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sábado, 10 de junio de 2017

Gustave Le Bon, Las opiniones y las creencias. Génesis y evolución. (1911) Libro I: Los problemas de la creencia y del conocimiento Cápítulo I Los ciclos de la creencia y del conocimiento.


§ 1. – Las dificultades del problema de la creencia.
El problema de la creencia, confundido a veces con el del conocimiento, es sin embargo muy distinto. Saber y creer son cosas diferentes que no tienen el mismo origen. De las opiniones y de las creencias proceden nuestra idea de la vida y nuestra conducta y, en consecuencia, la mayor parte de los acontecimientos históricos. Como todos los fenómenos se rigen por ciertas leyes, pero son leyes que aún no se ha estudiado. El mundo de la creencia siempre ha parecido envuelto en el misterio. Por eso son tan escasos los escritos acerca del origen de la creencia, mientras que los referidos al conocimiento son innumerables. Los escasos intentos hechos para aclarar el problema de la creencia son suficientes para mostrarnos cuan poco se lo ha comprendido. Aceptando la vieja opinión de Descartes, los autores repiten que la creencia es racional y voluntaria. Uno de los objetivos de esta obra será precisamente mostrar que la creencia no es voluntaria ni racional. La dificultad del problema de la creencia no escapó al gran Pascal. En un capítulo sobre El arte de persuadir afirma acertadamente que los hombres: “casi siempre llegan a creer no gracias a la prueba, sino al placer.” “Pero”, añade: “la forma de agradar es, sin comparación, tanto más difícil, tanto más sutil, útil y admirable… así que si no me ocupo de ella es porque no soy capaz; y me parece una dificultad tan desmesurada que pienso que semejante empresa es absolutamente imposible.” Sin embargo, gracias a los descubrimientos de la ciencia moderna, ha llegado el momento en que parece posible abordar el problema ante el que Pascal se sintió impotente. Su solución proporciona la clave de muchas cuestiones importantes. ¿Cómo, por ejemplo, se establecen las opiniones y las creencias religiosas o políticas? ¿Por qué es posible encontrar en individuos muy inteligentes supersticiones muy ingenuas? ¿Por qué la razón se muestra tan impotente a la hora de modificar nuestras convicciones sentimentales? Sin una teoría de la creencia estas cuestiones y muchas otras permanecen insolubles. La razón por sí misma no podría explicarlas. Si el problema de la creencia ha sido tan mal comprendido por los sicólogos y los historiadores es porque han intentado interpretar con los recursos de la lógica racional fenómenos a los que es inaplicable. Veremos que todos los elementos de la creencia obedecen a reglas lógicas, desde luego, pero absolutamente diferentes de las empleadas por los sabios en sus investigaciones. Desde mis primeros estudios históricos este problema me había atormentado. La creencia me parecía, desde luego, el factor principal de la historia ¿pero cómo explicar hechos tan extraordinarios como la aparición de las creencias que determinaron la creación y la caída de poderosas civilizaciones? Tribus nómadas perdidas en los desiertos de Arabia adoptan la religión que les enseña un iluminado y, gracias a ella, fundan en menos de cincuenta años un imperio tan grande como el de Alejandro y provocan una espléndida eclosión de maravillosos monumentos. Pocos siglos antes pueblos semibárbaros se convierten a la fe predicada por apóstoles procedentes de un oscuro rincón de Galilea y bajo el fuego regenerador de esta creencia el mundo antiguo se derrumba para dejar su lugar a una civilización completamente nueva en la que cada elemento aparece impregnado por el recuerdo del Dios que la hizo nacer. Casi veinte siglos más tarde la antigua fe se tambalea, desconocidas estrellas aparecen en el cielo del pensamiento, un gran pueblo se alza intentando destruir los lazos del pasado. Su fe destructora y poderosa le proporciona, pese a la anarquía en la que esta gran Revolución lo precipita, la fuerza necesaria para dominar Europa en armas y atravesar victoriosamente todas sus capitales. ¿Cómo explicar este extraño poder de las creencias? ¿Por qué el hombre se somete de súbito a una fe que desconocía ayer? ¿Por qué lo eleva esa fe de forma tan prodigiosa por encima de sí mismo? ¿De qué factores sicológicos surgen estos misterios? Intentaremos aclararlo. El problema del establecimiento y de la propagación de las opiniones y, sobre todo, de las creencias, tiene aspectos tan maravillosos que los sectarios de cada religión atribuyen su aparición y su difusión a un origen divino. Señalan también que tales creencias se adoptan a pesar de los intereses más evidentes de los que las aceptan. Por ejemplo, es sencillo comprender que el cristianismo se propagara fácilmente entre los esclavos y todos los desheredados a los que prometía una eterna felicidad. ¿Pero qué secreta fuerza podía inducir a un caballero romano, un personaje consular, a desprenderse de sus bienes y arriesgarse a suplicios vergonzosos para adoptar una nueva religión rechazada por las costumbres, despreciada por la razón y prohibida por las leyes? Es imposible invocar la debilidad intelectual de los hombres que se sometían voluntariamente a tales yugos, puesto que, desde la antigüedad a nuestros días, los mismos fenómenos se observan entre los espíritus más cultivados. Una teoría de la creencia no puede ser válida más que si proporciona la explicación de tales cosas. Sobre todo debe permitir comprender cómo ilustres sabios, reputados por su espíritu crítico, aceptan leyendas cuya infantil ingenuidad hace sonreír. Aceptamos fácilmente que Newton, Pascal o Descartes, que vivían en un ambiente saturado por ciertas convicciones, las hayan admitido sin discusión, de la misma forma que admitían las leyes ineluctables de la naturaleza. ¿Pero cómo es posible que en nuestros días, en medios en los que la ciencia proyecta tanta luz, las mismas creencias no se hayan desintegrado por completo? ¿Por qué observamos que cuando por casualidad se desintegran, son sustituidas de inmediato por otras ficciones, igualmente maravillosas, como lo prueba la propagación de doctrinas ocultistas, espiritistas, etc., entre sabios eminentes? A todas estas cuestiones tendremos que dar respuesta.
§ 2. – En qué se diferencian la creencia y el conocimiento.
Intentemos primero establecer qué es una creencia y en qué se distingue de un conocimiento. Una creencia es un acto de fe de origen inconsciente que nos induce a admitir en bloque una idea, una opinión, una explicación, una doctrina. Como veremos la razón no tiene nada que ver con su génesis. Cuando la razón intenta justificar a la creencia, la creencia está ya formada. Todo lo que se acepta por un simple acto de fe se debe calificar de creencia. Si la exactitud de una creencia se verifica luego mediante la observación y la experiencia, entonces deja de ser una creencia y se convierte en conocimiento. Creencia y conocimiento son dos formas de actividad mental muy distintas y de orígenes muy diferentes. La primera es una intuición inconsciente engendrada por ciertas causas independientes de nuestra voluntad, el segundo se adquiere conscientemente y se construye con métodos exclusivamente racionales, tales como la experiencia y la observación. Sólo en un momento avanzado de la historia la humanidad, que vivía en el mundo de la creencia, descubrió el mundo del conocimiento. Al penetrar en él reconoció que todos los fenómenos, atribuidos hasta entonces a la voluntad de seres superiores, se desarrollan bajo la acción de leyes inflexibles. En el mismo instante en que el hombre entró en la era del conocimiento, todas sus concepciones del universo cambiaron. Pero en este nuevo universo todavía no ha sido posible penetrar demasiado hondo. La ciencia comprueba cada día que sus descubrimientos siguen rodeados de misterio, misterio que es el alma desconocida de las cosas. La ciencia está todavía llena de zonas oscuras y, más allá de los horizontes que ha alcanzado, aparecen nuevas tinieblas que parecen alejarse continuamente. Este enorme espacio, que ninguna filosofía ha podido iluminar todavía, es el reino de los sueños. Está lleno de esperanzas que ningún razonamiento podría destruir. Creencias religiosas, creencias políticas, creencias de todas clases encuentran ahí un poder ilimitado. La fe crea los temibles fantasmas que lo habitan. Saber y creer seguirán siempre siendo cosas distintas. Mientras que la adquisición de la más pequeña verdad científica exige un trabajo enorme, la posesión de una certidumbre que no necesita sino la fe para mantenerse no necesita ninguno. Todos los hombres tienen creencias, muy pocos se elevan hasta el conocimiento. El mundo de la creencia posee su lógica y sus leyes. Los sabios vanamente han intentado una y otra vez penetrar en ellas con sus métodos. Veremos en esta obra por qué el sabio pierde por completo su espíritu crítico al introducirse en el mundo de la creencia y no encuentra en él sino las más decepcionantes ilusiones.
§ 3. – Funciones diferentes de la creencia y del conocimiento.

El conocimiento constituye una parte fundamental de la civilización, el gran factor del progreso material. La creencia orienta los pensamientos, las opiniones y, en consecuencia, la conducta. Supuestas en tiempos de origen divino, las creencias se aceptaban sin discusión. Hoy sabemos que proceden de nosotros mismos y, sin embargo, todavía se aceptan. En general el razonamiento tiene tanto poder sobre ellas como sobre el hambre o la sed. Elaboradas en la parte inconsciente de la mente, en la que la inteligencia no penetra, las creencias se padecen y no se discuten. Este origen inconsciente y, por lo tanto, involuntario, de las creencias las dota de una gran fortaleza. Ya sean religiosas, políticas o sociales, siempre han jugado un papel esencial en la historia. Al volverse creencias generalizadas se convierten en polos de atracción alrededor de los cuales gira la existencia de los pueblos e imprimen su marca en todos los elementos de cada civilización. Se distingue fácilmente cada una de las civilizaciones dándole el nombre de la fe que la ha inspirado. Civilización budista, civilización cristiana y civilización musulmana son denominaciones muy justas. Al convertirse en el centro alrededor del cual todo gira, las creencias se convierten también en factores que dan forma. Los diversos elementos de la vida social (filosofía, artes, literatura…) se modifican hasta adaptarse a ellas. Las únicas revoluciones verdaderas son las que cambian las creencias fundamentales. Siempre han sido muy raras. Por lo común sólo se transforman los nombres de las convicciones. La fe cambia de objeto, pero nunca muere. No podría morir, porque la necesidad de creer es un elemento psicológico tan irreductible como el placer y el dolor. El alma humana siente horror ante la duda y la incertidumbre. El hombre atraviesa a veces fases de escepticismo, pero nunca permanece en ellas. Siente la necesidad de ser guiado por un credo religioso, político o moral que lo domine y le evite el esfuerzo de pensar. Los dogmas destruidos son siempre reemplazados. La razón es impotente antes estas indestructibles necesidades. La Edad Contemporánea está tan animada por la fe como los siglos que la precedieron. En los nuevos templos se predican dogmas tan despóticos como los del pasado y que cuentan con un número semejante de fieles. Los viejos credos religiosos que sometían antaño a las multitudes son reemplazados por credos socialistas o anarquistas igualmente despóticos y poco racionales, pero con no menos poder sobre las alamas. A menudo la iglesia es reemplazada por la taberna, pero las prédicas de los místicos agitadores que se escuchan en ellas son objeto de la misma fe. Y si la mentalidad de los fieles no ha evolucionado mucho desde la lejana época en que, a orillas del Nilo, Isis y Hathor atraían hasta sus templos a millares de fervientes peregrinos, es porque en el curso de las edades los sentimientos, verdaderos fundamentos del alma, mantienen sus rasgos básicos. La inteligencia progresa, los sentimientos no cambian. No es posible dudar de que la fe en cualquier dogma no es sino una ilusión, pero no por eso se la puede desdeñar. Gracias a su “mágico” poder lo irreal adquiere más fuerza que lo real. Una creencia compartida proporciona a un pueblo una comunidad de pensamiento generadora de su unidad y su fuerza. Al ser tan diferente el dominio del conocimiento del de la creencia, oponer el uno a la otra es un intento vano, en el que sin embargo nos precipitamos cada día. Escindida cada vez más de las creencias, la ciencia sigue estando muy impregnada de ellas. La ciencia permanece sometida a la creencia en todos los asuntos poco conocidos, por ejemplo los misterios de la vida o el origen de las especies. Las teorías que se aceptan en esos campos son simples artículos de fe, sin más autoridad que la de los científicos que las formularon. Las leyes referidas a la psicología de la creencia no sólo son aplicables a las grandes convicciones que fundamentan la trama de la historia y dejan en ella una marca indeleble. También son aplicables a la mayor parte de nuestras opiniones diarias acerca de los eventos y las cosas que nos rodean. La observación nos enseña fácilmente que la mayoría de estas opiniones carecen de soporte racional, aunque lo tienen de elementos afectivos y místicos, generalmente de origen inconsciente. Si se las discute con tanto ardor es precisamente porque pertenecen al dominio de la creencia y se forman de la misma manera. Por lo general las opiniones son pequeñas creencias más o menos transitorias. Así pues sería un error pensar que se abandona el campo de la creencia cuando se renuncia a las convicciones ancestrales. Tendremos ocasión de mostrar que lo más frecuente es que nos hemos deslizado en ellas todavía más. Como las cuestiones que suscita la génesis de las opiniones son del mismo orden que las relativas a las creencias, deben estudiarse de la misma forma. Aunque a menudo distintas en sus efectos, creencias y opiniones pertenecen sin embargo a la misma familia, en tanto que el conocimiento forma parte de un mundo completamente diferente. Con esto vemos la magnitud y la dificultad de los problemas que se abordan en esta obra. He pensado en ella durante muchos años y bajo cielos muy diversos, ya sea contemplando los millares de estatuas levantados desde hace ochenta siglos a la gloria de todos los dioses que crearon nuestros sueños, ya sea perdido entre los gigantescos pilares de los templos de extraña arquitectura, reflejados en las aguas majestuosas del Nilo o edificados en las orillas atormentadas del Ganges. ¿Cómo admirar esas maravillas sin imaginar las fuerzas secretas que las hicieron surgir de una nada de la que ningún pensamiento racional las podría haber hecho nacer? Los azares de la vida me han conducido a explorar ramas muy variadas de la ciencia pura, de la psicología y de la historia. Gracias a ellos he podido estudiar los métodos científicos que engendran el conocimiento y los factores psicológicos que generan las creencias. El conocimiento y la creencia son toda nuestra civilización y toda nuestra historia.

viernes, 2 de junio de 2017

Entrevista a Hannah Arendt realizada por Günter Gauss y emitida por la televisión de Alemania Occidental el 28 de Octubre de 1964.

https://www.youtube.com/watch?v=WDovm3A1wI4&t=1407s

Günter Gauss: Señora Arendt, es usted filósofa, lo cual lleva  mi primera pregunta. ¿Tiene usted la impresión de que su papel, en el “círculo de los filósofos”, es una rareza, pese al reconocimiento que a usted se le brinda y al respeto que inspira, o tocamos con ello un problema de emancipación femenina que para usted nunca ha existido?
Hannah Arendt: Bueno, me temo que tengo que empezar protestando. Yo no pertenezco al círculo de los filósofos. Mi profesión, si puede hablarse algo así, es la teoría política. No me siento en modo alguno una filósofa ni creo tampoco haber sido admitida en el círculo de los filósofos, como usted tan amablemente supone. Pero por hablar de otra cuestión que planteaba en la presentación, decía usted que la filosofía se suele considerar por estos pagos una ocupación masculina. ¡No tiene por qué seguir siéndolo! Es perfectamente posible que una mujer llegue algún día a filósofa.
Günter Gauss: Yo la considero a usted una filósofa.
Hannah Arendt: Bueno, no puedo impedir que lo haga, pero mi opinión es que yo no soy filósofa. En mi opinión me despedí definitivamente de la filosofía. Como usted sabe estudié filosofía, pero esto no significa que haya permanecido en la filosofía
Günter Gauss: Con todo me gustaría escuchar de usted con mayor precisión –y me alegro que tratemos este punto- dónde ve la diferencia entre su trabajo como profesora de teoría política y la filosofía política. Cuando pienso en alguna de sus obras, por ejemplo en La condición humana, yo la situaría desde luego en la filosofía, mientras usted no me defina la diferencia con mayor precisión.
Hannah Arendt: La diferencia está realmente en la cosa misma. La expresión filosofía política, expresión que yo evito, está extremadamente sobrecargada por la tradición. Cuando hablo de estos temas, sea académicamente o no, siempre menciono que hay una tensión entre la filosofía y la política. Es decir, entre el hombre como ser que filosofa y el hombre como ser que actúa. Es una tensión que no existe en la filosofía de la Naturaleza. El filósofo se sitúa frente a la Naturaleza como todos los demás seres humanos, cuando medita sobre ella habla en nombre de toda la humanidad. En cambio frente a la política el filósofo no tiene una postura neutral. ¡No, desde Platón!
Günter Gauss: Entiendo lo que quiere decir.
Hannah Arendt: Hay una suerte de hostilidad a toda política en la mayoría de los filósofos, como muy pocas excepciones. Kant es una excepción. Esa hostilidad es de extraordinaria importancia en todo este problema, pues no se trata de una cuestión personal. Está en la esencia de la cosa misma.
Günter Gauss: ¿Y usted no quiere participar en absoluto porque cree que lastraría su trabajo?
Hannah Arendt: En efecto, no quiero participar en absoluto de esa hostilidad. Yo quiero mirar la política, por así decirlo, con ojos no enturbiados por la filosofía.
Günter Gauss: Comprendo. Volvamos ahora por favor a la cuestión de la emancipación femenina. ¿Ha existido para usted este problema?
Hannah Arendt: Sí, por supuesto, el problema como tal siempre existe, naturalmente. Yo en realidad he sido una persona anticuada. Siempre he sido del parecer de que hay determinadas ocupaciones que no son para las mujeres; que no les van, si puedo decirlo así. Cuando una mujer se pode a dar órdenes, la cosa no tiene buen aspecto. Debiera intentar no llegar a tales posiciones si le importa seguir siendo femenina. No sé si en esto tendré o no razón. Por mi parte me he guiado de algún modo por ese criterio, más o menos inconscientemente, o mejor, más o menos conscientemente. A mí personalmente el problema mismo no me ha afectado. Mire, yo siempre he hecho lo que he querido, sin decirme: una mujer hace ahora lo que hacen normalmente los hombres… No ha sido nunca mi problema.
Günter Gauss: Su trabajo –entraremos más adelante en detalles- se ocupa en buena medida de conocer las condiciones bajo las que tiene lugar la acción política y el comportamiento político. ¿Aspira usted a una amplia influencia a través de sus obras o cree que una influencia tal ya no es posible en nuestros días, o esta cuestión simplemente es accesoria para usted?
Hannah Arendt: Esto ya es otro tema, ¿sabe usted? Si he de serle sincera tendría que decir que cuando estoy trabajando no me importa la influencia que pueda tener.
Günter Gauss: ¿Y cuándo ha terminado?
Hannah Arendt: Bien, entonces he terminado. Lo que es esencial para mí… quiero decir todas esas cosas con la limitación de que ninguna persona se conoce a sí misma, de que nadie debería mostrarse de la manera como yo lo hago con usted…
Günter Gauss: Me alegra de que lo haga.
Hannah Arendt: Si admitimos esto entonces quiero decir… Para mí lo esencial es comprender… Y escribir forma parte de ello, es parte del proceso de comprensión.
Günter Gauss: Escribir le sirve pues para su propio avance en el conocimiento.
Hannah Arendt: Así es, dado que determinadas cosas quedan ya establecidas. Pongamos que alguien tuviese tan buena memoria como para conservar realmente todo lo que piensa. Yo en tal caso dudo mucho que hubiese escrito nada. Y es que conozco mi propia vaguería. Pero porque no se tiene…
Günter Gauss: Si usted tuviera esa memoria…
Hannah Arendt: Sí, pero no la tengo. Para mí de lo que se trata es del proceso de pensamiento en sí mismo. Cuando consigo desarrollarlo me doy personalmente por satisfecha del todo. Si además logro expresarlo adecuadamente en la escritura, mi satisfacción es doble… Pero pregunta usted acerca del efecto que tenga mi trabajo. Si me permite la ironía, se trata de una típica cuestión masculina. Los hombres siempre quieren tener gran influencia, pero yo lo veo como algo más bien extrínseco. ¿Influir yo misma? No, yo quiero comprender… Y si otros comprenden en el mismo sentido en que yo he comprendido, ello me produce una satisfacción personal… como un sentimiento de encontrarme en casa.
Günter Gauss: ¿Escribe, redacta usted con facilidad?
Hannah Arendt: A veces sí, a veces no. Pero le diré en general que no escribo hasta que puedo como dictarme a mí misma…
Günter Gauss: Hasta que no lo tiene ya pensado.
Hannah Arendt: Sí. Sé exactamente lo que quiero escribir. Antes de ello no escribo. Normalmente escribo sólo un borrador. Y suele ir rápido, pues sólo depende de la velocidad a que mecanografío.
Günter Gauss: Su dedicación a la teoría política, a la acción política y al comportamiento político ocupa hoy el centro de su trabajo. Por ello me parece particularmente interesante lo que he encontrado en su intercambio de cartas con el profesor israelí Scholem1. Ahí se lee, si me permite citarla: en mi juventud no me interesó ni la historia ni la política. Señora Arendt usted, como judía, emigró de Alemania en 1933. Tenía entonces veintiséis años. ¿Fueron estos acontecimientos la causa de su dedicación a la política, del fin de esa indiferencia suya hacia la política y la historia?
Hannah Arendt: Sí, desde luego. En 1933 ya no era posible la indiferencia. Ni siquiera antes lo era ya.
Günter Gauss: ¿Y también para usted había dejado de serlo ya antes?
Hannah Arendt: Sí, por supuesto. Yo leía la prensa con ansiedad y tenía mis opiniones. No pertenecía a ningún partido. No había sentido tampoco necesidad de hacerlo. Pero desde 1931 estaba firmemente convencida de que los nazis se harían con el timón del país. Discutía todo el rato con otras personas sobre estos problemas, aunque no me impliqué sistemáticamente hasta emigrar.
Günter Gauss: Tengo entonces una pregunta adicional a lo que acaba de decir. Si desde 1931 estaba convencida de que no se podría evitar la llegada al poder de los nazis ¿no le impulsó ella a hacer algo en contra… a entrar en un partido, por ejemplo? ¿O es que pensó que algo así carecía de sentido?
Hannah Arendt: Yo personalmente pensaba que no tenía sentido. Si hubiese pensado de otro modo -retrospectivamente es difícil decirlo- quizá hubiera hecho algo. Pero pensaba que no había esperanza.
Günter Gauss: ¿Hay en su recuerdo un determinado acontecimiento a partir del que pudiera datarse su giro hacia la poítica?
Hannah Arendt: Yo señalaría el 27 de febrero de 1933, el incendio del Reichstag, con todas las detenciones ilegales que lo siguieron esa misma noche… La llamada custodia preventiva. Ya sabe, se llevaban a la gente a los sótanos de la Gestapo o a los campos de concentración. Lo que en ese momento se desencadenó fue monstruoso y hoy queda con frecuencia ensombrecido por las cosas que vinieron después. Para mí supuso una conmoción inmediata y desde ese momento me sentí responsable. Es decir, abandoné la idea de que se pudiera ser simplemente espectadora. Traté de ayudar en distintas cosas. Pero lo que inmediatamente –si es que he de hablar de ello… nunca lo he hecho, pues no tiene mayor importancia…
Günter Gauss: Cuéntenos, por favor.
Hannah Arendt: Lo que inmediatamente después me sacó de Alemania… Yo de todas formas me proponía emigrar. En seguida pensé que los judíos no podían quedarse. Yo no tenía intención de ir de acá para allá por Alemania como ciudadana de segunda clase, por así decir, en cualquier forma que ello fuese. Creía además que las cosas irían de mal en peor. Pero en todo caso, al final, no me fui de Alemania de manera tan pacífica. Y debo decir que ello me produce una indudable satisfacción. Fui arrestada y tuve que abandonar el país de forma ilegal, en seguida le diré cómo, lo cual me produjo una satisfacción inmediata. Pensé: ¡al menos yo no soy inocente! ¡De mí nadie podrá decirlo! Ahora bien, fue la organización sionista la que me dio esta oportunidad. Yo tenía una estrecha amistad con algunos de sus líderes… sobre todo con el entonces presidente Kurt Blumenfeld2. Pero yo no era sionista ni ellos trataban de convertirme tampoco. Es verdad que en cierto sentido estaba influida por ellos. Me influyó en especial la crítica… la autocrítica que los sionistas difundieron en el pueblo judío. Estaba influida… impresionada por esto. Pero políticamente no tenía nada que ver con el sionismo. Pero ahora, en el 33, Blumenfeld y otra persona, a quien usted no conoce, me buscaron y me dijeron: queremos hacer una recopilación de todas las expresiones antisemitas del nivel bajo. O sea, por ejemplo, expresiones de asociaciones profesionales, de todo tipo de profesiones, de todas las posibles revistas especializadas… En suma, todo eso que en el extranjero no se conoce. Hacer semejante recopilación caía en ese momento dentro de lo que se llamaba propaganda del horror. Ningún sionista podía hacerlo, pues si era descubierto caía también toda la organización.
Günter Gauss: Naturalmente.
Hannah Arendt: Está claro. Así que me preguntaron: ¿quieres hacerlo tú? Desde luego que sí, dije. Estaba realmente contenta. Primero, me parecía una idea muy inteligente y en segundo lugar tuve la impresión de que, después de todo, sí que podía hacerse algo.
Günter Gauss: ¿Y fue arrestada con motive de ese trabajo?
Hannah Arendt: Sí, realmente me descubrieron. Pero tuve muchísima suerte. Salí a los ocho días porque hice amistad con el comisario que me había arrestado. ¡Un tipo encantador! Acababa de ser ascendido de la policía criminal a la sección política y no tenía ni idea. ¿Qué se suponía que debía hacer allí? No paraba de decirme: aquí, normalmente, alguien se sienta ante mí y yo compruebo los datos y sé de qué va la cosa… Pero con usted… ¿qué hago yo con usted?
Günter Gauss: ¿Esto fue en Berlín?
Hannah Arendt: Sí, en Berlín. Por desgracia yo tenía que mentirle. No podía descubrir la organización. Le conté muchas historias fantásticas y él no paraba de decirme: yo te metí aquí y yo te sacaré. ¡No te busques abogado! A los judíos no os queda ya dinero. ¡Ahórrate tu dinero! Entretanto la organización sí que me había conseguido un abogado a través de otros miembros, claro. Pero yo lo despedí. Y es que este hombre que me había detenido tenía una cara tan franca, tan decente… Confié en él pensando que para mí era una baza mucho mejor que la de un abogado lleno de miedo… seguro.
Günter Gauss: Y usted salió y pudo abandonar Alemania.
Hannah Arendt: Salí, sí, pero tuve que cruzar ilegalmente la frontera, pues el expediente seguía naturalmente su curso.
Günter Gauss: En el intercambio de cartas con Scholem, señora Arendt, usted rechazaba rotundamente una suerte de advertencia de Scholem acerca de que usted debiera tener siempre presente su pertenencia al pueblo judío. Y contestaba usted de manera muy clara –cito de nuevo: ser judía pertenece para mí a los datos incontrovertibles de mi vida y en relación con tales facticidades nunca he querido cambiar nada, ni siquiera en la niñez. Para usted entonces, claramente, no hay necesidad de este tema ni de la pregunta. Me gustaría hacerle algunas preguntas a este respecto. Usted nació en 1906, en Hannover, hija de un ingeniero, y creció en Königsberg. En su recuerdo ¿qué significaba entonces para una niña, en Alemania, proceder de una familia judía?
Hannah Arendt: No podría contestar a esta pregunta con verdad en términos generales. En lo que hace a mis recuerdos personales ¿qué tipo de respuesta desea? ¿General o personal?
Günter Gauss: De acuerdo, si lo desea los recuerdos personales.
Hannah Arendt: En primer lugar diré que yo no supe por mi familia que yo era judía. Mi madre era completamente arreligiosa.
Günter Gauss: Su padre murió pronto…
Hannah Arendt: Toda la historia suena muy extraña. Mi abuelo era presidente de la comunidad judía liberal y era concejal en Königsberg. Yo procedo de una antigua familia de Königsberg. Y con todo, la palabra judío nunca se oyó en nuestra familia mientras yo fui niña. Me topé con ella por vez primera por los comentarios antisemitas de otros niños en la calle –no merece la pena contarlo-. Después de lo cual sí fui, digamos, ilustrada.
Günter Gauss: ¿Supueso para usted una conmoción?
Hannah Arendt: No.
Günter Gauss: ¿Tuvo un sentimiento de ahora soy alguien especial?
Hannah Arendt: Eso sí, pero eso es otra cuestión. Una conmoción no me supuso. Sólo pensé para mis adentros: así son las cosas. ¿Qué si tuve un sentimiento de ahora soy alguien especial? Sí, pero esto hoy no puedo descifrárselo más.
Günter Gauss: ¿De qué modo se sintió especial?
Hannah Arendt: Creo objetivamente que estaba relacionado con el ser judía. Por ejemplo, de niña –algo mayorcita ya- yo sabía que tenía aspecto judío. Mi aspecto era distinto y era muy consciente de ello. Pero no de un modo que me hiciera sentirme inferior; sencillamente así eran las cosas. Además mi madre, o mi hogar familiar, digámoslo así, era un tanto diferente de los habituales. Había muchas cosas especiales en él, también en comparación con otros niños judíos e incluso con los de mi propia familia, de modo que, para la niña que yo era, resultaba difícil determinar en qué era especial.
Günter Gauss: Me gustaría que nos hiciese alguna aclaración acerca de lo que ha llamado lo especial de su casa. Dice usted que su madre nunca creyó necesario explicarle que era usted judía, hasta que usted se topó con el antisemitismo en la calle. ¿Había perdido su madre la consciencia de ser judía, esa consciencia que usted reclamaba para sí en la carta a Scholem? Para ella ¿este hecho no desempeñaba ya ningún papel? ¿Había conseguido asimilarse o vivía al menos en la ilusión de que así era?
Hannah Arendt: Mi madre no era una persona muy teórica. No creo que se hiciese ninguna idea especial al respecto. Ella procedía del movimiento socialdemócrata, del círculo de la Sozialistische Monatshefte3, como también mi padre, aunque él menos, y para ella la cuestión de ser judía no desempeñaba ningún papel. Por supuesto que ella era judía. ¡Nunca me habría hecho bautizar! Y supongo que habría sellado mi boca en caso de descubrir que yo había negado que era judía. Tal cosa era sencillamente impensable… ni se planteaba. La cuestión en sí ha jugado para mí en los años 20, cuando era joven, un papel mucho más importante que para mi madre. Y para mi madre más tarde, cuando yo ya era adulta, ha sido más importante que nunca antes en su vida, pero esto se debió a las circunstancias externas. Yo, por ejemplo, no creo haberme considerado nunca a mí misma como alemana, en el sentido de pertenencia al pueblo alemán, no en el sentido de la ciudadanía –si es que puedo hacer esta distinción-. Recuerdo haber tenido discusiones sobre este tema en torno a 1930… por ejemplo con Jaspers. Él me decía: ¡naturalmente que eres alemana! Y yo le contestaba: a la vista está que no lo soy. Pero esto no me importaba, no me hacía sentirme inferior… simplemente no. Y volviendo a lo que era especial de mi casa, fíjese usted que todos los niños tropezaban con el antisemitismo que envenenaba el alma de muchos de ellos. La diferencia en nuestro caso era que mi madre mantuvo siempre la postura de que no había que humillarse, de que había que defenderse. Cuando por ejemplo alguno de mis profesores hacía comentarios antisemitas, generalmente no contra mí, sino contra otras compañeras judías, especialmente judías del Este, yo tenía instrucciones de levantarme de inmediato, abandonar la clase, irme a casa e informar exactamente de lo ocurrido. Mi madre entonces escribía una de sus muchas cartas y para mí el asunto había concluido: un día sin colegio, lo cual era estupendo. Pero si los comentarios provenían de otros chicos, entonces no se me permitía informar en casa; esto ya no procedía. De lo que venía de otros chicos tenía que defenderme yo sola. Con lo cual estas cosas nunca me resultaron un problema. Había normas de conducta que preservaban mi dignidad, por así decir, y que la protegían… en casa estaba absolutamente protegida.
Günter Gauss: Usted estudió en Marburgo, Heidelberg y Friburgo, teniendo por profesores a Heidegger, a Bultmann y a Jaspers, filosofía como materia principal y teología y griego como materias secundarias. ¿Cómo dio usted en elegir estas materias?
Hannah Arendt: Sí, y también yo me he parado a pensarlo con frecuencia. Sólo puedo decir que la filosofía era segura desde mis catorce años.
Günter Gauss: ¿Por qué?
Hannah Arendt: Bueno, había leído a Kant. Y usted puede preguntar: ¿y por qué leyó a Kant? Pero para mí la cuestión era más bien: puedo estudiar filosofía o puedo tirarme a un río. No es que yo no amase la vida, no, no era eso. Como le decía antes era el de tener que comprender…
Günter Gauss: Sí, la necesidad de comprender.
Hannah Arendt: La necesidad de comprender me acompañó desde muy pronto. Y dado que los libros estaban todos en casa, no había más que cogerlos de la biblioteca.
Günter Gauss: ¿Recuerda especialmente otras lecturas, aparte de Kant?
Hannah Arendt: Claro. En primer lugar la Psicología de las concepciones del Mundo4, de Jaspers, publicada, creo, en 1920. Yo tenía catorce; trece; catorce años. Después leí a Kierkegaard y ambas cosas encajaba.
Günter Gauss: ¿La filosofía y la teología?
Hannah Arendt: En efecto. Ambas encajaban de tal modo que para mí se co-pertenecían. De lo único que tenía dudas era de cómo se manejaba todo esto cuando se es judía y de qué resulta de ello. No tenía ni idea. Entonces me preocupaba seriamente, aunque las preocupaciones se fueron disipando por sí solas. El griego era otra cosa. Siempre he amado la poesía griega y la poesía ha tenido una gran presencia en mi vida, así que añadí el griego porque era lo más cómodo; de todos modos ya lo leía.
Günter Gauss: ¡Estoy impresionado!
Hannah Arendt: No exagere.
Günter Gauss: Sus dotes intelectuales, puestas de manifiesto tan pronto, señora Arendt, ¿no le impidieron, quizá dolorosamente, lo que es la conducta normal en su medio, de una escolar y de una joven universitaria?
Hannah Arendt: Ese habría tenido que ser el caso si yo hubiese reparado en ello, pero yo creía que todo el mundo era como yo.
Günter Gauss: ¿Cuándo se dio cuenta del error en que estaba?
Hannah Arendt: Bastante tarde, pero no quiero decir cuando. Me resulta embarazoso. Yo era increíblemente ingenua, en parte como consecuencia de la educación de mi casa. En casa nunca se hablaba de estas cosas, nunca se hablaba de calificaciones. Se tenía por cosa de mediocres. Cualquier ambición se tenía por cosa de mediocres. En todo caso yo no era consciente de la situación. Se me hizo consciente, de cuando en cuando, como una suerte de extrañeza entre las personas.
Günter Gauss: ¿Una extrañeza que usted creía que provenía de usted?
Hannah Arendt: Sí, exclusivamente de mí, pero que nada tenía que ver con el talento. Yo nunca lo relacioné con el talento.
Günter Gauss: ¿El resultado fue un cierto desdén hacia los demás en su juventud?
Hannah Arendt: Sí que lo hubo, muy pronto, y a menudo yo misma sufría por el hecho de sentirlo. Ya sabe, nadie tiene que sentir desdén… nadie tiene derecho a sentirlo… estas cosas.
Günter Gauss: Cuando dejó Alemania en 1933 marcó usted a París. En París trabajaba en una organización dedicada a acomodar jóvenes judíos en Palestina. ¿Puede contarnos algo acerca de ello?
Hannah Arendt: Mire, sobre eso quiero decirle… eso nos llevaría demasiado lejos. Quiero contarle lo que pensaba. Se trataba de la Jugend-Aliyah, una organización que fue fundada en Alemania por Recha Freier5 y que en América fue dirigida por Henrietta Szold6. Recha Freier en Alemania y Henrietta Szold en Palestina. Esa organización sacaba de Alemania jóvenes y niños judíos. Yo me ocupaba sólo de los adolescentes de entre trece y diecisiete años y los llevaba a Palestina, acomodándolos en kibbutzim. Por eso me conozco tan bien este tipo de asentamientos.
Günter Gauss: Y los conoce desde fecha muy temprana.
Hannah Arendt: Efectivamente. En aquel tiempo yo tenía un enorme respeto por los kibbutzim. Los muchachos recibían una formación profesional, hacían un reaprendizaje. Entonces la situación en Francia era tal que los hijos de los refugiados, cuando cumplían catorce años y acababan la escuela, no obtenían ni permiso de trabajo ni formación alguna y por eso se desviaban certificados hacia Francia para hijos de refugiados. De cuando en cuando yo colaba de matute también a algún que otro niño polaco. Porque por supuesto, había una preferencia por Alemania. Y yo lo hacía con mucho placer. Era un trabajo social y educacional nada extraordinario. Se hacían grandes campamentos en el campo en que se lo preparaba, recibían clases, aprendían las labores del campo… y dónde sobre todo tenían que ganar peso. Había que vestirlos de los pies a la cabeza, que cocinar para ellos. Sobre todo había que conseguirles papeles, tratar con sus padres… y antes que nada había también que conseguir dinero. También esto corría en buena medida a mi cargo. Yo trabajaba en colaboración con mujeres francesas. Así era aproximadamente mi trabajo. Pero la decisión de asumir este trabajo ¿quiere saber de dónde sale?
Günter Gauss: Por favor…
Hannah Arendt: Yo venía de una actividad puramente académica y 1933 dejó en mí una impresión muy duradera acerca de este mundo, primero positiva y luego negativa… o mejor al revés, primero negativa y luego positiva. Hoy a menudo se cree que la conmoción de los judíos alemanes en 1933 se explica por el hecho de que Hitler tomara el poder… Pero en lo que a mí respecta y a las gentes de mi generación puedo decir que se trata de un curioso malentendido. La toma del poder era, naturalmente, un desastre, pero era una cuestión política, no una personal. Para saber que los nazis eran nuestros enemigos ¡Dios mío, para eso no necesitábamos que Hitler se hiciese con el poder, por favor! Desde hacía menos de cuatro años era completamente evidente para todo el que no fuese un estúpido. Y también sabíamos que una parte grande del pueblo alemán estaba con ellos. Nada de esto podía ya sorprendernos, conmocionarnos, en el 33.
Günter Gauss: ¿Quiere usted decir que la conmoción de 1933 consistió en que sucesos de alcance político general pasaron a un plano personal?
Hannah Arendt: Ni siquiera. O eso también. En primer lugar lo político general se volvía un destino personal cuando se emigraba, pero en segundo lugar… bueno, ya sabe usted lo que era la uniformización. ¡Y quiero decir que los amigos se uniformizaron! El problema, el verdadero problema personal, no fue lo que hicieron nuestros enemigos, sino lo que hicieron nuestros amigos. Esa marea de uniformización, que en buena medida era voluntaria o que, en todo caso, no estaba aún bajo la presión del terror, fue como si en torno a nosotros se abriese un espacio vacío. Yo vivía en un medio intelectual, pero conocía también otras gentes y pude comprobar que la uniformización se convertía, por así decir, en regla entre los intelectuales… no así en los otros medios. Y esto nunca lo he olvidado. Dejé Alemania dominada por la idea, algo exagerada sin duda, de nunca más, nunca más meterme en historias intelectuales. No quería tener nada que ver con semejante gente. No es que pensara que los judíos y los intelectuales judeoalemanes habrían actuado de manera esencialmente distinta si sus circunstancias hubiesen sido otras. No era eso. Mi opinión era que lo ocurrido tenía que ver con esta profesión. Hablo en pasado. Hoy sé algo más al respecto.
Günter Gauss: Justamente le iba a preguntar si seguía creyendo lo mismo.
Hannah Arendt: No con la misma intensidad, pero sí sigo pensando que pertenece a esa esencia intelectual. Es, por así decir, hacerse ideas sobre todo. Que alguien por tener mujer e hijos de los que cuidar uniformizase era una cosa que nadie podía tomarse a mal. ¡Lo malo fue que algunos llegaron a creérselo realmente! Por poco tiempo, algunos incluso por muy poco tiempo… Pero esto significó que se hicieron ideas sobre Hitler y, en parte, era cosas terriblemente interesantes… cosas fantásticamente interesantes y complicadas que flotaban muy por encima del nivel ordinario de la gente. Yo esto lo encontraba grotesco. Hoy diría que cayeron en la trampa de sus propias ideas. Eso es lo que pasó, pero entonces no lo veía tan claramente.

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