francisco Valverde (Málaga) el veintidós de marzo de 2014.



Bertrand de Jouvenel: «Los intelectuales europeos y el capitalismo» II



I I

Los hombres expresan juicios de valor, algunos de los cuales son éticos y se refieren al “bonum honestum”; estos juicios no se refieren nunca a fuerzas o entidades que se sepa carecen de inteligencia. Un niño o un salvaje llevados a ver un horno siderúrgico pueden asustarse del ruido y llamarlo “malo”. Pero abandonarán esta idea apenas comprendan que el horno no tiene alma. Nadie que tenga en la materia conocimientos fundados pensará que el horno es malo sólo porque es intensamente rojo, emite a veces torrentes de lava incandescente y se nutre de chatarra y carbón, que es negro. Se trata sencillamente de un ingenio, bueno en cuanto instrumento, ya que permite producir instrumentos y máquinas que sirven a los fines del hombre. Ninguna persona razonable echará la culpa al horno por la maldad de ciertos fines para los que las máquinas son usadas por los hombres (como una guerra de agresión) y todos comprenden que la máquina es un buen servidor y que sólo los hombres son responsables del mal uso que de ellas se hace; al escolar que se obstine en una concepción animista el maestro le demostrará que se trata de una superstición y, sin embargo, el mismo maestro considera acaso el “capitalismo” de la misma manera que el alumno supersticioso e ignorante considera el horno y ve en él el monstruo malvado autor de daños y perjuicios y no instrumento, útil lo mismo que el horno, para la producción de bienes instrumentales. Es indiscutible que las consideraciones morales tienen su importancia cuando se valoran los aparatos sociales, al contrario de lo que ocurre respecto de los ingenios mecánicos. Todo sucede porque en los aparatos sociales intervienen factores morales, por lo que dichos aparatos se prestan a un doble criterio de valoración: la eficacia y la moralidad. Una discusión general sobre la compatibilidad de estos criterios nos llevaría al campo de la metafísica, pero nosotros trataremos de permanecer en un plano menos elevado. Puesto que el atributo de bueno y de malo (desde un punto de vista moral) se refiere sólo a las conciencias, un instrumento puede ser malo sólo indirectamente. Es claramente digno de ser condenado el instrumento que hace peores a los hombres; tal es el criterio en que se basó Platón para definir como “mala” la política de Pericles. Algunos entre los más grandes pensadores de la humanidad han sostenido que el hombre se hace peor desarrollando sus necesidades y se hace mejor reprimiéndolas; los estoicos subrayaron que nos hacemos esclavos de nuestros deseos, los cínicos añadieron que toda renuncia a un deseo representa la conquista de un grado de libertad, los primeros padres de la Iglesia enseñaron que el interés por los bienes materiales nos pone bajo el dominio del “príncipe de este mundo” y, en una época más cercana a nosotros, Rousseau reelaboró este tema con fascinadora elocuencia. Si se adopta este punto de vista, son realmente “malos” aquellos instrumentos que tratan, de cualquier manera, de ampliar la esfera de nuestras necesidades, satisfaciéndolas una tras otra, haciendo entrever la esperanza de poder satisfacer cualquier nueva necesidad. Según este criterio, aquel instrumento social que es el capitalismo es “malo”, pero por la misma razón lo son también los aparatos mecánicos de la industria. Sin embargo esta opinión no la admiten los contemporáneos, los cuales más bien desean ardientemente que sus necesidades puedan ser satisfechas cada vez mejor. Por esta razón, parece que las invectivas contra el “dinero” carecen de sentido: si los hombres desean “bienes”, no pueden menos de desear el dinero, que es el denominador común de estos bienes, la puerta que da entrada a los mismos y el “poder del dinero” no es otra cosa que la materialización del poder de estos bienes sobre los deseos humanos.

domingo, 27 de marzo de 2016

El género Livistona (Arecaceae) en el Jardín Botánico de la Universidad de Valencia

Livistona australis
 Livistona chinensis
 Livistona decipiens
 Livistona fulva
 Livistona rotundifolia
 Livistona saribus

Arecaceae Livistona benthamii Parque de Málaga

Livistona benthamii (Arecaceae) en el Parque de Málaga el catorce de febrero de 2014.


Bertrand de Jouvenel: «Los intelectuales europeos y el capitalismo» I



I
Observamos con grave preocupación la actitud de los intelectuales occidentales respecto a la sociedad en que viven. El hombre posee imágenes mentales, representaciones a escala progresiva del Universo, de los objetos y de las fuerzas presentes en él, de sí mismo y de su relación con estos objetos y estas fuerzas. Estas imágenes se pueden comparar, poco más o menos, a los antiguos mapas adornados con pequeñas figuras. Obrar racionalmente significa, en cierto sentido, orientarse con la ayuda de los mapas, aun cuando sean inexactos, de que cada uno puede disponer. La amplitud, la riqueza de detalles y la precisión de estos mapas o representaciones dependen enteramente de la comunicación entre los individuos. La educación consiste en la transmisión de cierto número de estas imágenes y en el fomento de la natural facultad de producirlas. En cualquier grupo social elegido al azar se puede observar que no todos los miembros son igualmente activos en la comunicación; en toda sociedad organizada conocida, una parte de los miembros está especializada en el tratamiento de la misma. Su importancia para la sociedad es inmensa: la acción “racional”, individual o colectiva, ha de realizarse sobre la base “conocida” de las imágenes de la realidad que han sido difundidas. Estas imágenes pueden ser engañosas, y entonces la acción “racional” que se basa en “mapas” mal trazados es absurda a la luz de un conocimiento mejor y puede resultar perjudicial; el estudio de las sociedades primitivas nos proporciona numerosos ejemplos. Desde el punto de vista subjetivo es racional combatir contra los molinos de viento, si se está plenamente convencido de que son gigantes malvados que tienen prisioneras a encantadoras princesas. Pero es más exacto considerarlos como aparatos, no muy eficaces, para aprovechar —con el fin de moler cereales— una forma de energía que aparece de manera muy irregular. Puede suceder que no tengamos simpatía por el molinero, que puede ser una mala persona; pero es pura fantasía poética, en el mejor de los casos, ver en él a un personaje que causa perjuicios a los campos desplegando sus malvadas alas. No faltan entre los intelectuales occidentales alucinaciones de este tipo, derivadas del injerto de un fuerte sentimiento sobre un débil tronco de conocimiento positivo. El conocimiento positivo es un modo de entender las cosas que nos rodean, que nos permite seguir el mejor camino hacia nuestra meta. Así, una cierta comprensión de las fuerzas que operan el ambiente en que nos movemos nos ha permitido hacerles actuar para nuestros fines y es un hecho demostrado por la experiencia que se puede cambiar la disposición de los hombres (es decir de la sociedad), lo mismo que la disposición de las cosas (es decir de la naturaleza). Como en el ejemplo anterior, ello exige conocimiento: al ignorante los mecanismos sociales le parecen inútilmente complicados, lo mismo que le parece enormemente complicada una máquina. En realidad, como sabemos, toda estructura orgánica es mucho más compleja que una estructura inorgánica, pero los hombres son mucho más reacios a admitir su propia ignorancia en cuestiones sociales que cuando se trata de fenómenos físicos: “de re mea agitur”. Añádase que en el campo de la sociedad humana el criterio de juicio es doble.

El género Livistona (Arecaceae) en el Jardín Botánico-Histórico La Concepción, de Málaga.

Livistona australis (R. Br.) Mart.

Livistona chinensis (Jacq.) R. Br. ex Mart.

Livistona decora (W. Bull) Dowe

Livistona fulva Rodd

Livistona mariae F. V. Muell. subsp. rigida

Livistona muellerii F. M. Bailey

Livistona nitida Rodd

Livistona rotundifolia (Lam.) Mart.


Livistona saribus (Lour.) Merr. ex A. Chev.

sábado, 26 de marzo de 2016

Arecaceae Livistona australis Málaga Puente de las Américas

Livistona australis (Arecaceae) floreciendo en los jardines del Puente de las Américas, de Málaga, el doce de marzo de 2014.


Friedrich August von Hayek “Los Intelectuales y el Socialismo” (1949) VII





Puede ser que una sociedad libre tal y como la hemos conocido lleve en sí el germen de su propia destrucción; que una vez que la libertad se ha logrado se da por sentada y deja de ser valorada y que el surgimiento libre de ideas, que es la esencia de un sociedad libre, traerá consigo la destrucción de los cimientos sobre los que se asienta. Hay pocas dudas de que, en países como los Estados Unidos, el ideal de la libertad tiene en nuestros días menos auténtico atractivo para los jóvenes que el que se observa en los países en los que han aprendido lo que su pérdida significa. Por otra parte todo indica que, en Alemania y otros lugares, a los jóvenes que nunca han conocido una sociedad libre, la tarea de la construcción de una sociedad tal llega a serles tan emocionante y fascinante como lo fue la de cualquiera de los regímenes socialistas que han aparecido durante los últimos cien años. Es un hecho extraordinario, experimentado por numerosos visitantes, que al hablar a los estudiantes alemanes sobre los principios de una sociedad libre se encuentra el conferenciante con una audiencia más receptiva e incluso más entusiasta que la que se puede esperar encontrar en cualquiera de las democracias occidentales. En Gran Bretaña también está apareciendo entre los jóvenes un nuevo interés por los principios del verdadero liberalismo, que sin duda no existía hace unos pocos años. ¿Significa esto que la libertad se valora sólo cuando se ha perdido? ¿Que el mundo debe pasar en todas partes por una fase de oscuro socialismo totalitario antes de que las fuerzas de la libertad puedan ganar fuerza de nuevo? Tal vez sea así, pero espero que no sea necesario. Sin embargo mientras las personas que determinan la opinión pública a largo plazo continúen siendo atraídas por los ideales del socialismo, la tendencia va a continuar. Si hemos de evitar este desarrollo, debemos ser capaces de ofrecer un nuevo programa liberal que apele a la imaginación. Debemos hacer que la construcción de una sociedad libre sea una vez más una aventura intelectual, un acto de coraje. Lo que nos falta es una utopía liberal, un programa que no parezca ni una mera defensa de las cosas tal y como son, ni una especie de socialismo devaluado, sino un verdadero radicalismo liberal que no se someta a las susceptibilidades de los poderosos (incluido los sindicatos), que no sea exclusivamente práctico y que no se limite a lo que aparece hoy en día como políticamente posible. Necesitamos líderes intelectuales que estén dispuestos a trabajar por un ideal, por pequeñas que puedan ser las perspectivas de su pronta realización. Deben ser hombres que estén dispuestos a adherirse a los principios y a luchar por su plena realización, por remota que sea. Los compromisos prácticos se deben dejar a los políticos. Libre Comercio y Libertad de Oportunidades son ideales que todavía pueden despertar la imaginación gran número de personas, pero una simple “libertad razonable de comercio” o una mera “relajación de controles” no es ni intelectualmente respetable ni es probable que inspire ningún entusiasmo. La principal lección que el verdadero liberal debe aprender del éxito de los socialistas es que fue su coraje para ser utópicos lo que les ganó el apoyo de los intelectuales y, por lo tanto, una influencia en la opinión pública que cada día hace posible lo que hace poco parecía muy remoto. Los que se han preocupado exclusivamente con lo que parecía posible en el estado presente de la opinión se han encontrado constantemente con que incluso eso se convertía muy pronto en políticamente imposible como por resultado de cambios en una opinión pública que no había hecho nada para orientar. Y esto será así no ser que nosotros seamos capaces de hacer que los fundamentos filosóficos de una sociedad libre sean una vez más una cuestión intelectual viva y su implementación una tarea que ponga a prueba el ingenio y la imaginación de nuestras mejores mentes. Si podemos recuperar esa fe en el poder de las ideas, que fue la marca del liberalismo en su mejor momento, la batalla no está perdida. El renacimiento intelectual del liberalismo ya está en marcha en muchas partes del mundo. ¿Será a tiempo?

viernes, 25 de marzo de 2016

Friedrich August von Hayek “Los Intelectuales y el Socialismo” (1949) VI





La importancia que tiene el hecho de que el socialismo atraiga a los intelectuales gracias a su carácter especulativo quedará más clara si además contrastamos la posición del teórico socialista con la de su contraparte, que es un liberal en el antiguo sentido de la palabra. Esta comparación además nos permitirá extraer una lección que facilitará una apreciación adecuada de las fuerzas intelectuales que están socavando las bases de la sociedad libre. Paradójicamente, uno de los principales obstáculos que privan al pensador liberal de influencia popular está estrechamente relacionado con el hecho de que, desde que apareció, el socialismo tiene más oportunidades de influir directamente en las decisiones políticas a corto plazo y que, en consecuencia, no sólo no está incentivado para caer en la especulación a largo plazo, que es el punto fuerte de los socialistas, sino que en realidad es desalentado de ella, ya que cualquier esfuerzo de este tipo es probable que reduzca el bien inmediato que puede hacer. Cualquiera que sea el poder que el pensador liberal tenga para influir en las decisiones prácticas, se lo debe a su posición con respecto a los representantes del orden existente, y esa situación se pondría en peligro si se dedicara a la clase de especulación que podría atraer a los intelectuales y que, a través de ellos, podría influir en la evolución a largo plazo. Con el fin de contemporizar con los poderes existentes tiene que ser “práctico", “sensible" y “realista". Siempre y cuando el liberal se refiera a los problemas inmediatos, se lo recompensa con el éxito material, la influencia y la popularidad entre los que, al menos hasta cierto punto, comparten su perspectiva general. Pero estos hombres tienen poco interés las especulaciones sobre los principios generales que ayudarán a conformar el clima intelectual. En efecto, si el liberal se entrega seriamente a tales especulaciones a largo plazo, adquiere fácilmente la reputación de “poco seguro” o incluso de “socialista a medias”, porque es reacio a identificar el orden existente con el sistema libre a que aspira.3 Si, a pesar de esto, sus esfuerzos continúan en la dirección de la especulación general, descubre pronto que no es seguro acercarse demasiado a los que parecen compartir la mayoría de sus convicciones y pronto es conducido al aislamiento. De hecho hay pocas tareas más ingratas en la actualidad que aquella esencial tarea de desarrollar los fundamentos filosóficos sobre las cuales debe basarse el desarrollo de una sociedad libre. Puesto que el hombre que se compromete a ello debe aceptar gran parte del marco que configura el orden existente, aparecerá para muchos intelectuales de mentalidad más especulativa como meramente un tímido apologista de las cosas tal y como son y, al mismo tiempo, será desatendido por los hombres prácticos como un teórico impráctico. No será suficientemente radical para aquellos que sólo aceptan un mundo en el que “los pensamientos conviven fácilmente unos con otros” y demasiado radical para los que sólo ven lo “los duro que es el choque de las ideas unas con otras". Si se vale del apoyo que pueda obtener de los hombres de negocios, es casi seguro que se desacreditará a sí mismo ante aquellos de quienes depende para la difusión de sus ideas. Al mismo tiempo tendrá que ser muy cuidadoso para evitar parecer extravagante o exagerado. Mientras que nunca se ha dado el caso de un teórico socialista que se haya desacreditado ante sus pares ni siquiera con la más necia de las propuestas, el liberal clásico se condena a sí mismo con una sugerencia impracticable. Sin embargo para los intelectuales no será todavía suficientemente especulativo o aventurado y los cambios y mejoras en la estructura social que pueda ofrecer parecerán limitados en comparación con los que su imaginación menos contenida pudiera llegar a concebir. En una sociedad en la que las principales condiciones de la libertad ya se han conseguido y futuras mejoras conciernen a puntos comparativamente de detalle, el programa liberal ya no puede tener nada del glamour de una novedad. La valoración de las mejoras que ofrece requiere mayor conocimiento del funcionamiento de las actuales sociedades que el que posee el intelectual promedio. La discusión de estas mejoras tiene que hacerse a nivel más práctico que el de los programas revolucionarios, y esta discusión tiene poco atractivo para el intelectual y tiende a introducir elementos con los que se siente directamente incompatible. Los que están más familiarizados con el funcionamiento de la sociedad actual también suelen estar interesados en la preservación de rasgos particulares de la sociedad que pueden no ser defendibles desde puntos de vista más generales. A diferencia de la persona que busca un futuro orden totalmente nuevo y que, en consecuencia, busca la guía de teóricos, los hombres que creen en el orden existente suelen pensar que lo entienden mucho mejor que cualquier teórico y, en consecuencia, es probable que rechacen todo lo teórico o lo que no es familiar. La dificultad de encontrar un apoyo genuino y desinteresado a una política sistemática a favor de la libertad no es nueva. Un pasaje de la reseña de un reciente libro mío me ha recordado lo que Lord Acton escribió hace mucho tiempo: “en todos los tiempos han sido raros los sinceros amigos de la libertad y sus éxitos se han debido a minorías, que han prevalecido asociándose con gentes cuyos objetivos diferían del propio, y esta asociación, que siempre es peligrosa, ha sido a veces desastrosa, dando sólo nuevos motivos de oposición a los que se oponen a la libertad...” 4 Más recientemente, uno de los más destacados economistas norteamericanos vivos se ha quejado en una línea similar de que la principal tarea de los que creen en los principios básicos del sistema capitalista habrá de ser, con frecuencia, defender este sistema contra los capitalistas; en realidad los grandes economistas liberales, desde Adam Smith hasta el presente, siempre lo han sabido. El obstáculo más grave que separa a los hombres prácticos que tienen genuinamente en el corazón la causa de la libertad, de las fuerzas que en el ámbito de las ideas deciden el curso del desarrollo, es su profunda desconfianza con respecto a la especulación teórica y su tendencia a la ortodoxia, lo que, más que cualquier otra cosa, crea una casi infranqueable barrera entre ellos y los intelectuales que se dedican a la misma causa y cuya colaboración es indispensable si la causa de la libertad ha de prevalecer. Aunque esta tendencia es tal vez natural entre los hombres que defienden un sistema que se ha justificado a sí mismo en la práctica y para quienes su justificación intelectual parece irrelevante, es fatal para su supervivencia, ya que lo priva de la ayuda más necesaria. La ortodoxia de cualquier tipo, cualquier pretensión de que un sistema de ideas es definitivo y debe ser aceptado como un todo, es una postura que necesariamente se opone a todos los intelectuales, cualesquiera que sean sus opiniones sobre cuestiones particulares. Cualquier sistema que juzga a los hombres por la integridad de su conformidad a un conjunto fijo de opiniones, por su “solidez” o el grado en el que se puede confiar en que comparten los puntos de vista aprobados en todos los asuntos, se priva de una herramienta sin la cual ningún conjunto de ideas puede mantener su influencia en la sociedad moderna. La posibilidad criticar puntos de vista aceptados, explorar nuevos horizontes y experimentar con nuevas concepciones, ofrece el ambiente sin el cual el intelectual no puede respirar. La causa que no ofrece esas posibilidades no puede tener su apoyo y está, por lo tanto, condenada en cualquier sociedad que, como la nuestra, se apoya en sus servicios.

El género Livistona (Arecaceae) en las calles, plazas, parques y jardines de Málaga.

1.   Livistona australis 36°43'3.25"N  4°26'14.71"W Puente de las Américas (12/03/2014); 36°43'7.42"N  4°25'4.57"W Banda exterior del Parque de Málaga; 36°43'9.87"N  4°25'4.70"W Banda interior del Parque de Málaga [Corypha australis]

2.   Livistona benthamii  36°43'6.71"N   4°25'6.53"W Parque de Málaga [Livistona holtzei; Livistona melanocarpa]


3.   Livistona chinensis ubiquista, muy abundante, por ejemplo en 36°42'4.03"N  4°26'9.92"W Jardines de Francisco Valverde – Huelin (22/03/2014) [Chamaerops biro; Latania chinensis; Livistona chinensis var. subglobosa; Livistona japonica; Livistona mauritiana; Livistona oliviformis; Livistona sinensis; Livistona subglobosa; Saribus chinensis, Saribus oliviformis; Saribus subglobosus]

4.   Livistona decora 36°42'59.08"N  4°26'14.83"W  (Puente de las Américas); 36°43'33.74"N   4°25'27.01"W (Plaza Escritora Rosa Chancel); 36°43'5.28"N   4°25'49.06"W (Calle Hilera); 36°43'11.37"N   4°24'47.59"W (Parque de Málaga); 36°42'49.93"N   4°26'49.99"W (calle Virgen de la Fuensanta) [Corypha decora; Livistona decipiens; Livistona decipiens var. polyantha; Livistona enervis]


5.   Livistona fulva 36°43'8.62"N  4°24'56.65"W Parque de Málaga (20/02/2014)

6.   Livistona mariae 36°43'11.62"N  4°24'49.02"W Parque de Málaga [Saribus mariae]


7.   Livistona nitida 36°43'0.48"N   4°26'13.02"W Puente de las Américas (12/03/2014); 36°43'7.65"N   4°25'1.86"W Parque de Málaga.

8.   Livistona rotundifolia 36°43'59.85"N  4°26'2.37"W Parque de los Ángeles (23/03/2014) [Saribus rotundifolius]



9.   Livistona saribus  36°43'10.51"N  4°24'48.36"W Parque de Málaga [Corypha saribus; Livistona cochinchinensis; Livistona hasseltii; Livistona hoogendorpii; Livistona hoogendorpii; Livistona inaequisecta; Livistona spectabilis; Livistona tonkinensis; Livistona vogamii; Sabal hoogendorpii; Sabal hoogendorpii; Saribus cochinchinensis; Saribus hasseltii; Saribus hoogendorpii]

Arecaceae Latania lontaroides Parque de Málaga

Ejemplar juvenil de Latania lontaroides (Arecaceae) en el Parque de Málaga el dieciocho de marzo del 2014.


martes, 8 de marzo de 2016

lunes, 7 de marzo de 2016

Friedrich August von Hayek “Los Intelectuales y el Socialismo” (1949) V


The Intellectuals and Socialism

Los intelectuales y el socialismo

Sin embargo esta no es toda la historia. Las fuerzas que influyen en la formación de los colectivos de intelectuales operan en la misma dirección y ayudan a explicar por qué muchos de los más capaces se inclinan por el socialismo. Por supuesto,  hay muchas diferencias de opinión entre los intelectuales, como en otros grupos de personas, pero parece cierto que, en general, los más activos, inteligentes y originales de los intelectuales son los que se inclinan hacia el socialismo, mientras que sus oponentes son a menudo de inferior valía. Esto es especialmente cierto durante la primera etapa de infiltración de las ideas socialistas.  Más tarde, aunque fuera de los círculos intelectuales pueda todavía ser un acto de valor profesar convicciones socialistas, entre los intelectuales la presión de la opinión suele ser tan fuerte a favor del socialismo, que se requiere más fortaleza e independencia de ánimo para que un hombre se atreva a oponerse a lo que sus colegas consideran puntos de vista modernos. Por ejemplo, nadie que esté familiarizado con la vida universitaria (y la mayoría de los profesores universitarios deberían ser clasificados como intelectuales, más que como expertos) puede permanecer ajeno al hecho de que los profesores más brillantes y exitosos están hoy más inclinados al socialismo, mientras que los que sostienen puntos de vista políticos más conservadores son con más frecuencia los mediocres. Por supuesto, esto es por sí mismo un factor importante que dirige a la generación más joven hacia el campo socialista. Desde luego los socialistas ven en esto una prueba de que las personas más inteligentes están llamadas hoy en convertirse en socialistas. Pero tal cosa está lejos de ser necesaria o incluso de ser la explicación más probable. Probablemente la razón principal de este estado de cosas es que, para el hombre excepcionalmente capaz, que acepta el orden actual de la sociedad, están abiertos muchos caminos, fuera de la intelectualidad, que conducen a la influencia y el poder, mientras que, para los descontentos e insatisfechos, la carrera intelectual es el camino más prometedor de ganar poder e influencia con los que contribuir a la consecución de sus ideales. Incluso más que eso: el hombre de inclinación más conservadora, con habilidades de primera clase, preferirá el trabajo intelectual (y el sacrificio que esta elección generalmente implica en el terreno material) sólo si disfruta con él genuinamente. En consecuencia el conservador llegará a ser con más frecuencia un académico verdaderamente experto, en lugar de un intelectual en el sentido estricto de la palabra, mientras que para los más radicales el trabajo intelectual es más a menudo un medio que un fin, un camino hacia exactamente ese tipo de gran influencia que ejercen los intelectuales no expertos. Probablemente lo cierto es que no se trata de que las personas más inteligentes sean con más frecuencia socialistas, sino que una proporción mucho mayor de las mejores mentes socialistas se dedican a las actividades intelectuales, que en la sociedad moderna les proporcionan una influencia decisiva en la opinión pública.2 La selección de los que integrarán las filas de las clases intelectuales está también estrechamente relacionada con el predominante interés que muestran por las ideas generales y abstractas. Las especulaciones acerca de la eventual reconstrucción de todo el orden social otorgan a los intelectuales una posición mucho más de su gusto que las consideraciones más prácticas, a corto plazo, de aquellos que aspiran a mejorar un poco el orden existente. Particularmente el pensamiento socialista debe, en gran parte, su atracción sobre los jóvenes a su carácter visionario. La auténtica satisfacción que proporciona el disfrute del pensamiento utópico es, en este sentido, una gran ventaja para los socialistas, de la que el liberalismo tradicional lamentablemente carece. Esta ventaja opera a favor del socialismo, no sólo porque la especulación acerca de las ideas generales proporciona la oportunidad de jugar con la imaginación a aquellos que no están agobiados por el conocimiento de las múltiples realidades de la vida contemporánea, sino también porque satisface la legítima pretensión de comprender las bases racionales de cualquier orden social y da margen para el ejercicio de ese impulso constructivo para el cual el liberalismo, después de haber alcanzado sus grandes victorias, dejó pocas salidas. El intelectual, por su carácter generalista, no está interesado en los detalles técnicos ni en las dificultades prácticas. Lo que lo reclama es las visiones generales, la amplia comprensión del orden social en su conjunto que promete un sistema planificado. El hecho de que las preferencias de los intelectuales fueran mejor satisfechas por las especulaciones socialistas resultó fatal para la influencia de la tradición liberal. Una vez que las demandas básicas de los programas liberales parecieron satisfechas, los pensadores liberales se volvieron hacia los problemas de detalle y tendieron a descuidar el desarrollo de la filosofía general del liberalismo que, en consecuencia, dejó de ser un asunto de actualidad, capaz de ofrecer un campo para la especulación general. Así, durante algo más de medio siglo, sólo los socialistas han ofrecido algo parecido a un programa explícito de desarrollo social, una imagen de la sociedad futura a la que dirigirse y un conjunto de principios generales para orientar decisiones sobre cuestiones particulares. A pesar de que, si no me equivoco, sus ideales sufren contradicciones inherentes y cualquier intento de ponerlos en práctica producirá algo totalmente diferente a lo esperado, ello no altera el hecho de que su programa para el cambio es el único que ha influido realmente en el desarrollo de instituciones sociales. Ello es así porque la suya se ha convertido en la única filosofía general explícita de política social sostenida por un gran grupo, el único sistema o teoría que plantea nuevos problemas y abre nuevos horizontes y ha logrado cautivar la imaginación de los intelectuales. Los desarrollos actuales de la sociedad han sido determinados no tanto por una batalla de ideales contrapuestos, como por el contraste entre el estado de cosas existente y el ideal de una posible sociedad futura que sólo los socialistas tenían antes de que alcanzara a las masas. Muy pocos de los otros programas que se ofrecieron probaron ser genuinas alternativas. La mayoría fueron meros compromisos o formas a medio camino entre los tipos más extremos del socialismo y el orden existente. Todo lo que se necesitó para que pareciera razonable casi cualquier propuesta socialista a estas “juiciosas” mentes, que estaban constitucionalmente convencidas de que la verdad siempre ha de estar en el punto medio entre dos extremos, fue que alguien defendiera una propuesta bastante más extrema. Así parecía existir sólo una dirección hacia la que nos podíamos mover y la única pregunta parecía ser cuán rápidamente y hasta qué punto debería continuar el movimiento.

Arecaceae Howea forsteriana Parque de Málaga

Howea forsteriana (Arecaceae) en el Parque de Málaga el catorce de febrero de 2014.



domingo, 6 de marzo de 2016

Friedrich August von Hayek “Los Intelectuales y el Socialismo” (1949) IV


The Intellectuals and Socialism

Los intelectuales y el socialismo

Si queremos entender este sesgo peculiar de una gran parte de los intelectuales debemos tener claro dos puntos. El primero es que, por lo general, juzgan todos los asuntos particulares exclusivamente a la luz de ciertas ideas generales; el segundo que los errores característicos de cualquier época se derivan con frecuencia de algunas genuinas nuevas verdades que han sido descubiertas, de tal forma que tales errores son las aplicaciones engañosas de generalizaciones novedosas que han demostrado su valor en otros campos. La conclusión a la que tendremos que llegar, si somos capaces de llevar a cabo una evaluación completa de los hechos, será que la refutación efectiva de dichos errores característicos exige frecuentemente un mayor progreso intelectual y, a menudo, avanzar en puntos que son muy abstractos y pueden parecer muy alejados de las cuestiones prácticas. El rasgo más característico del intelectual es, tal vez, que juzga las nuevas ideas no tanto por sus méritos específicos, como por la facilidad con que se ajustan a sus concepciones generales, a la imagen de lo que él considera un mundo moderno o avanzado. Es a través de la influencia sobre los intelectuales y sobre la elección que ellos hacen de opiniones acerca de cuestiones particulares, que el poder de las ideas buenas y malas crece de forma proporcional a su generalidad, abstracción e incluso vaguedad. Como saben poco sobre temas particulares, sus nuevos criterios deben ser coherentes con sus otros puntos de vista y útiles para combinarse de modo que proporcionen una imagen coherente del mundo. Sin embargo la selección que haga, entre la multitud de nuevas ideas que se presentan en cada momento, crea el clima de la opinión característico, la cosmovisión dominante de un período, que será favorable a la recepción de algunas opiniones y desfavorable a las demás y que hará que el intelectual esté dispuesto a aceptar una conclusión y a rechazar otra sin una verdadera comprensión de los asuntos. En efecto, en algunos aspectos el intelectual está más cerca del filósofo que de cualquier especialista y el filósofo es una especie de príncipe entre los intelectuales. La influencia del filósofo es del mismo tipo que la de los intelectuales, en general, y, a largo plazo, aún más potente, a pesar de que esa influencia esté más alejada de los asuntos prácticos y de que, en consecuencia, actúe más lentamente y sea más difícil de rastrear que la de los otros intelectuales. El filósofo realiza el mismo esfuerzo en pos de una síntesis (aunque la persigue más metódicamente); enjuicia los puntos de vista particulares intentando hacerlos encajar en un sistema general de ideas y no atendiendo a sus méritos específicos; lleva a cabo el mismo esfuerzo para lograr una visión coherente del mundo y es en función de ese objetivo que acepta o rechaza las ideas. Probablemente por esta razón el filósofo tiene mayor influencia sobre los intelectuales que cualquier otro erudito o científico y, más que ningún otro, determina la forma en que los intelectuales ejercen su función de censura. La influencia popular del especialista científico comienza a rivalizar con la del filósofo sólo cuando deja de ser un especialista y comienza a filosofar sobre el progreso de su objeto de estudio y, por lo general, sólo después de haber sido adoptado por los intelectuales, por razones que poco tienen que ver con su eminencia científica. El “clima de opinión” de cualquier período es, esencialmente, un conjunto de ideas preconcebidas de carácter muy general, a través del cual el intelectual juzga la importancia de los nuevos hechos y opiniones. Principalmente estos prejuicios son aplicaciones de los que le parecen los aspectos más significativos de los logros científicos; son una transferencia a otros campos de lo que más le impresionó en el trabajo de los especialistas. Se podría dar una larga lista de tales modas y reclamos mentales, que en el curso de dos o tres generaciones han dominado el pensamiento de los intelectuales. Ya se trate de la “aproximación histórica" o de la teoría de la evolución, del determinismo del siglo XIX y o de la creencia en la influencia predominante del medio ambiente frente a la herencia, de la teoría de la relatividad o de la creencia en el poder del inconsciente, cada una de estas concepciones generales se ha convertido en la piedra de toque mediante la cual se han evaluado las innovaciones en los diferentes campos. Pareciera como si la influencia de las ideas fuera tanto más amplia cuanto menos específicas o precisas (o menos entendidas) fueran las mismas ideas. A veces no es más que una vaga impresión, raramente expresada con palabras, la que que ejerce la influencia más profunda. De esta manera han afectado profundamente el desarrollo político creencias tales como que el control deliberado y consciente de la organización es, también en lo social, superior siempre a los resultados de los procesos espontáneos, no dirigidos por una mente humana, o que cualquier orden a partir de un plan establecido de antemano ha de ser mejor que otro producido por el equilibrio de fuerzas opuestas. Sólo en apariencia es diferente el papel de los intelectuales en el desarrollo de lo que se refiere propiamente a las ideas sociales. Aquí sus peculiares inclinaciones se manifiestan a sí mismas fabricando consignas abstractas, racionalizando y llevando al extremo ciertas ambiciones que surgen de la relación normal entre los hombres. Como la democracia es buena, cuanto más lejos se pueda llevar el principio democrático, mejor les parece a ellos. Por supuesto, la más poderosa de las ideas generales, que han dado forma al desarrollo político en los últimos tiempos, es la idea de la igualdad material. Característicamente se trata, no de una de las convicciones morales surgidas espontáneamente, inicialmente aplicadas en las relaciones entre los individuos particulares, sino de una construcción intelectual originalmente concebida en abstracto y de dudoso significado o aplicación en casos concretos. Sin embargo ha operado con fuerza como un principio de selección entre los cursos alternativos de política social, ejerciendo una presión constante en el sentido de una configuración de la organización social que nadie concibe con claridad. Que una medida particular tienda a aumentar la igualdad ha llegado a ser considerado como una recomendación tan fuerte que poco más se tomará en consideración. Dado que, para cada problema particular, es este el aspecto en el cual aquellos que han de guiar la opinión tienen una convicción definitiva, la igualdad ha determinado el cambio social incluso con más fuerza de lo que sus defensores deseaban. Sin embargo no sólo los ideales morales actúan de este modo. A veces las actitudes de los intelectuales hacia los problemas de orden social pueden ser la consecuencia de avances en el conocimiento puramente científico y en estos casos sus erróneos puntos de vista sobre cuestiones particulares pueden aparentar tener, de momento, todo el prestigio y el respaldo de los últimos logros científicos. Así no es de extrañar que lo que en sí mismo es un avance real del conocimiento, se convierta en ocasiones en la fuente de nuevos errores. Si no hubiera otras conclusiones falsas sacadas de nuevas generalizaciones, se convertirían en verdades definitivas que nunca necesitarían revisión. Aunque por lo general las consecuencias falsas una nueva generalización conviven con las ideas que eran sostenidas antes y, por tanto, no aparece un error nuevo, es muy probable que una nueva teoría, en la medida en que manifieste su valor por las nuevas conclusiones válidas a las que conduzca, de lugar a otras nuevas conclusiones que un posterior progreso demostrará que eran erróneas. Pero en tal caso una creencia falsa aparecerá con todo el prestigio de los últimos conocimientos científicos con los que la apoyen. Aunque en el campo particular en que se aplique esta idea toda la evidencia científica esté en su contra, no obstante, ante el tribunal de los intelectuales y a la luz de las ideas que rigen su forma de pensar, será seleccionada como la visión que está más de acuerdo con el espíritu de la época. Los especialistas que alcanzan prestigio público y gran influencia no serán, pues, aquellos que hayan obtenido reconocimiento por parte de sus colegas, sino que a menudo serán hombres a los que los otros expertos consideran manipuladores, aficionados o incluso fraudulentos, pero que sin embargo, a los ojos del público, se convierten en los exponentes más conocidos y considerados de su especialidad. En particular, hay pocas dudas de que la manera en que, durante los últimos cien años, el hombre ha aprendido a organizar las fuerzas de la naturaleza ha contribuido en gran manera a la aparición de la creencia en que un control similar de las fuerzas sociales traería mejoras comparables de las condiciones humanas. Que con la aplicación de técnicas de ingeniería, la dirección de todas las formas de actividad humana, de acuerdo con un plan único y coherente, debería llegar a ser tan socialmente exitosa como lo ha sido la dirección de otras innumerables tareas, es una conclusión demasiado atractiva como para seducir a la mayoría de los que están eufóricos con los logros de las ciencias naturales. En efecto, hay que reconocer que se requieren argumentos poderosos para contrarrestar la fuerte presunción en favor de tal conclusión y que estos argumentos aún no han sido adecuadamente formulados. No es suficiente señalar los defectos de las propuestas particulares que se hacen sobre la base de este tipo de razonamientos. El argumento no perderá su fuerza hasta que no haya sido concluyentemente demostrado por qué lo que ha mostrado ser tan eminentemente exitoso en producir avances en tantos campos, tiene límites en su utilidad y puede convertirse en positivamente dañino si se extiende más allá de esos límites. Se trata de una tarea que todavía no se ha llevado a cabo satisfactoriamente y que tendrá que lograrse antes de que ese argumento particular a favor del socialismo pueda ser eliminado. Por supuesto, este es sólo uno de tantos asuntos en que es más necesario el avance intelectual, si es que las ideas nocivas del presente han de ser refutadas; en este caso y en otros el camino que vamos a seguir será decidido, en última instancia, por el estudio de cuestiones muy abstractas. No es suficiente que el hombre de negocios esté seguro, desde su profundo conocimiento de un campo en particular, de que las teorías del socialismo, que se derivan de ideas más generales, son impracticables. Puede estar perfectamente en lo correcto y, sin embargo, su resistencia será vencida y todas las consecuencias lamentables que prevé ocurrirán si su criterio no cuenta con el apoyo de una refutación efectiva de las “meres idées”. En tanto que el intelectual lleve la mejor parte en la discusión general, las objeciones más valiosas en asuntos específicos serán dejadas de lado.

Arecaceae Howea belmoreana Parque de Málaga

Howea belmoreana (Arecaceae) en el Parque de Málaga el diecisiete de febrero de 2014.


sábado, 5 de marzo de 2016

Ruinas de lagares y cortijos del Parque Natural de los Montes de Málaga y zonas limítrofes: “El Cejudo”

Desde el parqueadero del “Ecomuseo Lagar de Torrijos” tomamos la pista que conduce a las ruinas del lagar de Santillana, por la margen izquierda del arroyo de Chaperas. Después de caminar algo menos de un kilómetro, cuando llegamos a  36°49'53.64"N   4°22'7.18"W, abandonamos la pista e iniciamos el ascenso por la ladera que tenemos a la izquierda del sentido de nuestra marcha. A unos cien metros del carril, en  36°49'51.33"N   4°22'10.82"W y a una altitud de 712 metros (cf. Google Earth), están las ruinas del “Lagar de El Cejudo”.


Friedrich August von Hayek “Los Intelectuales y el Socialismo” (1949) III


The Intellectuals and Socialism

Los intelectuales y el socialismo

No es de extrañar que los verdaderos eruditos y expertos y los hombres prácticos sientan a menudo desprecio por el intelectual, se muestren poco inclinados a reconocer su influencia y actúen resentidos cuando la descubren. Individualmente consideran a la mayoría de los intelectuales como personas que no entienden nada en particular especialmente bien y cuyos juicios, en asuntos que ellos mismos comprenden, muestran pocos signos de especial sabiduría. Sin embargo sería un error fatal subestimar su influencia por este motivo. A pesar de que su conocimiento puede ser a menudo superficial y su inteligencia limitada, eso no altera el hecho de que es su juicio el que determina fundamentalmente los puntos de vista sobre los que la sociedad actuará en un futuro no muy lejano. No es exagerado decir que, una vez que la parte más activa de los intelectuales se ha convertido a un conjunto de creencias, el proceso mediante el cual éstas se convierten en generalmente aceptadas es casi automático e irresistible. Estos intelectuales son los órganos que la sociedad moderna ha desarrollado para la difusión del conocimiento y sus ideas, convicciones y opiniones funcionan como el filtro a través del cual todas las nuevas concepciones y opiniones deben pasar antes de que puedan llegar a las masas. Corresponde a la naturaleza del trabajo del intelectual el usar su propio conocimiento y convicciones en el desempeño de su tarea diaria. Él ocupa su posición debido a que posee o ha tenido que lidiar día a día con el conocimiento que, en general, su empleador no posee y, por lo tanto, sus actividades pueden ser dirigidas por otros sólo en grado limitado. Y es porque los intelectuales son en su mayoría intelectualmente honestos, por lo que es inevitable que sigan sus propias convicciones cada vez que actúen discrecionalmente y que dejen la marca de esas convicciones en todo lo que pasa a través de sus manos. Aún cuando la dirección de las políticas esté en manos de hombres con diferentes puntos de vista, la ejecución de las políticas, en general, estará en manos de los intelectuales y, frecuentemente, es la decisión sobre los detalles la que determina el efecto neto. Encontramos esto ilustrado en casi todos los ámbitos de la sociedad contemporánea. Prensa de propiedad “capitalista", universidades presididas por órganos de gobierno “reaccionarios", emisoras de radiodifusión propiedad de gobiernos conservadores, han trabajado para influir a la opinión en dirección al socialismo, porque tal era la convicción de las personas que trabajaban allí. Esto ha sucedido muchas veces, no sólo a pesar de, sino tal vez incluso a causa de los intentos de la dirección de controlar la opinión e imponer los principios de la ortodoxia. El efecto de este filtrado de ideas a través de las convicciones de una clase, que está constitucionalmente inclinada a ciertos puntos de vista, no está en absoluto limitado a las masas. Generalmente los expertos, fuera de su campo especial, no son menos dependientes de esta clase y apenas resultan menos influenciados por sus opiniones. El resultado de esto es que hoy, en la mayor parte del mundo occidental, hasta los más decididos adversarios del socialismo reciben ideas de fuentes socialistas sobre una mayoría de temas acerca de los que no tienen información de primera mano. No siempre es obvia la conexión entre muchas de las preconcepciones más generales del pensamiento socialista y sus propuestas socialistas prácticas y, en consecuencia, muchos de los que se creen decididos opositores de ese sistema de pensamiento se convierten de hecho en difusores efectivos de sus ideas. ¿Quién no conoce al hombre práctico, que en su propio campo denuncia al socialismo como una “perniciosa podredumbre" pero que, cuando da un paso fuera de su campo, le brota el socialismo como a cualquier periodista de izquierdas? En ningún otro campo se hecho sentir la influencia predominante de los intelectuales socialistas con más fuerza, durante los últimos cien años, que en los contactos entre diferentes culturas nacionales. Iría mucho más allá de los límites de este artículo rastrear las causas y el significado del hecho, tan sumamente importante, de que en el mundo moderno los intelectuales proporcionan casi la única aproximación disponible a la comunidad internacional. Es esto lo que explica, principalmente, el extraordinario espectáculo de que el supuestamente “capitalista” Occidente haya estado, durante generaciones, prestando apoyo moral y material casi exclusivamente a aquellos movimientos ideológicos de los países orientales, cuyo objetivo era socavar la civilización occidental y que, al mismo tiempo, la información que el público occidental ha obtenido, acerca de los acontecimientos en Europa Central y Oriental, haya estado casi inevitablemente coloreada con un sesgo socialista. Muchas de las actividades “educativas” de las fuerzas estadounidenses de ocupación en Alemania han aportado recientemente claros ejemplos de esta tendencia. Así pues lo más importante es una adecuada comprensión de las razones por las que muchos intelectuales se inclinan hacia el socialismo. El primer punto que los no socialistas deben afrontar francamente es que no son ni intereses egoístas, ni malas intenciones, sino convicciones mayoritariamente honestas y buenas intenciones las que determinan los puntos de vista de los intelectuales. De hecho hay que reconocer que, en general, el típico intelectual de hoy en día es más probable que sea un socialista guiado por su buena voluntad e inteligencia y que, en el plano de la argumentación puramente intelectual, será generalmente capaz de afrontar un asunto mejor que la mayoría de sus oponentes dentro de la intelectualidad. Si seguimos pensando que está equivocado hay que reconocer que puede tratarse de un error genuino, que induce a personas bien intencionadas e inteligentes, que ocupan puestos clave en nuestra sociedad, a difundir puntos de vista que nos parecen una amenaza para nuestra civilización.1 Nada podría ser más importante que tratar de entender las fuentes de este error con el fin de poder contrarrestarlo. Sin embargo, aquellos que son generalmente considerados como los representantes del orden existente y que creen que comprenden los peligros del socialismo están las más de las veces muy lejos de esa comprensión. Tienden a considerar a los intelectuales socialistas tan sólo como un puñado de radicales perniciosos, sin comprender su influencia y, por su actitud hacia ellos, consiguen impulsar aún más su oposición al orden existente.


1 No fue por tanto (como ha sido sugerido un lector de “Camino de Servidumbre”, el profesor J. Schumpeter) "un exceso de cortesía", sino la profunda convicción de la importancia del problema lo que me condujo, en palabras del profesor Schumpeter, “no atribuir casi nunca a los contradictores cosa distinta de un error intelectual.”