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sábado, 10 de junio de 2017

Gustave Le Bon, Las opiniones y las creencias. Génesis y evolución. (1911) Libro I: Los problemas de la creencia y del conocimiento Cápítulo I Los ciclos de la creencia y del conocimiento.


§ 1. – Las dificultades del problema de la creencia.
El problema de la creencia, confundido a veces con el del conocimiento, es sin embargo muy distinto. Saber y creer son cosas diferentes que no tienen el mismo origen. De las opiniones y de las creencias proceden nuestra idea de la vida y nuestra conducta y, en consecuencia, la mayor parte de los acontecimientos históricos. Como todos los fenómenos se rigen por ciertas leyes, pero son leyes que aún no se ha estudiado. El mundo de la creencia siempre ha parecido envuelto en el misterio. Por eso son tan escasos los escritos acerca del origen de la creencia, mientras que los referidos al conocimiento son innumerables. Los escasos intentos hechos para aclarar el problema de la creencia son suficientes para mostrarnos cuan poco se lo ha comprendido. Aceptando la vieja opinión de Descartes, los autores repiten que la creencia es racional y voluntaria. Uno de los objetivos de esta obra será precisamente mostrar que la creencia no es voluntaria ni racional. La dificultad del problema de la creencia no escapó al gran Pascal. En un capítulo sobre El arte de persuadir afirma acertadamente que los hombres: “casi siempre llegan a creer no gracias a la prueba, sino al placer.” “Pero”, añade: “la forma de agradar es, sin comparación, tanto más difícil, tanto más sutil, útil y admirable… así que si no me ocupo de ella es porque no soy capaz; y me parece una dificultad tan desmesurada que pienso que semejante empresa es absolutamente imposible.” Sin embargo, gracias a los descubrimientos de la ciencia moderna, ha llegado el momento en que parece posible abordar el problema ante el que Pascal se sintió impotente. Su solución proporciona la clave de muchas cuestiones importantes. ¿Cómo, por ejemplo, se establecen las opiniones y las creencias religiosas o políticas? ¿Por qué es posible encontrar en individuos muy inteligentes supersticiones muy ingenuas? ¿Por qué la razón se muestra tan impotente a la hora de modificar nuestras convicciones sentimentales? Sin una teoría de la creencia estas cuestiones y muchas otras permanecen insolubles. La razón por sí misma no podría explicarlas. Si el problema de la creencia ha sido tan mal comprendido por los sicólogos y los historiadores es porque han intentado interpretar con los recursos de la lógica racional fenómenos a los que es inaplicable. Veremos que todos los elementos de la creencia obedecen a reglas lógicas, desde luego, pero absolutamente diferentes de las empleadas por los sabios en sus investigaciones. Desde mis primeros estudios históricos este problema me había atormentado. La creencia me parecía, desde luego, el factor principal de la historia ¿pero cómo explicar hechos tan extraordinarios como la aparición de las creencias que determinaron la creación y la caída de poderosas civilizaciones? Tribus nómadas perdidas en los desiertos de Arabia adoptan la religión que les enseña un iluminado y, gracias a ella, fundan en menos de cincuenta años un imperio tan grande como el de Alejandro y provocan una espléndida eclosión de maravillosos monumentos. Pocos siglos antes pueblos semibárbaros se convierten a la fe predicada por apóstoles procedentes de un oscuro rincón de Galilea y bajo el fuego regenerador de esta creencia el mundo antiguo se derrumba para dejar su lugar a una civilización completamente nueva en la que cada elemento aparece impregnado por el recuerdo del Dios que la hizo nacer. Casi veinte siglos más tarde la antigua fe se tambalea, desconocidas estrellas aparecen en el cielo del pensamiento, un gran pueblo se alza intentando destruir los lazos del pasado. Su fe destructora y poderosa le proporciona, pese a la anarquía en la que esta gran Revolución lo precipita, la fuerza necesaria para dominar Europa en armas y atravesar victoriosamente todas sus capitales. ¿Cómo explicar este extraño poder de las creencias? ¿Por qué el hombre se somete de súbito a una fe que desconocía ayer? ¿Por qué lo eleva esa fe de forma tan prodigiosa por encima de sí mismo? ¿De qué factores sicológicos surgen estos misterios? Intentaremos aclararlo. El problema del establecimiento y de la propagación de las opiniones y, sobre todo, de las creencias, tiene aspectos tan maravillosos que los sectarios de cada religión atribuyen su aparición y su difusión a un origen divino. Señalan también que tales creencias se adoptan a pesar de los intereses más evidentes de los que las aceptan. Por ejemplo, es sencillo comprender que el cristianismo se propagara fácilmente entre los esclavos y todos los desheredados a los que prometía una eterna felicidad. ¿Pero qué secreta fuerza podía inducir a un caballero romano, un personaje consular, a desprenderse de sus bienes y arriesgarse a suplicios vergonzosos para adoptar una nueva religión rechazada por las costumbres, despreciada por la razón y prohibida por las leyes? Es imposible invocar la debilidad intelectual de los hombres que se sometían voluntariamente a tales yugos, puesto que, desde la antigüedad a nuestros días, los mismos fenómenos se observan entre los espíritus más cultivados. Una teoría de la creencia no puede ser válida más que si proporciona la explicación de tales cosas. Sobre todo debe permitir comprender cómo ilustres sabios, reputados por su espíritu crítico, aceptan leyendas cuya infantil ingenuidad hace sonreír. Aceptamos fácilmente que Newton, Pascal o Descartes, que vivían en un ambiente saturado por ciertas convicciones, las hayan admitido sin discusión, de la misma forma que admitían las leyes ineluctables de la naturaleza. ¿Pero cómo es posible que en nuestros días, en medios en los que la ciencia proyecta tanta luz, las mismas creencias no se hayan desintegrado por completo? ¿Por qué observamos que cuando por casualidad se desintegran, son sustituidas de inmediato por otras ficciones, igualmente maravillosas, como lo prueba la propagación de doctrinas ocultistas, espiritistas, etc., entre sabios eminentes? A todas estas cuestiones tendremos que dar respuesta.
§ 2. – En qué se diferencian la creencia y el conocimiento.
Intentemos primero establecer qué es una creencia y en qué se distingue de un conocimiento. Una creencia es un acto de fe de origen inconsciente que nos induce a admitir en bloque una idea, una opinión, una explicación, una doctrina. Como veremos la razón no tiene nada que ver con su génesis. Cuando la razón intenta justificar a la creencia, la creencia está ya formada. Todo lo que se acepta por un simple acto de fe se debe calificar de creencia. Si la exactitud de una creencia se verifica luego mediante la observación y la experiencia, entonces deja de ser una creencia y se convierte en conocimiento. Creencia y conocimiento son dos formas de actividad mental muy distintas y de orígenes muy diferentes. La primera es una intuición inconsciente engendrada por ciertas causas independientes de nuestra voluntad, el segundo se adquiere conscientemente y se construye con métodos exclusivamente racionales, tales como la experiencia y la observación. Sólo en un momento avanzado de la historia la humanidad, que vivía en el mundo de la creencia, descubrió el mundo del conocimiento. Al penetrar en él reconoció que todos los fenómenos, atribuidos hasta entonces a la voluntad de seres superiores, se desarrollan bajo la acción de leyes inflexibles. En el mismo instante en que el hombre entró en la era del conocimiento, todas sus concepciones del universo cambiaron. Pero en este nuevo universo todavía no ha sido posible penetrar demasiado hondo. La ciencia comprueba cada día que sus descubrimientos siguen rodeados de misterio, misterio que es el alma desconocida de las cosas. La ciencia está todavía llena de zonas oscuras y, más allá de los horizontes que ha alcanzado, aparecen nuevas tinieblas que parecen alejarse continuamente. Este enorme espacio, que ninguna filosofía ha podido iluminar todavía, es el reino de los sueños. Está lleno de esperanzas que ningún razonamiento podría destruir. Creencias religiosas, creencias políticas, creencias de todas clases encuentran ahí un poder ilimitado. La fe crea los temibles fantasmas que lo habitan. Saber y creer seguirán siempre siendo cosas distintas. Mientras que la adquisición de la más pequeña verdad científica exige un trabajo enorme, la posesión de una certidumbre que no necesita sino la fe para mantenerse no necesita ninguno. Todos los hombres tienen creencias, muy pocos se elevan hasta el conocimiento. El mundo de la creencia posee su lógica y sus leyes. Los sabios vanamente han intentado una y otra vez penetrar en ellas con sus métodos. Veremos en esta obra por qué el sabio pierde por completo su espíritu crítico al introducirse en el mundo de la creencia y no encuentra en él sino las más decepcionantes ilusiones.
§ 3. – Funciones diferentes de la creencia y del conocimiento.

El conocimiento constituye una parte fundamental de la civilización, el gran factor del progreso material. La creencia orienta los pensamientos, las opiniones y, en consecuencia, la conducta. Supuestas en tiempos de origen divino, las creencias se aceptaban sin discusión. Hoy sabemos que proceden de nosotros mismos y, sin embargo, todavía se aceptan. En general el razonamiento tiene tanto poder sobre ellas como sobre el hambre o la sed. Elaboradas en la parte inconsciente de la mente, en la que la inteligencia no penetra, las creencias se padecen y no se discuten. Este origen inconsciente y, por lo tanto, involuntario, de las creencias las dota de una gran fortaleza. Ya sean religiosas, políticas o sociales, siempre han jugado un papel esencial en la historia. Al volverse creencias generalizadas se convierten en polos de atracción alrededor de los cuales gira la existencia de los pueblos e imprimen su marca en todos los elementos de cada civilización. Se distingue fácilmente cada una de las civilizaciones dándole el nombre de la fe que la ha inspirado. Civilización budista, civilización cristiana y civilización musulmana son denominaciones muy justas. Al convertirse en el centro alrededor del cual todo gira, las creencias se convierten también en factores que dan forma. Los diversos elementos de la vida social (filosofía, artes, literatura…) se modifican hasta adaptarse a ellas. Las únicas revoluciones verdaderas son las que cambian las creencias fundamentales. Siempre han sido muy raras. Por lo común sólo se transforman los nombres de las convicciones. La fe cambia de objeto, pero nunca muere. No podría morir, porque la necesidad de creer es un elemento psicológico tan irreductible como el placer y el dolor. El alma humana siente horror ante la duda y la incertidumbre. El hombre atraviesa a veces fases de escepticismo, pero nunca permanece en ellas. Siente la necesidad de ser guiado por un credo religioso, político o moral que lo domine y le evite el esfuerzo de pensar. Los dogmas destruidos son siempre reemplazados. La razón es impotente antes estas indestructibles necesidades. La Edad Contemporánea está tan animada por la fe como los siglos que la precedieron. En los nuevos templos se predican dogmas tan despóticos como los del pasado y que cuentan con un número semejante de fieles. Los viejos credos religiosos que sometían antaño a las multitudes son reemplazados por credos socialistas o anarquistas igualmente despóticos y poco racionales, pero con no menos poder sobre las alamas. A menudo la iglesia es reemplazada por la taberna, pero las prédicas de los místicos agitadores que se escuchan en ellas son objeto de la misma fe. Y si la mentalidad de los fieles no ha evolucionado mucho desde la lejana época en que, a orillas del Nilo, Isis y Hathor atraían hasta sus templos a millares de fervientes peregrinos, es porque en el curso de las edades los sentimientos, verdaderos fundamentos del alma, mantienen sus rasgos básicos. La inteligencia progresa, los sentimientos no cambian. No es posible dudar de que la fe en cualquier dogma no es sino una ilusión, pero no por eso se la puede desdeñar. Gracias a su “mágico” poder lo irreal adquiere más fuerza que lo real. Una creencia compartida proporciona a un pueblo una comunidad de pensamiento generadora de su unidad y su fuerza. Al ser tan diferente el dominio del conocimiento del de la creencia, oponer el uno a la otra es un intento vano, en el que sin embargo nos precipitamos cada día. Escindida cada vez más de las creencias, la ciencia sigue estando muy impregnada de ellas. La ciencia permanece sometida a la creencia en todos los asuntos poco conocidos, por ejemplo los misterios de la vida o el origen de las especies. Las teorías que se aceptan en esos campos son simples artículos de fe, sin más autoridad que la de los científicos que las formularon. Las leyes referidas a la psicología de la creencia no sólo son aplicables a las grandes convicciones que fundamentan la trama de la historia y dejan en ella una marca indeleble. También son aplicables a la mayor parte de nuestras opiniones diarias acerca de los eventos y las cosas que nos rodean. La observación nos enseña fácilmente que la mayoría de estas opiniones carecen de soporte racional, aunque lo tienen de elementos afectivos y místicos, generalmente de origen inconsciente. Si se las discute con tanto ardor es precisamente porque pertenecen al dominio de la creencia y se forman de la misma manera. Por lo general las opiniones son pequeñas creencias más o menos transitorias. Así pues sería un error pensar que se abandona el campo de la creencia cuando se renuncia a las convicciones ancestrales. Tendremos ocasión de mostrar que lo más frecuente es que nos hemos deslizado en ellas todavía más. Como las cuestiones que suscita la génesis de las opiniones son del mismo orden que las relativas a las creencias, deben estudiarse de la misma forma. Aunque a menudo distintas en sus efectos, creencias y opiniones pertenecen sin embargo a la misma familia, en tanto que el conocimiento forma parte de un mundo completamente diferente. Con esto vemos la magnitud y la dificultad de los problemas que se abordan en esta obra. He pensado en ella durante muchos años y bajo cielos muy diversos, ya sea contemplando los millares de estatuas levantados desde hace ochenta siglos a la gloria de todos los dioses que crearon nuestros sueños, ya sea perdido entre los gigantescos pilares de los templos de extraña arquitectura, reflejados en las aguas majestuosas del Nilo o edificados en las orillas atormentadas del Ganges. ¿Cómo admirar esas maravillas sin imaginar las fuerzas secretas que las hicieron surgir de una nada de la que ningún pensamiento racional las podría haber hecho nacer? Los azares de la vida me han conducido a explorar ramas muy variadas de la ciencia pura, de la psicología y de la historia. Gracias a ellos he podido estudiar los métodos científicos que engendran el conocimiento y los factores psicológicos que generan las creencias. El conocimiento y la creencia son toda nuestra civilización y toda nuestra historia.

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