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viernes, 12 de mayo de 2017

Conferencia de Antonio Escohotado «El genocidio silencioso», impartida el 27 de julio de 2014, en Castilfrío de la Sierra, durante el «VII Encuentro Eleusino: Don de la ebriedad».

FERNANDO SÁNCHEZ DRAGÓ: Bueno, aunque he renunciado en estos encuentros a presentar a los ponentes, a los profesores, en esta ocasión me siento obligado a decir unas cuantas palabras. En primer lugar Escohotado fue presencia determinante y constante y significativa en esos cursos del conocimiento, en esos viajes al conocimiento de la Complutense, en el Escorial, y de los cuales estos encuentros son una prolongación. Me gustaría también resaltar que me une a este hombre una amistad que es fraternidad. En tercer lugar me gustaría señalar que en España hay muchos profesores de filosofía, hay muchos historiadores de la filosofía; algunos de esos profesores y algunos de esos historiadores son buenos, otros no lo son tanto, pero hay muy pocos filósofos, afirmación que por otra parte sería extensible no sólo a España, sino a prácticamente la totalidad del planeta en estos momentos; filósofos en el sentido que esa palabra tuvo en la antigüedad, filósofos a la manera de Aristóteles, a la manera de Descartes, a la manera de Hegel, a la manera de Heidegger, y creo que Antonio Escohotado es uno de los últimos, quizá el mejor que nos queda en España. Me gustaría también, a propósito de todas estas cosas que se han dicho siempre que si las drogas son peligrosas, que si las drogas generan daños físicos, daños neurológicos, daños mentales, daños espirituales, bueno…, que hay una serie de ejemplos, y los hemos visto aquí, en el programa y aquí mismo están, que demuestran que no es así; que demuestran que las drogas sabiamente, rectamente, correctamente manejadas no constituyen peligro alguno para el organismo. Jünger, que ha salido a relucir, vivió ciento cinco años o ciento tres, no recuerdo bien, y Hoffman, el propio Hoffman vivió ciento tres o ciento cinco años, tampoco lo recuerdo bien…

ANTONIO ESCOHOTADO: Ciento uno y ciento tres.

F. S. D.: Ciento uno y ciento tres. Hasta el final de sus días Jünger siguió publicando libros a cual mejor. Hoffman aquí lo han tenido. Recuerdo que cuando vino al curso del Escorial incluso ligó. Tenía…

A. E.: El cabecero, el cabecero de la cama no nos dejaba dormir…

F. S. D.: Hubo ciertos rumores que evidenciaban que el ligue se había perpetrado y consumado. Por otra parte Escohotado, que tiene setenta y tres años, está ahora embarcado en la tarea de escribir un libro verdaderamente memorable, memorable no sólo por su calidad sino también por su cantidad. Es el libro del cual han aparecido ya dos volúmenes y estoy hablando de volúmenes de mil páginas o más…

A. E.: Setecientas.

F. S. D.: Setecientas, densas… el título del libro es “Los enemigos del comercio” y el título no rinde honor, creo yo, al contenido del libro, que el contenido del libro es ni más ni menos que una interpretación de todo lo que ha sido la andadura del ser humano sobre el planeta y especialmente en el mundo occidental desde épocas muy remotas. Yo creo que “Los enemigos del comercio” es una obra colosal donde Escohotado hace alarde…, maneja una información verdaderamente abrumadora, cruzada, procedente de muchos campos del saber, de muchas disciplinas… bueno, pues demuestra que esta persona, que hace uso cotidiano de las drogas, y él nos hablará ahora de estas cosas, está en plena forma intelectual. Y yo mismo, humildemente, acabo de de terminar esa tarea de otro libro del mismo volumen, de setecientas cincuenta páginas, que como sabéis me ha tenido ocupado diez horas al día sobre los diez últimos años. Y baste con esto. Escohotado nos va a hablar del genocidio silencioso.

***
Antonio Escohotado: A bote pronto se me ocurre recordaros como está moviéndose lo que se llama guerra o cruzada contra las drogas. Cuando celebrábamos este programa (El mundo por montera (1989), presentado por Fernando Sánchez Dragó, en el que se entrevistó a Albert Hofmann) había una unanimidad completa de la sociedad, digamos un noventa y muchos por ciento, diciendo “¡qué tíos más chalados estos que salen ahí, Savater, Dragó, Escohotado y, sobre todo, Hofmann!”. Había unos pequeños grupos que decían “¡qué va, qué va, aquí está una semilla de responsabilidad, de conocimiento…!”. Bueno, han pasado veintiséis años. ¿Qué ha sucedido básicamente en términos administrativos, en términos legales? Ha sucedido que donde había seiscientos funcionarios, en Naciones Unidas, para reprimir las drogas, ahora hay seis. Donde las brigadas de estupefacientes españolas tenían diez, ahora tienen dos. Se está retrocediendo. La guerra de las drogas ha dado paso a una situación que podemos llamar de armisticio, que técnicamente se llama de reducción del daño. Es una manera de echarse para atrás sin perder la cara. Es prometedor. Da la sensación de que bien sea porque nuestras palabras y nuestro ejemplo han fructificado un poco y entonces ya no se tiene esa actitud de identificación con el perseguidor, que creó figuras como el yonki, por ejemplo, esas zonas vampíricas, o toda la criminalidad relacionada con eso o, en general, la coartada victimista: “ya que están prohibida, ahora yo me puedo colgar del resto de la humanidad, decir que soy una plepa o una víctima y dame, dame, que yo no puedo dar a nadie”. Da la sensación de que esto está cambiando. Por lo menos esto está cambiando en términos de presupuestos. En Estados Unidos, trece Estados de la Unión ya tienen la marihuana perfectamente disponible y a mí no me extrañaría que en poco tiempo, incluso tres años, salvo cuatro o cinco Estados realmente refractarios por sus tradiciones y tal, los americanos, que fueron el origen de la cruzada contra las drogas, van a ser los que produzcan su demolición suavemente y, sobre todo, porque en un mundo en crisis, en crisis de energías, el cáñamo no sólo es una sustancia renovable y de múltiples, pero realmente múltiples usos, sino que, de todas las drogas que conocemos es la que toca la consciencia, modifica el ánimo con menos consecuencias orgánicas indeseables, por no decir ninguna. El cáñamo estimula el apetito, mejora la sensibilidad musical, mejora el contacto sexual… Es como una planta bendita. Durante tiempo se ha perseguido pero, como en Méjico los de la piñata, que se tapan los ojos y empiezan a pegarle palos, a ver si le dan a aquello… Y resulta que le hemos pegado a la piñata y hemos sacado una planta que no tiene nada que ver con lo que había hace cuarenta años. Las marihuanas actuales, tanto las de cultivo en interior como las de exterior, son unas plantas que tienen las mismas diferencias que un “dos caballos”, de aquellos que llevábamos en los años setenta, y lo que son los BMW de ahora. Es de la noche al día en todos los sentidos. Creo necesario celebrar que la cruzada retrocede, pero mucho. Y eso sí, sin querer decirlo plenamente porque nunca las cruzadas han retrocedido. Cuando ha habido prohibición de propaganda ilegal o cuando ha habido prohibición de hábitos sexuales o cuando ha habido prohibición de tratos con potencias mágicas, todas estas cruzadas que hemos conocido, que se han cargado a tantísima gente, si os fijáis nunca ha habido un decreto diciendo “nos hemos equivocado y damos marcha atrás”. ¡Qué va! Las cruzadas se han ido entre susurros. Entre susurros se irá esta.

***

Antonio Escohotado: ¿Por qué hablo de genocidio silencioso? Ya veis que procuro ir rápido. A Fernando le gusta hablar mucho. A mí se gusta hablar poco. Pues porque todavía las personas se mueren y pasan el trance agónico sin darse cuenta de que los opiáceos hacen más larga la vida (en esos casos con certeza absoluta, al ciento por ciento, lo declaro) y más llevadera. Como yo no conozco a nadie que haya evitado morirse (por ahora no conozco a nadie) hay que tomar eso en consideración. Y si Natura no nos ha dado la fortuna de un derrame, un infarto o algo así lo haga rápido, el trance, pues hay que estar preparados para que entonces las escasas energía que nos queden se utilicen de la forma más eficaz y nos otorguen, ante todo, una defensa contra lo que no tiene defensa, que es el sentimiento de dolor, el sentimiento de desposesión de una persona que tiene un instinto de supervivencia, pero que ya no tiene supervivencia. Ese desgarramiento es donde pueden actuar más eficazmente los opiáceos. Un opiáceo no reduce el dolor que te causa una quemadura o un corte o un martillazo. ¡No! Lo que reduce es el sufrimiento. El sufrimiento es la anticipación del dolor, no es el dolor mismo. Muchas veces, buscando evitar dolores nos procuramos dolores mucho mayores. Me detengo un instante en lo que Epicuro llamaba “hedoné”, placer. Porque de Epicuro queda poco. Si no recuerdo mal un pequeño fragmento, en una carta a un tal Meneceo… Allí Epicuro dice: «el placer óptimo (“hedoné” máxima) es que no nos duela algo». El que pide una positividad del placer no sabe lo que dice. La vida está hecha de tal forma que con que no nos duela, ya eso es goce. ¡Pocas personas lo piesan! ¿Tú lo piensas, por ejemplo?

Fernando Sánchez Dragó: “Comme ci comme ça”.

Antonio Escohotado: ¿“Comme ci comme ça”? Es que es muy ambicioso. Más que yo, en este sentido. El dolor es indeseable. El dolor es nuestro enemigo. El dolor es el verdadero diablo del Cosmos. Por otra parte ya sabemos que el dolor es una función de advertencia. Si no tuviéramos dolor nos quemaríamos sin darnos cuenta y sería mucho peor. El dolor tiene su positividad. Pero por otra parte es indignante. Lo peor es huir del dolor por medios ineficaces. Por ejemplo los mártires, que dicen “quémame vivo, ponme ahí con los leones, porque luego voy a pasarlo pipa en el cielo… Esa es una reacción ante el dolor realmente delicada. En fin, para el que le guste, allá él. Fijaos que en general la oferta que hacen las sustancias psicoactivas respecto del dolor es muy ambivalente por muchas razones, pero para empezar porque cualquier tipo de uso, de cualquier tipo de droga, va a inducir un factor de tolerancia con la insensibilidad, de manera que cada vez va hacer menos efecto y nosotros, ahí, tenemos que tener un ten con ten francamente delicado, si se piensa en un empleo por ejemplo cotidiano. ¿Cómo es posible que uno siga tomando sin hacerse insensible y, por tanto, que no tenga sentido tomar? La tragedia de hacerse insensible al aumento del factor de tolerancia no es tal tragedia, salvo que nos pongamos patético-enfáticos, en plan romántico, Víctor Hugo, Dickens, y entonces sí, no podemos, no podemos… Dostoievski diría que no, que no, que tal… ¡No! Con un poquito de cintura, desde luego tenemos que ir subiendo… Vamos a ver si pasamos de las benditas benzodiacepinas, que han tranquilizado a la humanidad y le han venido fenomenal… Porque recordar que antes de la “benzo” lo que había era barbaridades, como el formaldehido… luego hubo los barbitúricos, que son interesante, pero con efectos secundarios y fármacos que te matan por falta de respiración cerebral muy rápidamente. En realidad son un elemento imprescindible de botiquín para personas que se quieran matar rápido. Y vinieron las “benzo” que tienen un margen de seguridad amplísimo. Estamos hablando por lo menos de uno a setenta. Si la dosis activa media fuera x necesitas tomar x multiplicado por setenta para liquídate, de la dosis activa a la dosis mortal. En otras sustancias el factor de tolerancia puede ser tres, cinco… Pensad, por ejemplo, el factor crítico en el caso del alcohol. ¿Cuántos whiskies se necesitan para colocarse? Uno o dos… ¿Cuántos whiskies para matarse? Pues no creo que pasen de diez o doce; quiero decir continuados, porque cuando estamos hablando de magnitudes químicas queremos decir continuados y no podemos establecer un plazo de cuarenta horas que separen las ingestas. Estamos hablando de unas ingestas en un cuarto de hora, en veinte minutos de tiempo. YO creo que es imposible en veinte minutos tomarse doce whiskies y no entrar en coma hepático o algo bastante parecido. Puede haber personas que lo aguanten, pero yo no conozco ninguna y desde luego, en mi caso, no me atrevería ni de coña. ¿Tú qué piensas de eso?

Fernando Sánchez Dragó: Nunca he probado.

Antonio Escohotado: Ya, pero ¿qué te…?

Fernando Sánchez Dragó: En un cuarto de hora diez o doce whiskies me parece improbalbe.

Antonio Escohotado: Improbable. Extremamente improbable.

Fernando Sánchez Dragó: Extremamente improbable ¿no? Además claro, el whiski le quitas el agua y tal para podértelo tomar. Diez o doce whiskies serían como dos vasos como este ¿no? Fuego líquido. Yo creo que como mínimo tendríamos un episodio de intoxicación orgánica grave. Pues fíjate en cambio con el Valium, que tanta gente que dice que se va a matar con Valium y no hay manera. Se tienen que hinchar de Valium y no consiguen matarse. Con barbitúricos sí. Los barbitúricos pueden tener una proporción de uno a seis o uno a siete; de las más bajas del mundo. El pentotal sódico, que es un barbitúrico ultrarrápido puede tener quizá una proporción de uno a tres; puede ser quizá el margen de seguridad más corto de todo el universo de sustancias psicoactivas. Bueno, ya sabemos que por ahora todo el mundo se ha muerto y gran parte de los que se mueren no tienen la fortuna de que sea por derrames cerebrales o infartos fulminantes. Durante ese palazo ¿qué hacer? La medicina ha cambiado en un aspecto a mi juicio sustancial, que nunca se menciona lo bastante. Cuando yo era niño el diagnóstico de enfermedad terminal no existía. Se recordaba el juramento hipocrático, que dice “ante todo no hacer daño”. Y naturalmente ¿qué bien puede hacer un diagnóstico “oiga, usted se va a morir en tres meses, o en seis meses o en ocho meses”? Con arreglo a Hipócrates y Galeno ese diagnóstico está prohibido para la profesión médico. Qué lo haga un brujo, que lo haga un chamán, pero uno perteneciente a la rama llamada medicina científica, que cree que los males todos tienen origen natural y se curan con remedios naturales, sin intervención de ensalmos, magias, etc., etc., esos prohibían cualquier tipo de diagnóstico que, ahora, es la regla. Cuando yo era el niño el cáncer no se llamaba el cáncer; decían “una cosa”, “esa cosa”. Había como un silencio reverencial. Era regla no decirles a los ancianos y a los enfermos que “usted se va a morir”. Pero también era regla dejar que los síntomas se manifestasen. Uno de los grandes cambios que se han producido en los últimos cincuenta años es que se han generalizado análisis exhaustivos, de jugos, rayos equis, tal… ahora tomografías, con lo cual te miran detalladamente todas partes. Creo que fue la doctora Kübler-Ross, que estuvo investigando a fondo con agonizantes, la que descubrió, a través de unos cuantos miles de cadáveres, que habían muerto de cualquier cosa menos de cáncer, pero que dos tercios tenían cáncer. Sin embargo no habían muerto de cáncer, porque no los habían tratado de cáncer, porque no les habían diagnosticado cáncer. Asignatura endiente de la medicina moderna: calcular en qué medida afectan al sistema inmunológico humano, diagnósticos de diversa entidad. Esto es muy fácil porque, incluso, se podrán utilizar placebos, es decir, sujetos a quienes se les dan diagnósticos falsos. Se les dice “usted se va a morir porque tiene una metástasis en la pleura”; y claro, esa maldad veinticuatro horas después se la cambias, pero entre tanto le mides el sistema inmunológico. La clase médica me oye médica y ya empieza a sacar los bazucas y dice “¿otra vez Escohotado diciendo canalladas? ¡Que lo quiten de la película!” No interesa ver hasta qué punto el sistema inmune humano no está preparado para cosa distinta de la incertidumbre. La incertidumbre es un factor radical de la existencia. Si tuviéramos cualquier tipo de certidumbre no podríamos vivir. Hay una pequeña comedia de Canetti dedicada a esto, donde las personas viven mil años, con un placer infinito y mueren sin dolor ninguno, pero saben el día y la hora y la forma de morirse, con lo cual nadie es capaz de vivir. Si os lo representáis, es como un experimento mental, os daréis cuenta que es así… aunque ahora nos den todo de todo. El mero hecho de saber en qué preciso instante vamos a morir no nos permite vivir, ya desde el segundo siguiente. ¿Y si eso es así cómo se mantiene la costumbre de analizar exhaustivamente a las personas y decirles lo que les pasa. Yo la verdad es que no acabo de entenderlo. Me parece un genocidio silencioso. ¿Quién sale ganando? Por supuesto salen ganado los que hacen los análisis, el enorme y gigantesco aparato distribuido para decir a ser humano la verdad. Pero ¿realmente aciertan siempre? ¿No hay enfermos que desmientan el diagnóstico? ¿No hay errores de diagnóstico? Por supuesto, el que tiene boca se equivoca y no vamos a ver por qué no se equivoca el que tiene un aparato corporativo, estamental, que le defiende de cualquier tipo de críticas. Antes entrabas en un quirófano y normalmente sin más. Ahora entras tras firmar un documento en donde dice que cualquier cosa que te pase no es culpa del que te opera. Eso forma parte de la misma operación de “analícese, aguante diagnósticos tóxicos como si le beneficiasen, aunque no le benefician y, además, nosotros no tenemos la culpa”. Yo creo que tendríamos que hacer algo o este cauce de dolor y de muerte va a ir en perpetuo y rápido, yo diría en exponencial aumento. En primer lugar porque el ser humano no está… el sistema inmune del ser humano no está preparado para la verdad, o lo que llamamos aquí la verdad y, en segundo lugar, porque para admitir esa verdad necesitaríamos redefinir todo el tratamiento y en vez de darle nolotil o ibuprofeno deberíamos darle analgésicos enérgicos, heroicos, como decían los alemanes a mediados del siglo pasado. Y el más heroico de esos analgésicos es el que tiene ese nombre, heroína, el que descubrió Dreser. ¿Por qué heroína es mejor que la codeína o que el opio o que otras sustancias de su familia? Pues porque es más activa, es decir, porque en menos cantidades hace el mismo o mayor efecto. ¿Por qué queremos la actividad de las sustancias? Pues para tener una impregnación general de tejidos, bien sea proporcionalmente inferior, para que se nos quede menos de eso. Si tuviéramos sustancias (y las tenemos, por cierto; ahora hablo un momento de eso) como la LSD, con millonésimas de gramo conseguiríamos lo que otro caso conseguimos con décimas de gramo o milésimas de gramo. Es una diferencia colosal. En analgésicos se ha descubierto una supersustancia, un grupo de sustancias, que se llaman fentanilos, que sí actúan también a millonésimas de gramo; tienen la misma potencia o más que el ácido, la misma actividad. Los fentanilos se utilizan tanto en forma de grageas sublinguales como, sobre todo, en forma de parches muy variados; van desde parches de fentanilo 200 microgramos o 400 microgramos, con una diferencia colosal, por supuesto… veinte o treinta veces más. ¿Pero se están usando para personas que están terminales o que padecen grandes dolores? ¿Se están usando los analgésicos?

Una voz: Sí.

Antonio Escohotado: ¿Sí? Vamos a ver. ¿Tú eres médico?

Una voz: No, pero mi marido murió el año pasado y le pusieron fentanilo, incluso antes de tiempo.

Otra voz: Y a mi padre también.

Primera voz: Y lo ha inalado, y todo el tiempo te ofrecían rescates de morfina… pero si no lo necesita.

Antonio Escohotado: ¿Cuál era el diagnóstico de tu marido?

Primera voz: Pues tenía un sarcoma con metástasis óseas, pero estuvo sin dolores y fenomenal casi hasta una semana antes de morirse. Y llevarlo al hospital y quererle chutar un fentanilo a todas horas; y decías “es que no puedo hablar”…

Antonio Escohotado: ¿Con el fentanilo no podía hablar? ¿Y qué le estaban poniendo? ¿Qué dosis?

Primera voz: Pues no lo sé, porque ellos te ponen lo que les da la gana… trajimos inhalaciones, parches… Yo tengo en casa todavía… Y te hablan del fentanilo como si todos supiéramos lo que es el fentanilo.

Antonio Escohotado: Ahora empezamos a hablar en concreto del fentanilo. El fentanilo creo que lo descubrieron los laboratorios Janssen, allá por los años cincuenta, y quedaron fascinados por la potencia excepcional que tenía. Porque tú cogías un kilo de fentanilo y lo convertías en el mercado negro en doscientos kilos de heroína… supuesta heroína. El poder eufórico del fentanilo y de la heroína… Claro que no he definido poder eufórico… El estado de satisfacción producido por un fármaco se puede llamar poder eufórico. El poder eufórico del fentanilo comparado con el poder eufórico del opio o el poder eufórico de la morfina o el poder eufórico de la heroína es, simplemente, distinto. De estas cuatro drogas que he mencionado la más eufórica es el opio, con mucha diferencia; y además es la más duradera; viene a durar, por lo menos, veinticuatro horas, normalmente más. El opio es eufórico porque además de aniquilar el sufrimiento, la anticipación del dolor, la hipocondría, la aprensión… además de eso genera un deseo de trabajar. Los usuarios de opio más conocidos del último tercio del siglo XIX son Wagner, Bismark, Goethe y Goya. Lo sabemos por sus cuentas de farmacia, que son desmesuradas. Ellos tomaban láudano normalmente de Sydenham en cantidades… el fármaco era caro y los cuatro se quejaban, y eso que el canciller acabó siendo muy rico; hablo de Bismark. Eran cuatro hombres que dejaron obras titánicas y tomaban opio para trabajar, no para ir “mamá, soy impotente y dependo de esto, voy a usar al mundo como percha de mis caprichos”. No, lo tomaban para trabajar. Luego prácticamente se les hizo difícil a Goya, a Goethe, a Bismark y a Wagner ir tomando opio; ¿por qué? Porque la medicina empezó a decir que el opio era una cosa ruda, primitiva, y que tenía algo mucho mejor. Ese algo mucho mejor era la morfina. Y efectivamente la morfina, en cantidades mucho menores, hace un efecto analgésico, es decir, mata sufrimiento, idéntico o incluso mejor, pero sin el efecto eufórico de darte ganas de trabajar, estimularte, ponerte alegre, etc., etc. El fentanilo tiene todavía menos poder de estimularte y de congraciarte con la vida y decir “¡jo!, ¡qué bien!”, que la morfina. Y la heroína está situada inmediatamente después del opio. Ahí tenemos los cuatro analgésicos más enérgicos, más heroicos que hay. El más poderoso por actividad química es el que menos euforia tiene, el fentanilo. En ciertos casos, en ciertos botiquines, ante enfermedades pavorosas, como un sarcoma… Hay otras variedades menos impresionantes a nivel de diagnóstico. Por supuesto no podemos librar la administración de estas sustancias a los enfermos, pura y simplemente porque los enfermos están desinformados. No saben de lo que hablan. Yo, por ejemplo, estoy informado teórica y prácticamente sólo hablo de lo que pruebo. Me niego a hablar en nombre de los demás. Pero claro, esto es muy raro, porque los propios médicos, muchos de ellos, no han probado lo que están recetando. Y desde que empezó la prohibición de las drogas lo que médicos y farmacéuticos estudian como toxicología es teología dogmática. No tiene nada que ver con ciencia. Que ciertas sustancias, las del mercado blanco, son muy buenas y ciertas sustancias, las del mercado negro, son muy malas. Eso es mucho más un tratado de teología que un tratado de toxicología. Luego hay otras sustancias intermedias interesantísimas. Ayer hablaba con Julio Miguel… hay en el mercado español ahora, y se da para terminales y para casos de cáncer, la oxicodona y la oxicodona, si en vez de tomarse oralmente, que se convierte en morfina… ¿tu marido también tomaba…?

Una voz: Yo creo que primero le pusieron ixicodona.

Antonio Escohotado: Eso sí es un poder eufórico muy potente, una capacidad importante, sobre todo si en vez de tomarlo por la boca, se esnifa. Esa es otra de las cosas. La forma de evitar los inconvenientes de esnifar es lavarse las narices con agua tibia y sal, y ahí se acabo todo el problema. Pero esa forma de administración evita que, al entrar en contacto con los jugos gástricos, estas sustancias mata-dolores se conviertan todas en morfina, que mata dolores, pero regulinchi. La persona tiene que estar ya muy reducida de capacidad para la percepción, para la motilidad… Si es un escritor o es un pintor, para pintar o para escribir, etc. Tenemos básicamente estas cuatro sustancias y tenemos una condición insalvable, que es que los seres humanos son mortales. Los médicos ignoran los efectos reales de estas sustancias, porque no las tocan. Los pacientes las ignoran porque las ignoran, con toda la razón del mundo. Es un campo muy especializado. Igual que sólo saben de marcos de ventana los persianistas, pues sólo las conocen unas cuantas personas. El criterio de distribución ¿cuál es? El criterio es decir ¿“vamos a prologar la vida de este individuo, sabiendo que si le reducimos el metabolismo basal, donde ahora a lo mejor dura, aproximadamente, tres meses, podría durar aproximadamente una año o medio año y, en todo caso, con otro estado de ánimo, o vamos a librarlo a la arbitrariedad”? Entonces nos encontramos con que en ciertos hospitales se reparte liberalmente el fentanilo, en otros no se reparte para nada y en ningún caso, en ningún caso, se van a encontrar los dos fármacos que realmente van a ayudar a las personas a morirse: el opio y la heroína. Y tú dices ¿y por qué tiene usted fentanilo y morfina y no tiene opio y heroína? ¡Explíqueme esto! Bueno, lo normal es que, en vez de explicarte, seas llevado a disposición judicial para que te expliques tú, debido a la impertinencia de semejante cuestión. Yo creo que ya lo he dicho todo. No he dicho ni una octava parte de lo que debía decir, pero siempre pasa. Os he sugerido unas cuantas cosas. Igual que la cruzada está desapareciendo entre susurros, creo que el tratamiento del dolor se va a hacer más compasivo y más sabio. Para eso hace falta una acción combinada de que los enfermos y los médicos aprendan lo que ahora no saben, porque ni el médico ni el enfermo han tenido experiencia de primera mano. Siempre decimos, desde Aristóteles, que la experiencia de primera mano es lo que separa a la ciencia de la superstición. Ojalá empiece a suceder en este campo. Si os parece me hacéis las preguntas oportunas.


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